¿Por qué no “fichar” a un filósofo y un humanista para el equipo?

Perdón por lo impertinente de la pregunta. Pero: ¿quién esto lee, su organización o su equipo, tienen o no tienen cerca a alguien que haya estudiado Filosofía o Humanidades? ¿Se han planteado, en su empresa o lugar de trabajo, alguna vez, el contratar a una persona con esa clase de formación? ¿Les resultaría natural a sus colegas contar con un compañero especializado en la reflexión filosófica o el Humanismo?

  Lo escribimos porque muchos están reprochando al gobierno del Estado la falta de visión y solidez de su nueva legislación educativa. Esto, entre otras razones, a causa de su consagrar una exigua presencia de la Filosofía en nuestro marco formativo. Pero, al mismo tiempo, ¿cuántos de estos duros jueces practican, sin rubor, en su propia casa, empresa u organización, precisamente lo que condenan? 

   Tal vez, la respuesta más común a las cuestiones del párrafo inicial sea un sencillo no. Pues no: en esta embarcación, no tenemos filósofos ni humanistas a la vista. Y, entonces, quizás, vendrán a nuestra mente los motivos más socorridos para ello. Por ejemplo, el de que no abundan. Y menos aún los filósofos y humanistas de verdad, los auténticos; o sea, no ya los meros eruditos del saber, ni tampoco los gurús sabelotodo, de pega y de cartón, sucedáneos de psicólogos sin título.

 Efectivamente, de lo que se trata es de contar con sujetos capaces de defender la dignidad humana allá donde se encuentre, de pensar por ellos mismos e incitar a pensar a otros, con un método adecuado, sea este o no el cartesiano. Todo eso, a fin de formar ese criterio cordial en el conocer que reclamaron Balmes y María Zambrano. Aunque, desde luego, no será sencillo hallarlos, pues apenas los hay que sepan hacer estas cosas con seriedad, que tengan la capacidad de “pensar con rigor y vivir de forma creativa”, en palabras de López Quintás. Escasean las personas con profundidad reflexiva, juicio propio, sentido crítico y visión sintética o global, a la manera de lo recomendado por Ortega. Ahora bien, más van a escasear quienes ejercen, en un u otro lugar, esta vocación, si seguimos relegando los estudios de Filosofía y Humanidades en todas partes y desdeñando lo que nos aportan estos profesionales.

Pero volvamos a centrarnos en quien nos lee. Quizás, en parte por todo lo anterior, su empresa o institución no cuenten todavía con un experto filósofo o humanista. Pues bien, si así fuera, ánimo y que no se deje de buscar hasta que se dé con aquel que esté dispuesto a colaborar en la fértil tarea de pensar juntos y de propiciar el encuentro mutuo. Y ¿para qué en concreto nos serviría una persona así?, se podría preguntar.

 No se inquiete nadie con la respuesta. Pero, probablemente, servir, servir, un filósofo y un humanista no servirán para algo determinado o específico, en el sentido de utilizarlos como medios funcionales para lograr una meta prefijada de antemano. Mas, a pesar de esto, o quizás justamente por ello, la Filosofía y las Humanidades tienen un gran valor, un valor que no depende de su utilidad inmediata. A medio y largo plazo, no hay nada más fecundo que pensar y apreciar la dignidad humana, que reflexionar con hondura y vivir en armonía con nuestro ser. De ahí que los expertos en esto puedan colaborar muy fructíferamente a provocar en otros estas capitales actividades.

 En todo grupo de trabajo, en toda persona, al cabo de un tiempo, resulta vital pararse a pensar, examinar críticamente y con alcance lo que acontece, e incluso reivindicar nuestra recíproca fraternidad. Filosofar desde un hondo Humanismo constituye, así, una labor inexcusable. Ello, en orden a vivir con libertad y plenitud humana, responsablemente, ante la apelación siempre imperiosa que nos lanzan los rostros desnudos de los otros, en el lenguaje de Lévinas. La Filosofía y el Humanismo aparejado a esta, en suma, pueden y deben aportarnos madurez reflexiva y moral, un volver con conciencia crítica sobre lo hecho y lo padecido, un reorientarnos hacia el sentido, un prever con perspectiva lo que puede advenirnos, un aprender de nuestros errores a ser mejores, para encauzar con humildad nuestra vocación humana compartida.

 Son raras joyas, desde luego, las de la Filosofía y el Humanismo, y por eso mismo preciosas. No están hechas solo ni de la pura especulación ni de la simple sucesión de experiencias, en la forma de un burdo casuismo irreflexivo. Integran lo teórico y lo práctico, como nos enseñaron Tales y Confucio. Ciertamente, sus riquezas no deben arrojarse como alimento a quienes no sepan estimarlas. Lo que reclaman, en cambio, es que, al menos en algún momento, todo profesional y su equipo se planteen con pausa si no merece la pena el reto de proveerse de algún filósofo y humanista como compañeros de viaje. Compañeros no equivale a gobernantes, claro está, a pesar de lo que Platón propusiese para su República. Aquí, tan sólo aventuramos que ya el simple hecho de formularse, en serio, esta socrática pregunta, desde el diálogo, puede aportar algo probablemente interesante. 

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