
La transición energética se escribe con inversiones y tecnología, pero se gana con personas. Con quienes deciden arriesgar, con quienes lideran desde dentro y con quienes, por pura convicción, sabemos que otro futuro es posible. Para mí, la transición tiene también nombres y rostros: el de mi madre, el de mis hijas, el de muchas mujeres con las que he compartido este camino. Transformar el sistema energético no va solo de descarbonizar; va de qué sociedad decidimos construir.
A lo largo de mi vida profesional he trabajado y vivido en cinco países de tres continentes. En todos esos contextos he confirmado algo esencial: la energía es poder. Quien participa en su diseño y en sus decisiones participa también en la construcción del modelo económico y social. Ese es el lema de Naciones Unidas para este 8 de marzo de 2026: “Derechos. Justicia. Acción. Para TODAS las mujeres y niñas.” Y no podría ser más oportuno. En un sector históricamente masculinizado como el energético, no basta con abrir la puerta: hay que transformar la cultura. Hay que garantizar que las mujeres no solo estén presentes, sino que lideren y decidan.
En Moeve trabajamos con esa convicción. Hoy, más del 33 % de nuestros puestos de liderazgo están ocupados por mujeres, y aspiramos a alcanzar el 40 % en 2030. No es solo una cuestión de cifras —aunque los datos importan—, sino de calidad en la toma de decisiones. Queremos que nuestras estrategias técnicas, industriales y ambientales reflejen todo el talento disponible. La transición energética avanza gracias a las personas que la construyen, y ese avance debe sostenerse sobre la igualdad.
He sido, demasiadas veces, la única mujer en una mesa de decisión, ahora en entorno corporativo y, antes, en entorno industrial de casco y botas. Esa experiencia no me ha hecho retroceder; sino más consciente de la responsabilidad de abrir espacio a otras. Pero también me hizo valorar a los hombres que, lejos de sentirse cuestionados, entendieron que el liderazgo inclusivo fortalece a las organizaciones.
Entre ellos está Manuel, mi marido. Ha sido compañero en lo personal y aliado en lo profesional, recordándome que la corresponsabilidad es una práctica diaria. Y como él, hay hombres valientes y generosos que saben que la igualdad es una condición para el progreso. Sin ellos, la transformación sería más lenta y frágil.
Cuando pienso en el origen de mi compromiso, inevitablemente recuerdo a mi madre. Enfermera y doctora en Historia, combinó la ciencia con el pensamiento crítico y el cuidado con la ambición bien entendida de aspirar a nuestro máximo potencial. Aprendí de ella que el progreso no es lineal: hay que impulsarlo y defenderlo incluso cuando vamos más rápido que el tiempo que nos corresponde.
Y pienso también en mis hijas adolescentes. Las veo crecer con curiosidad, con fuerza, con preguntas nuevas. Quiero que vivan en una economía descarbonizada, resiliente y justa. Pero, sobre todo, quiero que nunca duden de su lugar en ella. Que sientan que pueden liderar, innovar, decidir. Que la transición energética también les pertenece.
Este proceso no tiene vuelta atrás. Su éxito no se medirá solo en emisiones reducidas, sino en oportunidades ampliadas. El momento de liderar con el ejemplo es ahora. El futuro no se hereda, se decide hoy con cada decisión y con cada liderazgo que se atreve a abrir camino.