Hay un momento en la historia de cualquier civilización en el que las reglas del juego cambian de raíz. No gradualmente. De golpe. Son resultado de una incomodidad, no de un descubrimiento. Lo que antes funcionaba deja de funcionar, no porque quienes lo aplicaban fueran incompetentes, sino porque el mundo al que respondían ya no existe. Estamos en uno de esos momentos.