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En la primera parte se exponía que el ser humano, para bien o para mal, se autodetermina a través de sus acciones (y omisiones). Se planteaba la posibilidad de ir recuperando la responsabilidad delegada en la tecnología para solventar los graves problemas ontológicos y antropológicos que la invasión tecnológica ha traído consigo. En esta segunda parte se plantea la opción de re-humanizar la mirada al cuerpo como fundamento del humanismo orgánico.La tecnología ha evolucionada a tal velocidad, que el hombre ha dejado de ser la medida de su propio mundo.
Humanismo orgánico en el siglo XXI (II)

Los recursos naturales de los que disponía se han puesto al servicio del progreso y la tecnología. Como Fausto y Dorian Grey hemos caído en la tentación de vender el alma por un simulacro de poder, éxito y belleza. El retrato oval de Poe nos recuerda que la obsesión por atrapar la vida, a veces, nos impide ver como se marchita ante nuestros ojos. Hemos caído rendidos ante un espejismo, una quimera ¿Qué podrá apartar el velo de la ignorancia de nuestros ojos? Quizás la renuncia, medida, sostenida, equilibrada y necesaria nos abra las puertas a lo mejor del antiguo y del nuevo mundo.

El cuerpo, fuerza de producción, esclavo y espejo donde a veces no es cómodo mirar. Hackeado, vulgarizado y conquistado; y según nos han dicho, un lastre que sólo trae preocupaciones y del que no nos podemos fiar. Siento decir que es moralmente cuestionable que la enfermedad se haya hecho rentable y la tecnología que nos salvará, también. Tanatofilia se llama: obsesión por la enfermedad (y la muerte) en sus múltiples variantes; metáfora exacta de su opuesto: biofilia. Término acuñado por E. Fromm en 1973 y que el biólogo E. O. Wilson describía como tendencia innata de la humanidad a maravillarse y a sentir curiosidad por la vida y todas sus formas. Respetar y amar para comprender: definición cercana de humanizar y buen “mantra” para guiar nuestro comportamiento cotidiano, ayer, hoy y siempre.

¿Es posible que experimentemos el cuerpo de forma periférica? Tengo compañeros que son intelectuales brillantes que han despreciado las variadas y complejas actividades del cuerpo durante toda su vida; hasta que éstas empezaron a darles problemas. La mente y el cuerpo son extensiones de una misma experiencia subjetiva. Así como hemos consumido imágenes equivocadas del cuerpo, lo hemos hecho también de la mente y del mundo en el que vivimos. Todo en el ser humano, como en la vida y el cosmos está relacionado y es mutuamente incluyente. “Nada humano me es ajeno”, escribía Publio Terencio en el siglo 165 a.C. Ninguna vida debería serme ajena, incluida la mía. Hemos elaborado expectativas económicas, profesionales y personales que tienen más que ver con nuestra identidad social que con nuestra forma de ser. Decimos que el cuerpo nos falla, pero hemos sido nosotros los que le hemos fallado al cuerpo; los que nos hemos fallado a nosotros mismos, los que hemos fallado a la vida. Hemos sido tentados y seducidos por el éxito material; el cuerpo ha sido una víctima más de la auto-explotación de la que habla constantemente Byung-Chul Han. Hemos desprestigiado muy pronto la experiencia poética, contemplativa y al arte en general como formas válidas de entender, valorar, recrear y sostener la vida. La pausa, la reflexión y la escucha son raras y precisas formas de trascender nuestra efímera existencia física.

