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Toda crisis es una oportunidad para ser un poco peores. La crisis energética, la post-pandemia, la contaminación, el calentamiento global, la escasez alimentaria. Todo son excusas perfectas para la búsqueda del beneficio a toda costa, porque los tiempos están muy difíciles, y las florituras y los adornos nos pueden salir muy caros. Es una cuestión de supervivencia. Hacer que prime la ética sobre la rentabilidad puede ser mortal. El anterior puede parecer un discurso irónico, pero, lamentablemente, no lo es para todos. Es un discurso que roza la realidad para mucha gente y que le parece sensato y realista a mucha otra. Quizás la última frase pueda sonar más dura, pero temo que refleja el sentir de muchas empresas. Y si no el sentir, sí el actuar.

No estoy seguro de si hace falta defender la necesidad de una ética o las bondades de la verdad, por ejemplo. Querría pensar que ese es el suelo, el punto de partida. Pero es cada vez más frecuente encontrarnos con que, o bien no se sabe, o bien se ha olvidado. Cuando una de las primeras definiciones de la sostenibilidad hablaba de dejarles a nuestros descendientes un mundo mejor (al menos igual) que el que habitamos, pensamos en los recursos del Planeta: la biodiversidad, el agua, el aire. Pero es importante no olvidar tampoco que si les dejamos un mundo inmoral (o también amoral), les estaremos dejando, sencillamente, un mundo peor.

Recuerdo —no hace tanto de eso— cuando la responsabilidad social corporativa se caracterizaba, esencialmente, por la voluntariedad. No se podía imponer, ni era deseable encorsetar las iniciativas de las organizaciones, ni coartar la creatividad y la aportación de soluciones nuevas. El caso es que ese carácter voluntario ha ido dando paso a normativa y regulación, tímidamente, al principio, pero de tal magnitud en los últimos tiempos que muchos lo conocen como el tsunami regulatorio. Lamentablemente, ha hecho falta legislar masivamente, intentar poner orden y homogeneidad en muchas operaciones de greenwashing y ecopostureo, de imagen buenista e información que se oculta.

Muchos estándares, mucha obligación de reportar, muchos indicadores y mucho intento de cerrar la puerta a diferentes posibles interpretaciones (la Taxonomía Europea es uno de los mejores ejemplos del descenso al detalle que, en ocasiones roza lo absurdo), intentan suplir una responsabilidad real, un sentido profundo de lo que es bueno y lo que es malo, lo que se puede y lo que no se puede hacer. Pero la legislación no lo puede cubrir todo ni llegar, nunca, a ser exhaustiva. Se pueden ir acotando vías de escape y haciendo más difícil la interpretación interesada, o la picaresca. Se puede ir uniformizando el concepto de sostenibilidad e ir adquiriendo un lenguaje común, dar pequeños pasos para que todos hablemos de lo mismo cuando hablamos de ESG, pero no es posible detallar todo el infinito abanico de lo posible, toda la casuística. Para eso, como, en general, para todo, se cuenta con la responsabilidad personal, la empresarial. Con la conciencia. Se cuenta con que haya una ética detrás de las actuaciones, de las decisiones. La regulación debería hacer las veces de directriz, de código global de comportamiento, pero no es posible fiarlo todo a la escrupulosa observancia de la letra.

Por ejemplo, recientemente, durante la COP27, el Grupo de Expertos de Alto Nivel de Naciones Unidas, sobre los compromisos net zero de las entidades no estatales, creado en la COP26, ha presentado unas recomendaciones en el informe ”Integrity matters: Net zero commitments by businesses, financial institutions, ciudades y regiones” para evitar una contabilidad climática deshonesta, greenwashing y otras acciones diseñadas para eludir la necesidad de la descarbonización, haciendo hincapié en que es preciso informar públicamente sobre los progresos con información verificada por terceros, que pueda compararse con la de la competencia. Recurren a auditorías y verificaciones, en el intento de hacer más difícil determinadas maniobras que prevén, que están casi seguros de que se van a intentar. Pretenden que la transparencia supla a la conciencia, seguramente conscientes, a pesar de todo, de que no lo impedirán, de que sólo se lo pondrán más difícil y que las corporaciones más hábiles hallarán otra salida, utilizarán otra puerta.

Se supone, además, en todo este juego de reportes, que la exposición pública, la mala imagen será lo suficientemente atemorizadora como para que las empresas hagan bien las cosas con tal de no salir mal en la foto. Pero es que nos encontramos en un mundo en el que, lamentablemente, en muchas ocasiones, la falta de honestidad conocida no paga las consecuencias. En un mundo en el que (en la línea de la clásica admiración del ciudadano de a pie por el pícaro que, siendo más listo, se sale con la suya, a costa de casi lo que sea) una conocida marca de coches alemana, pese al fraude de más de once millones de vehículos que contaminaban mucho más de lo que decían, sigue siendo líder mundial en el mundo del automovilismo, e incluso empresa de referencia, o en el que el vertido de crudo de Deepwater Horizon no impidió que la compañía de energía, principalmente petróleo y gas natural ,siguiera siendo una empresa boyante y próspera. La pérdida de reputación no es siempre suficiente para frenar comportamientos poco éticos. Como no lo es un listado de posibles infracciones o un conjunto de nuevas obligaciones o de sanciones. El comportamiento ético no se puede imponer. Es precisa la vuelta de la ética al mundo empresarial, y eso pasa por la vuelta a la ética de las personas y de la sociedad en su conjunto. Una ética que se muestra cada vez más necesaria. Como el pan, como el comer. Un alimento para el espíritu de la sociedad que no es suficiente con comer un día, que, como el pan, nos hace falta de continuo porque, en realidad, y aunque pueda parecer otra cosa, e incluso lo contrario, en realidad, de eso vivimos.

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