
Y todas las personas que me han ayudado a construir este especial, a las que estoy inmensamente agradecida, opinan en esa dirección. No hay más que ver sus titulares.
No incorporar a las mujeres a la transición energética no es solo injusto; es una mala decisión económica. Supone renunciar a talento, innovación y hasta a varios puntos del PIB que ya se han cuantificado en estudios recientes.
Lo cierto es que ya estamos viviendo una transición energética sin verdadera igualdad. La cuestión es si vamos a conformarnos con ese modelo o si vamos a aprovechar este cambio de sistema para corregir inercias históricas de desigualdad. Se nos llena la boca hablando de gigavatios, de hidrógeno verde, de interconexiones, pero casi nunca de quién decide, quién cobra los beneficios, quién ocupa los empleos de calidad y quién se queda con los costes invisibles. Si la transición energética se limita a sustituir carbón por renovables sin redistribuir poder, renta y voz, lo que tendremos será un “lavado verde” del viejo contrato social, no una transformación profunda.
En la mayoría de los países, las mujeres siguen siendo minoría clara en el sector energético y, especialmente, en puestos de dirección y toma de decisiones. En la España de los planes de igualdad obligatorios y las grandes palabras sobre diversidad, las juntas directivas de las grandes energéticas continúan lejos de la paridad, y la presencia femenina en los perfiles STEM vinculados a la energía sigue siendo insuficiente. Pretender descarbonizar la economía dejando fuera, infrarrepresentada o infrautilizada a la mitad del talento disponible es tan ineficiente como injusto.
Igualdad de género no es un plus decorativo a añadir a posteriori, sino una condición de posibilidad para que la transición energética funcione en términos sociales, económicos y, sí, también climáticos. La diversidad de miradas mejora la calidad de las decisiones, identifica riesgos que el pensamiento homogéneo pasa por alto y permite diseñar soluciones más ajustadas a la vida real. Incorporar a más mujeres y, por supuesto, a perfiles diversos en la ciencia, la ingeniería, la regulación y la gobernanza energética no es solo justicia redistributiva: es invertir en mejores diagnósticos y en innovación.
Además, hay una dimensión de legitimidad democrática que no conviene subestimar. La transición energética implica cambios profundos, nos pide a la ciudadanía confianza y sacrificios a corto plazo a cambio de beneficios difusos a medio y largo plazo. Si ese proceso lo pilotan élites homogéneas que no se parecen a la sociedad a la que se dirigen, el riesgo de desafección y de conflicto aumenta.
Una transición energética con perspectiva de género, en cambio, se pregunta desde el principio quién se sienta a la mesa, quién define las prioridades y cómo se reparten los frutos. Significa, por ejemplo, fijar objetivos claros de paridad en los órganos de gobierno de empresas y reguladores; revisar convocatorias de ayudas para que lleguen a hogares encabezados por mujeres y a cuidadoras; diseñar programas formativos específicos para que niñas y jóvenes puedan acceder a profesiones verdes de alto valor añadido; impulsar el liderazgo femenino en comunidades energéticas locales y cooperativas.
La buena noticia es que la transición energética ofrece una ventana de oportunidad única para avanzar hacia la igualdad real. Al ser un sector en construcción, con nuevas cadenas de valor, modelos de negocio emergentes y un fuerte componente de innovación, puede acabar con las inercias del viejo sistema fósil. No estamos solo sustituyendo centrales térmicas por parques eólicos; estamos redefiniendo qué entendemos por seguridad energética, qué papel damos a lo local frente a lo global, cómo distribuimos propiedad y gobernanza.
El riesgo es dejar pasar esta oportunidad y limitarse a maquillar las estadísticas. Incluir una mujer en una mesa redonda, redactar un protocolo, inaugurar un programa piloto con cinco beneficiarias y dar el asunto por resuelto. El feminismo ya conoce bien esta estrategia: la de la foto diversa que no cambia estructuras. Una transición energética verdaderamente feminista no se mide en notas de prensa, sino en indicadores tan concretos como la brecha salarial en el sector, el porcentaje de mujeres en los niveles de decisión, el acceso equitativo a las ayudas o la reducción de la pobreza energética en hogares “monomarentales”.
Por eso, quizá la pregunta que deberíamos hacernos este Día de la Mujer no es si puede haber transición energética sin igualdad de género, sino si estamos dispuestas a aceptar las consecuencias de esa transición coja. ¿Queremos un futuro más verde construido sobre las mismas bases de desigualdad de siempre, o un futuro en el que descarbonizar signifique también democratizar y redistribuir poder? La respuesta marcará no solo los kilovatios de origen renovable que produzca nuestro país, sino la calidad democrática de nuestras sociedades.
En definitiva, la transición energética es demasiado importante como para dejarla en manos de la mitad de la población. Igual que entendimos que no podía haber democracia sin voto femenino, tendremos que asumir que no puede haber transición energética justa sin igualdad de género. Lo contrario no es una transición: es el mismo sistema de siempre, con otro color en el cableado.