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Cercano el ecuador del plazo autoconcedido por la ONU para la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los análisis coinciden en la dificultad de evitar anticipar un resultado decepcionante en la fecha prevista para su consecución, el ya cada vez menos lejano 2030.

No obstante, es evidente que, dicha fecha, siempre ha constituido más un recurso retórico que un objetivo realista, si te tiene en cuenta que, algunos de los objetivos, como el fin de la pobreza, o la paz e instituciones justas, no dejan de ser aspiraciones inspiradoras pero poco realistas, al menos en las condiciones en las que se desarrollan las relaciones sociales y económicas en prácticamente la totalidad del planeta, con destacables excepciones.

El valor de los ODS no se encuentra, por tanto, en su consecución -lo que constituiría un reduccionismo resultadista inasumible-, sino en su carácter inspirador, que debe orientar la actuación de gobiernos, empresas, entidades y ciudadanía en la gestión de su, nuestra actividad.

Al mismo tiempo, todas las entidades deben evitar la confusión, probablemente interesada, que sitúa lo inspirador en el terreno de lo intangible. Cuando la igualdad, el trabajo decente o la protección de los recursos marinos, entre otros ODS, deben inspirar al quehacer diario de una institución como, por ejemplo, la universidad, dicha inspiración dispone de innumerables caminos para su materialización en políticas, decisiones y acciones concretas, con plazos y rendición de cuentas.

Es desde este punto de vista desde el que la universidad, como institución esencial de nuestra sociedad, asume -o debiera asumir- la responsabilidad de una difusión de los objetivos de desarrollo sostenible desde todos los ámbitos de su actividad, esto es, desde la docencia, la investigación, la transferencia del conocimiento y la gestión de su propia actividad.

Sin ánimo de una imposible exhaustividad, y desde la perspectiva de una experiencia y percepción personal como profesora universitaria, que seguramente no resulte extrapolable a otros miembros y estamentos de la comunidad universitaria, se aprecian claroscuros en la actuación universitaria al respecto; veamos.

Para una Educación para el Desarrollo Sostenible se precisan, como mínimo, los elementos de  voluntad y compromiso, conocimiento y reconocimiento; junto a lo anterior, la suma de dichos elementos debe generar un resultado en acciones.

Si se afronta la cuestión de la gestión universitaria, los cargos electos son los que impregnan de ideología a la institución, quienes deciden el peso específico que los ODS -y otros conceptos vinculados a éstos, como la inclusión, la justicia, el medioambiente, la igualdad de género, la participación, la responsabilidad social, etc- van a tener en la gestión del día a día de cada universidad. Al respecto, y pese a la existencia de políticas e iniciativas generales promovidas por la conferencia de rectores, es evidente que existe una gran desigualdad entre las diferentes universidades españolas, que puede apreciarse fácilmente con una simple búsqueda en sus páginas web.

Ese elemento determina, a su vez, el grado de expansión, o más bien de impregnación de los ODS en la actividad ordinaria de la institución. Así, los técnicos, que son quienes traducen los propósitos en actos, debieran estar bien formados y motivados para incluir los ODS en la traducción a acciones de las intenciones contenidas en textos declarativos. Y el personal docente e investigador, además de conocimientos y motivación, precisan de reconocimiento, puesto que nos encontramos sometidos a un cuestionable -por utilizar un término amable- sistema de permanente vigilancia y control (llamado acreditación) que consigue transformar en profesionalmente atractivo sólo aquello que es reconocido como útil por parte del sistema.

Pues bien, el panorama general de nuestra universidad nos habla de un impulso formal, contenido en Comunicados, Estatutos, Planes Estratégicos y todo tipo de documentos declarativos que no impregnan la gestión diaria, ni la formación del personal técnico, ni el reconocimiento del personal docente e investigador que desarrolla iniciativas al respecto, pese a lo cual, existen destacables iniciativas individuales o colectivas autoorganizadas realmente innovadoras.

De manera que, con notables excepciones, puede hablarse de un doble escalón en materia de ODS y universidad, con una distancia excesiva entre ambos, como son, por una parte, el nivel declarativo institucional, contenido en los grandes documentos que declaran la misión y el propósito de las universidades en torno a los ODS, y las poco reconocidas iniciativas individuales o autoorganizadas del personal docente e investigador, que son las que dotan de contenido y materializan las declaraciones en acciones, y que, a día de hoy, da la medida del verdadero compromiso de cada universidad con los ODS. Se hecha de menos, entre ambos, una política de gestión universitaria que, de una manera sistemática, programada y con sentido global, persiga y consiga que los ODS impregnen realmente la investigación, la gestión y la docencia universitarias.

Para ello, en mi opinión, resulta imprescindible -entre otras medidas, qué duda cabe- que se contemple una suficiente formación para el personal técnico y docente, y se conceda tiempo para desarrollarla y reconocimiento para quien la realice, cosa que no siempre ocurre. Que se sistematice un sistema de incorporación de los ODS a los grados, no sólo a las titulaciones específicas o a las guías docentes de las restantes (muchas veces dotadas del mismo carácter declarativo de los grandes documentos), sino a los concretos programas de concretas asignaturas de todos los grados, de manera que se produzca un traslado efectivo de los ODS a la docencia, premiando la tan necesaria interdisciplinariedad en el desarrollo del conocimiento, y tan escasamente respaldada por la Universidad en la práctica. Junto a lo anterior, que se fomente que la investigación, toda investigación, valore su aportación a los ODS de una manera realista y medible -si puede ser, con referencia a las metas concretas a las que se contribuye- y se reconozcan y doten de peso en el currículum, la posibilidad de prosperar y los méritos que son valorados, todos aquellos esfuerzos e iniciativas de fomento de los ODS que desarrollen técnicos, docentes e investigadores -lo cual resulta especialmente complejo en un sistema de promoción que menosprecia la colaboración, premia la apariencia y fomenta  una insana y contraproducente competencia entre investigadores-. Y, todo ello, desde la colaboración y la apertura al diálogo con los muy diversos agentes políticos, económicos y sociales, y especialmente el resto de instituciones educativas, que van a proporcionar un conocimiento y una perspectiva poliédrica que no siempre es perceptible desde unas instituciones universitarias en ocasiones en posición de excesivo ensimismamiento, todo ello en equilibrio con su imprescindible independencia y posicionamiento crítico. 

Es posible que todo ello vaya en contra de una corriente que tiende a identificar la universidad como una institución educativa cuyo único, o al menos, principal objetivo, es generar personas dotadas de conocimientos útiles, hoy, al sistema económico, con independencia de su mayor -o, más bien, cada vez menor- plazo de obsolescencia. Esa visión utilitarista de los conocimientos universitarios aleja, tanto de la docencia como de la investigación, cualquier objetivo que tenga que ver con la ética y los valores que impregnan una sociedad, y pretende llevar a la universidad a un cortoplacismo miope que olvida que la verdadera empleabilidad a largo plazo procede de los conocimientos amplios, esenciales y sólidos, y la verdadera utilidad de la universidad se encuentra en capacitar y predisponer a la adaptación al cambio desde unos valores sólidamente arraigados, tanto en su personal como en su alumnado. Sólo de esta manera la universidad podrá alcanzar el destacado papel de liderazgo social en materia de ODS que, en una sociedad democrática como la nuestra, está llamada a ejercer.

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