
Todos coincidimos en que la transición ecológica no es únicamente un proceso tecnológico —reemplazar combustibles fósiles por energías renovables o reducir emisiones—, sino más bien una transformación cultural y estructural que nos exige repensar cómo producimos, cómo consumimos y, sobre todo, cómo tomamos decisiones. Y es precisamente aquí donde la igualdad de género se convierte en una condición esencial. En el caso del turismo, las mujeres representan una parte fundamental de la fuerza laboral: más de la mitad, según informes oficiales. Son guías, restauradoras, camareras, recepcionistas, agentes… Sin embargo, siguen estando infrarrepresentadas en puestos de dirección y en los espacios donde se definen las estrategias empresariales y las inversiones. Esta brecha no es solo una cuestión de justicia social. También supone una pérdida de talento y capacidad de transformación.
Gracias a nuestra experiencia conectando a viajeros con agencias locales en más de 160 destinos, vemos a diario cómo las mujeres impulsan algunas de las iniciativas turísticas más transformadoras. A través de nuestra colaboración con la ONG internacional Planeterra, apoyamos empresas turísticas comunitarias donde las mujeres no sólo participan, sino que también lideran y toman decisiones.
Por ejemplo en Albania, donde las artesanas de Përmet imparten talleres que preservan la tradición centenaria de la producción de Gliko, generando ingresos a la vez que salvaguardan el patrimonio cultural. O en el Valle Sagrado de Perú, en que las mujeres indígenas de comunidades como Urpis de Antaquillka protegen las técnicas ancestrales de tejido y los conocimientos agrícolas, creando medios de vida sostenibles a través del turismo. También en Indonesia, con iniciativas como la del Centro Comunitario PKP, que empodera a mujeres vulnerables mediante formación en hostelería y experiencias diseñadas localmente que les proporcionan ingresos estables y autonomía a largo plazo.
Estas no son iniciativas simbólicas, son modelos económicamente viables donde la protección ambiental, la preservación cultural y el liderazgo femenino avanzan juntos.
Hay muchos estudios que demuestran que, en general, las mujeres tienden a priorizar modelos de gestión más colaborativos, a integrar mejor el impacto social en la toma de decisiones y a adoptar una visión a largo plazo de los riesgos ambientales. Esto no significa que la sostenibilidad sea "naturalmente femenina", ni que los hombres no puedan liderarla con la misma convicción. Significa que la diversidad en el liderazgo amplía las perspectivas y fortalece la calidad de las decisiones.
Más allá de las emisiones: una cuestión de poder
En turismo, pensar de forma sostenible significa limitarse a contabilizar visitantes o medir emisiones. Se trata de preguntarse quién se beneficia, quién decide y quién permanece invisible. Cuando las mujeres tienen acceso limitado a la tierra, la financiación o los roles de liderazgo, la transición ecológica corre el riesgo de reproducir las mismas desigualdades que busca resolver.
El cambio climático no afecta a todos por igual. En muchas regiones, las mujeres están desproporcionadamente expuestas a riesgos ambientales y disponen de menos recursos para responder. Si la transición hacia la sostenibilidad ignora este desequilibrio, no puede ser verdaderamente transformadora. Puede reducir las emisiones, pero no reequilibrará el poder.
Así que no, no puede haber una transición ecológica sin igualdad de género. Porque la sostenibilidad no se trata solo de proteger los ecosistemas, sino de redefinir quién tiene el poder, quién se beneficia y quién define el futuro.