
El transporte diario de cada uno de nosotros desde nuestras casas hasta los diferentes puestos de trabajo represente una proporción importante de las emisiones que se relacionan con la actividad laboral. Aun así, sigue tratándose como un asunto individual y no como una palanca ambiental de primer orden.

La inteligencia artificial ya no es considerada una tecnología en sus inicios. Es una herramienta operativa de las organizaciones, la cual plantea cuestionamientos como, por ejemplo, cómo asegurar la calidad, la seguridad y el cumplimiento normativo o aprovechar su potencial transformador.

Durante años hemos aplaudido a los líderes que ‘mueren con las botas puestas’. Fundadores que no se van nunca, CEOs que aguantan hasta el último aliento, presidentes que confunden compromiso con resistencia extrema. Nos cuentan esas historias como si fueran míticas películas del oeste o gestas épicas. Y quizá lo fueron. El problema es que nadie nos explicó a qué precio.

Pensando en un enfoque para este especial 8M, en Diario Responsable se nos ocurrió la idea de lanzar una pregunta: ¿puede haber transición energética sin igualdad de género? Pues no. Quedaría coja. No sería una transición justa que incorporara derechos, empleo digno e igualdad, sino una simple sustitución tecnológica. Quizá la pregunta no debería haber sido solo si puede haberla, sino qué tipo de transición queremos.

Hablar de transición ecológica en 2026 ya no es una cuestión de reputación, sino de supervivencia económica, ambiental y social. Y si nos centramos en el sector turístico, donde trabajo, vemos que la sostenibilidad ha dejado de ser un valor añadido para convertirse en el núcleo mismo del modelo de negocio. Al fin y al cabo, nuestra actividad depende directamente de la salud de los ecosistemas y de la cohesión de las comunidades locales. En este contexto, y en respuesta a la pregunta —tan incómoda como urgente— de si puede existir una verdadera transición ecológica sin igualdad de género, me inclino a decir que no.