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El pasado mes de enero de 2022 el World Economic Forum (WEF) presentaba, como cada año, el Global Risk Report. Este informe de los principales riesgos globales viene mostrando en los últimos años la importancia de los riesgos relacionados con el clima, y con el escaso éxito de las medidas que se están tomando como solución. El informe de 2022 introducía como novedad y, como cuarto riesgo en el top ten, la erosión de la cohesión social. El WEF señala que este puede ser el problema que cause, potencialmente, más daño en los próximos diez años. Esta erosión de la cohesión viene provocada por las grandes desigualdades y disparidades que la pandemia ha acentuado y que, según la estimación del Banco Mundial, se incrementarán en los próximos años debido a la polarización de la economía. Y eso, sin tener en cuenta la crisis humanitaria provocada por la guerra de Ucrania.

Pero más allá de la pandemia y de los conflictos, la erosión de la cohesión social que se viene produciendo en los últimos años está relacionada con el declive del capital social, un término que, sociólogos como Putnam, definen como la participación de los ciudadanos en la vida social y el compromiso con la comunidad. La regla de oro del capital social es la reciprocidad. La teoría del capital social afirma que las redes sociales, en este caso, no virtuales, son el tejido fundamental de la sociedad, un tejido invisible que se basa en relaciones de interdependencia. En esta misma línea, Fukuyama (1998), utilizaba, también, el término de capital social vinculado a la confianza, señalando que este capital social es el crisol de la confianza esencial para la salud de la economía y de la sociedad.

Putnam (2002), observa que el capital social está, estrechamente, relacionado con la “virtud cívica”. Esto quiere decir que una sociedad compuesta por muchos individuos virtuosos, pero aislados, no sería rica en capital social. Autores actuales como Han hacen referencia a  una sociedad individualista que no se identifica con un proyecto común: “El cansancio de la sociedad de rendimiento es un cansancio a solas, que aísla y divide” (Han, 2012, 46). Este cansancio separa a los individuos. El declive del capital social da paso a la sociedad del rendimiento que vive para producir y que instrumentaliza a los seres humanos que se sienten como recursos productivos. Este sentimiento de hastío provoca el arraigo del individualismo y tiene como consecuencia una sociedad individualista que rechaza “al otro” y que no se identifica con un proyecto común de la sociedad. El presidente del Foro Económico Mundial, Klaus Schawb, se muestra preocupado por el surgimiento de esta sociedad centrada en el yo, e inmersa en un proceso de individualización algo que considera consecuencia de la digitalización de la sociedad.

Uno de los grandes retos del siglo XXI es, sin duda, el de restablecer la gran comunidad humana y pequeñas comunidades a través de la acción colectiva y de la iniciativa individual. Entre las soluciones de algunos autores anteriormente mencionados, como Putman, encontramos la alusión a autores clásicos como Aristóteles, Rousseau o Dewey que consideran que las virtudes, las habilidades y los conocimientos cívicos han de inculcarse a los jóvenes para ayudar a regenerar el compromiso cívico en la edad adulta. Estamos de acuerdo en afirmar que la educación es el mejor antídoto para recuperar los valores del compromiso cívico y mantener vivas las redes invisibles del capital social.  Concretamente, la formación en ética puede ser una poderosa herramienta de transformación y regeneración de los valores cívicos y comunitarios. Entre otras cosas, la educación nos enseña a reconocer a los demás como iguales en dignidad y a entender que la alteridad, tal y como, señala Levinas (2000) es el descubrimiento que hacemos del otro para que surja el “nosotros”.

La erosión de la cohesión social pone en peligro el logro del mayor proyecto común de la humanidad, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la gran iniciativa ética que se apoya en una responsabilidad compartida por los distintos agentes sociales. La recuperación de la “comunidad” se convierte, así, en uno de los grandes retos de nuestro presente.

Algunas referencias:

Fukuyama, F. (1998). La Confianza. Barcelona: Sine Qua Non

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder

Levinas, E. (2000). La huella del otro. Madrid: Taurus.

Putnam, R. D. (2002). Solo en la bolera. Barcelona: Círculo de Lectores.

Schawb, K. (2016). La Cuarta Revolución Industrial. Barcelona: Debate.

 

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