Potencial ético y estético del saber mirar: organizaciones que aciertan a ver(te)

Dos no se miran, si uno no quiere. Quizá por eso Elvira Sastre define de este modo la soledad: “mirar a unos ojos que no te miran” (2016: 18-19). Así se las gasta la mirada. Propicia soledades, y conlleva también compañías. Lo innegable es que saber mirar siempre suscita aprendizaje, y encierra un potencial ético y estético que no cabe desatender: ni desde el punto de vista individual ni, por supuesto, desde el punto de vista corporativo. Las organizaciones (de carácter partidista, empresarial, institucional…) no debieran ser ajenas a esa doble faceta de naturaleza cívica y creativa. 

Frío, carta y mirada

Arranquemos con dos ejemplos reales, que podrían situarnos ante el escenario que se desea afrontar. En enero de 2022 se supo que René Robert había muerto en las calles de París. Este fotógrafo suizo no era un sin techo, y contaba con una solvente trayectoria profesional. Tampoco murió en una deshabitada y solitaria zona parisiense, sino en su barrio habitual: “el de la plaza de la República, uno de los centros neurálgicos de París, casi siempre concurrida y bulliciosa”. Cayó al suelo en mitad de la acera, y pasaron más de nueve horas sin que nadie le viera. Cuando la ambulancia le llevó al hospital, ya no fue posible reanimarlo de su “hipotermia severa”. El frío, tanto literal como metafórico, había acabado con la vida de quien retrató el mundo flamenco con elegancia, exquisitez y blanco y negro. Junto a las bajas temperaturas, las altas cegueras habían ultimado ese gélido clima del distanciamiento. Su amigo Michel Mompontet se mostró inquieto ante lo sucedido. Se interrogaba a sí mismo, preguntándose si habría sabido reaccionar en el caso de toparse con una situación pareja. Y no tener la certeza del acierto suponía para él una duda que no podía quitarse de la cabeza: “(…) tenemos prisa, tenemos prisa, tenemos nuestras vidas, y apartamos la mirada” (Bassets, 2022, Enero 27).

Un segundo ejemplo da continuidad a estas vertientes, y cabría contemplar que para desembocar en la invidencia no siempre hace falta apartar la mirada. A veces se mira y no se percibe. A veces se mantiene la mirada y no se ve aquello que debería ser visto. A mediados de 2022, El País publicaba la siguiente carta a la directora: "La he llorado por todos los sitios, caminando y caminando hasta la extenuación, mañanas enteras en los parques, por la calle, en el metro, en la cola del supermercado (…)”. En este caso el autor no es alguien conocido en la esfera pública. Se quedó viudo hace un año, y su texto sintetizaba los 45 años de vida compartida con quien había sido su esposa. En su cierre mostraba lo inadvertido que había resultado su llanto: “(…) nadie se ha acercado a preguntar si me pasaba algo" (González Carranza, 2022, Junio 2).

Hay cartas que callan por sí solas. Y hay miradas que hablan por sí mismas. Por todo ello, ese final epistolar hace recordar a Albert Camus (2014). En sus Carnets aborda al mendigo parisino que está siendo ignorado por los apresurados viandantes, que casi hasta le pisan sin reparar en su presencia. Aquel indigente no percibe maldad en sus coetáneos: simplemente, venía a decir, no ven. 

Desafío ético

No siempre es asumible el disimulo. Mirar de frente, y no volver la cara, resulta a menudo necesario: “El que cierra los ojos/ es cómplice del crimen que no ha querido ver”, escribe Benjamín Prado (2014: 15). Por todo ello son plausibles quienes nos invitan a ver mejor; o nos proponen, con profesionalidad, mirar de otra manera, para ver de forma distinta. Algunos arrojan luz sobre lo que estaba en la penumbra; u osan buscar en la trastienda, a pesar de que el escaparate resultaba más cómodo y tentador. Pero no siempre se trata de destapar lo que estaba oculto, sino de desvelar aquello que teníamos delante de nuestras narices: nada lo cubría, salvo nuestro desdén o pereza.

Podemos estar ciegos, aunque nos acompañe una inmensa agudeza visual. En ocasiones no vemos por voluntad (no queremos ver, porque lo visto nos incomodaría) y a veces no vemos por entumecimiento (la falta de uso engarrota la visión). Así que la ceguera física, claro, nada tiene que ver: nada tiene que ver respecto al peligro que está siendo abordado. Aludo a algo que no guarda conexión con el sentido de la vista, y sí con cierto sentido empático y humano. 

Desafío estético

Demos un paso más. Saber mirar, para así acertar a ver, también encuentra su potencial estético. El aprendizaje, el hallazgo, el descubrimiento… no se entienden sin la mirada. Precisamente porque es la mirada la que logró propiciarlos. Sólo cabe encontrar alguna respuesta, cuando una mirada oportuna supo forjar el interrogante preciso.

