
Sin negar el hecho de que nos vemos sometidos a múltiples condicionamientos de tipo sociocultural; y de que estamos sujetos a querencias rígidas desde el punto de vista físico-biológico; no es menos cierto el hecho objetivo -que asumimos como autoevidente- de que nos reconocemos como sujetos que disponen de un cierto margen de libertad a la hora de actuar. Es en el marco de interacción de la triple instancia -conciencia, libertad, y voluntad- donde se despliega y desarrolla la Vida Moral. La reflexión al respecto nos emplaza en el plano teórico-práctico de la Ética, entendida como Filosofía Moral. Y cuando nos adentramos en estos terrenos, no lo hacemos simplemente para saber cosas nuevas, sino para actuar bien y ponernos en camino de llegar a ser buenos: lo más plenamente humanos posible. Porque humano se nace, pero sólo en potencia. Nacemos humanos desde el punto de vista biológico, Ahora bien, para acabar presentando una adecuada biografía habremos de trabajar nuestro carácter con las virtudes que nos conviertan de veras en buenos.
Ahora bien, debemos dejar claro que el adjetivo “bueno”, en el contexto que nos ocupa, tenemos que inmunizarlo frente al contagio semántico con el mínimo resabio melindroso. Muchísimo menos habríamos de permitir que se lo equiparara a cierta forma sutil de camuflar el insulto: como cuando “bueno” tiende a querer decir, sin decirlo, “buenecito”; y que, en consecuencia, se viene a emplear en vez de, por caso, simple, vacuo, ingenuo, mentecato, tonto… o de cualquier otra variación sobre el tema de la estulticia. Al contrario, por contraste con lo que se está queriendo decir, cuando se utiliza con propiedad el adjetivo, sugiero que el lector conecte el término “bueno” de nuestro castellano -si se quiere, un tanto devaluado en su significatividad- con la sonora reciedumbre que la voz griega agathós -ἀγαθός- reservaba para designar a aquel ser humano pleno, eminente, bien cumplido, arquetipo y ejemplo de humanidad.
Ahora bien, como ni está el éxito garantizado, ni el fracaso prescrito de forma inexorable, de lo que se trata es de acertar a la hora de vivir la vida. O, dicho en términos morales, de vivir una vida buena, que dé lugar al carácter bueno por haberla vivido bien. ¿Cómo acertar a la hora de vivir la vida para vivirla bien? Pues lo cierto es que cabe errar el camino, vivirla mal, hacerlo de forma mediocre y, en el óptimo de los escenarios, hacerlo de una manera cumplida, perfecta y eminente. Pues bien, mientras esto siga siendo así y los profetas de la Post-Verdad y los fanatizados del Post-Humanismo a los que aludíamos en la anterior entrega de esta serie de artículo sobre Filosofía Moral no nos arranquen a radice la esencia de lo -simple, lisa, llana y verdaderamente- humano, seguirá siendo posible hablar de Ética y reflexionar acerca de la dimensión moral de la vida humana.
Es más, no sólo se podrá seguir haciéndolo, sino que resulta cada vez más imperiosamente necesario volver a plantearse las grandes y eternas cuestiones que siguen inquietando el ánimo del hombre en busca de respuesta. En concreto, las preguntas que glosan aquel segundo gran interrogante -el de “¿Qué debo hacer?”-, de entre los tres identificados y propuestos por Inmanuel Kant como programa de una investigación filosófica, que, en último término, no busca nada menos que aproximarse a una comprensión razonable de lo que es el hombre –“Was ist der Mensch”-, el sentido de la vida personal y de la manera más adecuada de vivirla bien.
He ahí formulada con lapidaria precisión la pregunta que determina de manera específica la idiosincrasia de la Ética como disciplina que se ocupa del saber acerca de la dimensión moral de la vida humana; y de cuya respuesta se derivan propuestas axiológicas, principios de reflexión, criterios de juicio y orientaciones para la actividad práctica que, en su conjunto, vendrían a configurar el marco de las convicciones propias de cada persona. Ahora bien, el drama ético se despliega siempre, a partir de la posibilidad siempre abierta de la incoherencia práctica, por muy claras que se pudieren tener las convicciones teóricas respecto a lo bueno y a lo éticamente deseable.
Aunque la realidad -personal, organizativa, social, política, económica, cultural… incluso religiosa- diste mucho de aproximarse a los niveles de buena praxis deseables, a nivel teórico, cuando menos, no caben componendas ni medias tintas. Desde las intuiciones de Platón y de Kant no parece que haya de resultar imposible razonar con buena lógica acerca de qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. Otra cosa distinta ya sería la incoherencia del que elige actuar mal, sabiendo que aquello que está realizando no es lícito ni correcto por redundar en perjuicio de terceros inocentes y que, de paso, rebaja como persona al propio sujeto moral.
