Todas las mañanas, antes de que amanezca, enciendo mi ordenador y veo cómo el algoritmo decide qué noticias merecen mi atención. Es un ritual simple, como preparar café o atarme los cordones de mis zapatillas para correr. Pero a diferencia del café, cuyo sabor puedo controlar, o de los cordones, el algoritmo toma decisiones sobre mí que no puedo ver.