Es la mirada creadora con la que Miguel Ángel supo ver que su David estaba encerrado en un informe bloque de mármol: bastaba quitar la piedra sobrante. Es la mirada creadora con la que una prosaica cebolla adquiere otra dimensión, cuando Miguel Hernández canta sus Nanas. Es la mirada creadora con la que aquel personaje de American Beauty transforma en algo más lo que parecía ser una insustancial bolsa de plástico, zarandeada al azar por el viento. Y ya que citábamos anteriormente a Prado, en un ensayo previo apunta: “Un poeta eficaz no es el que nos habla de la luna”, sino el que consigue que “nunca más podamos mirarla como lo hacíamos antes (…)”.  Y añade: “Un gran poema no es el inventario de un tesoro, sino una forma de desenterrarlo” (2000: 10).

Dado que el zum nos permite focalizar la atención sobre algo que, de mirar al por mayor, nos sería imperceptible, José Antonio Marina apuesta por esa “estética zoom” que permitiría reparar sobre lo que tantas veces resulta omitido:  es “una creadora forma de mirar el mundo”. Y en ese empeño por descubrir “lo sorprendente en lo cotidiano”, subrayará: “El poeta nos enseña a ver lo que teníamos desde siempre ante los ojos” (Marina, 2003: 39-40). Desde luego se requiere destreza para encontrar el hallazgo en la rutina. Se precisa mirar con diligencia, para ver el deslumbramiento en mitad de lo anodino.

Esa mirada que crea (creadora y creativa a un mismo tiempo) se despliega por múltiples derroteros. Ni siquiera la termodinámica escapa a ellos. Al físico Schrödinger se le atribuye una idea ligada al planteamiento esbozado: “Creatividad no es tanto ver lo que aún nadie ha visto, sino pensar lo que nadie ha pensado sobre aquello que todos ven” (Santana, 2017: 146). 

A modo de conclusión

Es de justicia mostrar agradecimiento hacia aquellas personas y disciplinas que consiguen ensancharnos la mirada. Alcanzan que percibamos lo que hasta entonces nos resultaba inapreciable desde el punto de vista ético y/o estético. Señaló José Hierro que “la poesía es dar nombre a las cosas”. Pero no un nombre cualquiera, y desde luego no un nombre tramposo. La poesía implica “descubrir el nombre verdadero, tapado por los nombres falsos que ostentaban” esas realidades (2001: 98).

No todas las organizaciones evitan los lenguajes huecos y enmascaradores. Las organizaciones partidistas adquieren especial protagonismo en esas derivas de la ocultación. La política dominante, la política hegemónica y habitual, se caracteriza por recurrir a los “nombres falsos”. La utilización de trampantojos semánticos es una constante del pervertido lenguaje político: creyendo que encontrarás algo que parece enunciar el significante, te das de bruces con un significado bien distinto. 

Ese torticero politiqués no solo sería ajeno a la estética, sino que también dista del más básico sentido de la ética. Entre otros requisitos, un mínimo de ética política pasaría por no emplear el lenguaje para engañar, ni para desviar la atención, ni para escudarse en evasivos burladeros, ni para rebozarse en tergiversadores digo-diegos. En política, el lenguaje gratuito es el que más caro sale. Y entre ese costoso lenguaje gratuito se encuentra la chatarra lingüística que habita en tantas vociferantes proclamas. Baratija discursiva, palabrería fatua, monserga inane.

De ahí lo higiénico de saber mirar. Si ese compromiso nos brota en el plano personal, es lógico concluir que las organizaciones no deberían eludir tal responsabilidad. Sólo las organizaciones que saben mirar pueden ver con acierto: tanto el marco en el que se desenvuelven, como los públicos a los que se dirigen. Esos públicos podrán ser usuarios, suscriptores, socios, clientes, consumidores, votantes, representados… Lo común a las distintas organizaciones es que debieran dejarse ver con pulcritud y transparencia. Y lo común a esas distintas organizaciones es que, en el cometido de sus funciones, no debieran invisibilizar a sus públicos: no debieran dejar de ver(te). 

Bibliografía

Bassets, M. (2022, Enero 27). “El fotógrafo René Robert muere congelado en las calles de París tras una caída”. elpais.com. Extraído el 16 Septiembre, 2022 de https://elpais.com/cultura/2022-01-27/el-fotografo-rene-robert-muere-congelado-en-las-calles-de-paris-tras-una-caida.html

Camus, A. (2014). Carnets (1935-1951). Alianza Editorial.

González Carranza, P. (2022, Junio 2). “Ya no hay empatía”. El País.

Hierro, J. (2001). Agenda. Universidad Popular San Sebastián de los Reyes.

Marina, J. A. (2003). Memorias de un investigador privado. La esfera de los libros.

Prado, B. (2000). Siete maneras de decir manzana. Anaya.

Prado, B. (2014). Ya no es tarde. Visor.

Santana, E. (2017). Tapas de publicidad. Introducción y fundamentos. Promopress.

Sastre, E. (2016). La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida. Visor.

 

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