Cada cultura teje su propio imaginario de lo que es el ser humano. El antropólogo C. Geertz proponía, hace más de una década, el reto colectivo de identificar los valores propiamente humanos y universales que pudieran ser paradigma de referencia para el desarrollo de una civilización global. Hace no mucho la Fundación Telefónica exponía en Madrid la obra del australiano Lian Young donde se proyectaba una única ciudad planetaria, con todo tipo de tecnología y seres vivos cohabitando bellamente. La idea subyacente era liberar los espacios salvajes de la influencia del hombre y revertir la degradación del medio ambiente. Carl Sagan antes de morir nos advertía de que en las sociedades tecnológicas sumar ignorancia al poder era un peligro para todos. Quizás devolver al cuerpo y a la naturaleza una mirada justa, volver a confiar en sus recursos y reaprender su lenguaje sea suficiente. La humildad podría ser un principio eficiente para la renovación de un humanismo orgánico ¿Podemos recuperar la autoridad sobre nuestra propia mirada? ¿Se puede entrenar la atención?

Vivimos sobrestimulados en un mundo incierto. Gloria Mark, profesora de la Universidad de Irvin (California) y experta en cómo las tecnologías impactan en la sociedad, desde el 2004 informa de una creciente bajada de los tiempos atencionales en los jóvenes. Aprovechando la coyuntura han surgido técnicas estándar de entrenamiento atencional, cuyos resultados están siendo debatidos en la actualidad. Lo que si parece constatarse es una competición (léase manipulación) estudiada e ingeniosa por doblegar y retener la atención del consumidor sobrestimulado en un mercado saturado de oferta.

A pesar de que se analizan una ingente y desproporcionada cantidad de datos de los movimientos de los usuarios del sistema dentro y fuera de internet, paradójicamente vivimos en un mundo cada vez más incierto (y más condicionado). La imposición de una ley nos hace pensar que todo va a funcionar mejor, pero ¿no es la norma el resultado de una falta de conciencia particular generalizada? Si cedemos a la comodidad de que sean otros los que decidan ¿se estigmatizará todo aquello que se sale de la norma estadística? Si la libertad se reduce por motivos de salud ¿será paradójicamente motivo de enfermedad?

Gabriel Maté, el gran psiquiatra húngaro-canadiense, en su última y muy documentada obra El mito de la normalidad, da explicación exacta de porqué adaptarse a una cultura tóxica nos convierte a todos en potenciales enfermos. Los ciudadanos, que también son parte fundamental (aunque no lo sepan) de esta historia, se han convertido en lo que Lutero llamaba “homo incurvatus in se”, ciudadanos quejosos incapaces de poner remedio a esta anulación consentida de derechos, obligaciones y valores. Creo que la gran mayoría sólo aspira a vivir en paz, consigo mismo y con los demás. Sólo piden que les dejen vivir tranquilos. ¿Será mucho pedir? ¿Existirán leyes para ello? ¿Habrá un lugar para estas personas en la sociedad del futuro?

Es necesario revalorizar a la persona. A. Sutich en 1962 explicaba que la condición fundamental para ser humano es la realización del sentido de su existencia. En la década de los 60 el pensamiento humanista americano, influido por el existencialismo europeo, defendió la idea de persona consciente, libre y responsable. Su resistencia a tomar como referencia al modelo científico impidió su penetración y consolidación posterior en el mundo académico. Sin embargo, su influencia ha sido y sigue siendo sobresaliente.

Desde Santo Tomás de Aquino, firme defensor del libre albedrío como característica esencial del hombre, que creía que cuerpo y alma se realizaban mutua y recíprocamente; hasta racionalistas como Pascal que expresaba esperanza en el ser humano al decir: “el hombre sabe de su miseria y se siente mísero por serlo; pero es grande al saberlo”; y el ilustrado Rousseau que creía que la educación debía favorecer el desarrollo de las cualidades diferenciales de cada persona. C. Rogers, padre de la psicología humanista, promovió un aprendizaje significativo y no directivo del ser humano, que de manera innata aspiraba a realizarse como persona. ¿No es acaso noble y lícita la aspiración de ser y hacerse persona? ¿El uso que hacemos de la tecnología nos hace personas? ¿O nos convierte en autómatas? ¿Nos hace más libres la tecnología? ¿estamos preparados para hacer buen uso de ella?

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