Este rasgo de incoherencia apunta hacia algo humano, demasiado humano. Concretamente, hacia aquello para lo que los griegos acuñaron el término acrasia. Esto es, una voluntad, más que débil, inconsistente. El poeta Ovidio lo describió de forma inmejorable con aquel verso genial en el que lamentaba cómo, aunque veía con nitidez no sólo lo bueno, sino incluso lo mejor, sin embargo, luego actuaba, siguiendo no ya el camino de lo malo, sino el de las cosas peores.
Por lo demás, aquella sincera confesión del latino -“Video meliora proboque, deteriora sequor”,- habría de recibir espectacular remate de parte de San Pablo con un lance de similar factura. Él Apóstol de los Gentiles, a pesar de toda la gracia recibida tras haber sido lanzado del caballo cuando iba camino de Damasco, les confesaba a los Romanos cómo también él se reconocía, cuando menos, incoherente. En efecto, en un famoso versículo de la Epístola que les envía viene a decirles -traduzco libremente-: “no sé lo que me pasa, pues no hago el bien que quiero, sino que hago el mal que odio”: Quod enim operor non intellego non enim quod volo hoc ago sed quod odi illud Facio!
Si, tras haber sufrido la que puede pasar por ser una de las metanoias más celebradas de la historia humana, esto le sucedía a uno que iba derecho, camino de la santidad, ¿qué no nos habrá de acontecer a nosotros, a la gente corriente que nos las habemos de ver con las exclusivas y particulares fuerzas anímicas?
Asumámoslo y tratemos de contar con ello, de tenerlo descontado. Pero no para dejar, indolentemente, que las cosas se perpetúen en tal estado de incoherencia y mediocridad; sino para tratar de superarnos, mejorar humanamente y florecer como personas. Esta es la tarea moral a la que todos, ontológicamente nos vemos orientadas, por el mero y propio hecho de ser sujetos morales.
Como cabe suponer, todo ello, de una parte, pide clarividencia, sensatez, sagacidad, discernimiento… y se debiera traducir en la voluntad firme y perseverante de no actuar nunca a la ligera; sino, más bien, optando con criterio y buen tino, por lo bueno –y, dentro de ello, por lo mejor. Desde otro punto de vista, va implícito que cada uno esté en condiciones de dar razón de su modo de proceder, en una suerte de diálogo social razonado, constructivo y sincero. Es precisamente aquí donde la Filosofía Moral, donde la moral pensada encuentra su acomodo y cabal razón de ser.
La justificación de las conductas precisa razones de peso para convencer a quien pregunte por ello, y no sólo acerca de la deseabilidad y de la bondad de las consecuencias que de aquéllas puedan derivarse para quien las padezca. Esta perspectiva, implica, ciertamente, ir más allá de los objetivos egoístas y orientados al corto plazo.
Con todo, el paradigma consecuencialista puede y debe ser complementado con perspectivas de un calado lógico y filosófico-moral más consistente. En línea con las claves que empezamos aduciendo en el primer artículo de la serie que se cierra con éste, la aproximación que deriva del Logos y que apunta al Ethos, nos emplaza en el modelo conceptual propio de la Axiología y de la Lógica. En paralelo, si optáramos por llevar a efecto aquella especie de experimento mental a la que Kant hacía referencia cuando, en una de las formulaciones del Imperativo Categórico, exigía del agente el esfuerzo de la universalización para anticipar no sólo los potenciales resultados a partir de una determinada conducta; sino sobre todo la opción de discernir si se estuviera tratando de un auténtico valor moral. Esto, habría, cuando menos, de sustanciarse en resultados y consecuencias buenas para todos los implicados, sin restricción: agentes, impactados, pacientes, entorno, etcétera.
Por consiguiente, cabe afirmar que la ética representa a la vez una tarea personal y un horizonte de sentido de la vida humana.
Artículos relacionados:
- Reinventar la ética, Juan Benavides Delgado
- Ética, política y derecho, Pablo Álvarez de Linera Granda
- Una nueva nobleza para el siglo XXI, José Antonio Vega Vidal
- La investigación universitaria en comunicación y el conocimiento, Juan Benavides Delgado
-El método socrático en el siglo XXI, José Manuel Vázquez Díez
-El pensamiento crítico como clave para la renovación ética e institucional, Javier Barraca
-Cuán malvada es la marea, Jose Antonio Vega Vidal
-La ética no es ideología sino otra cosa muy diferente, Juan Benavides Delgado
- El método socrático en el siglo XXI –II, José Manuel Vázquez Díez
- Ethos y Logos: Esencia de lo Humano y Base de la Moral, José Luis Fernández Fernández
- A propósito de los sesgos y del eclectismo, Inés Gomis
-¿Por qué nos estamos quedando sin ética?, Juan Benavides Delgado