
En la encrucijada entre las exigencias del mercado y la creciente conciencia ambiental, la inteligencia artificial (IA) emerge como el gran arquitecto de una nueva era industrial. Con una capacidad sin precedentes para optimizar procesos y reducir el impacto ambiental, la IA no solo redefine la producción, sino que desafía la noción de que la innovación y la sostenibilidad son fuerzas opuestas.

El bienestar ocular es una prioridad para el desarrollo personal y colectivo, pero las dificultades de acceso de algunos colectivos vulnerables agravan las barreras sociales, lo que exige de la implicación del sector empresarial.

La proliferación de información afecta a la capacidad de las empresas e instituciones para llegar a su público objetivo. Hablemos del deber de que entiendan a las organizaciones para cumplir con el derecho a entender de las personas.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) marcan una hoja de ruta para un mundo más justo, equitativo y habitable. Pero sin la implicación real de las personas, corren el riesgo de quedarse en el papel. Aquí es donde el voluntariado emerge como una herramienta clave para hacerlos realidad.

En muchas organizaciones, los directivos asumen la responsabilidad absoluta de cada decisión y problema, creyendo que su papel es el de solucionarlo todo. Este "síndrome del líder salvador" no solo agota a los propios ejecutivos, sino que también estanca a sus equipos y frena la innovación.

Son varios lustros como empresaria y más los relacionados al mundo corporativo. Creo firmemente que las empresas tienen el poder y la responsabilidad de transformar la sociedad. Sin embargo, para lograrlo, es esencial distinguir tres conceptos que suelen confundirse: filantropía, hacer lo correcto e impacto social. Estos enfoques son formas diferentes de generar valor, pero cada uno tiene implicaciones y alcances distintos.

La inteligencia artificial (IA) está transformando la forma en que las empresas diseñan, desarrollan y lanzan productos al mercado. Su integración a lo largo de todo el ciclo de vida del desarrollo de productos —desde la conceptualización hasta la posventa— permite optimizar procesos, reducir costos y responder con mayor rapidez a las necesidades del mercado.

La inteligencia artificial (IA) es un motor esencial de transformación, con aplicaciones que abarcan desde la automoción hasta la atención médica. Sin embargo, a medida que avanza su despliegue, surge un desafío ineludible: ¿cómo equilibrar su impacto ambiental con sus beneficios?

En algunos ámbitos empresariales más que en otros, se suele aludir a la existencia de entornos de cumplimiento inquebrantable, en los que se destacan procedimientos de debida diligencia, políticas internas detalladas, e incluso certificaciones que avalan la conformidad regulatoria. Pero ¿qué tanto de ese “cumplimiento ejemplar” responde realmente a un compromiso sincero con la ética, y qué tanto obedece a otras necesidades?

El presente artículo es el primero de una serie de tres en los que abordaremos desde la Filosofía Moral el problema de la ética. El objetivo no es otro que el de ayudar a que el lector interesado por estos asuntos pueda formar criterio respecto a lo que, por otra parte, constituye el hilo conductor que este curso anima nuestra reflexión de fondo en el marco de la Cátedra Iberdrola de Ética Económica y Empresarial.