Tengo la impresión de que desde el COVID el día a día es una vorágine de hacer mil cosas, como si tuviéramos un miedo atroz a que nos volvieran a confinar por una pandemia mundial. Esa sensación, que no solo se ha consolidado, sino que se ha multiplicado desde entonces, hace que cada día sea más difícil levantar la mirada y poner el foco en algo más que no sean los millares de quehaceres, rutinas y propósitos a los que aspiramos llegar.