Nos han enseñado que liderar es hacerse visible. Hablar bien, estar presente, marcar dirección, tomar decisiones y, a ser posible, hacerlo todo con un grado de perfección sublime. Pero ese modelo empieza a quedarse obsoleto.En entornos complejos, donde la información es abundante, el talento es diverso y las decisiones son cada vez menos jerárquicas, el liderazgo más efectivo no es el que más se ve, sino el que mejor orquesta lo que ocurre sin necesidad de ocupar el centro.