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Humanismo para una formación fecunda del profesional (II)

-Un signo de gratitud hacia el pasado.

Conviene advertir que la actual necesidad de unir saberes, de cara a la formación y en general a la vida profesional, aun intensificada hoy, como insisten en denunciar clarividentes textos, no es nueva[1]. A su paso salió ya lo mejor del Humanismo antiguo (no solo el simbolizado con la etiqueta de “Leonardo”). Por eso, se tiene que reconocer siempre con gratitud el hallarse este Humanismo en el origen de todo progreso civilizatorio. En especial, cabe recuperar experiencias históricas como la maduración filosófico-científica greco-latina, el patrimonio sapiencial universal, el espíritu nativo de la universidad, la monástica recuperación del trivium y el cuadrivium, el renacentista impulso humanista y de la Escuela de Salamanca en su defensa de la dignidad inmarcesible de la persona más allá de su diversidad étnica o de cualquiera otra clase, etc. También, más recientemente, Ortega aludió a los excesos esterilizantes de la especialización –el saber cada vez más de cada vez menos, hasta llegar a saberlo todo de nada-, y a la necesidad de superarlos con la cultura (ver su Misión de la universidad[2]).

-Sobre nuevos términos en el Humanismo formativo.

En el contexto de la defensa de un Humanismo renovado, en la formación actual, se manejan términos aparentemente novedosos, cuyo alcance conviene discernir. Este es el caso del vocablo “transdisciplinariedad” (voz cada vez más difundida; ver: Ciencia transdisciplinar en la nueva era[3]). A este se suma, en ocasiones, el de “trans-ciencia”. Ahora bien, no está de más convenir en que constituyen vocablos que pueden resultar confusos. Esto, debido ya al prefijo que incorporan, pues por “trans” suele entenderse lo que viene de un lugar y va a otro, o bien no una nueva disciplina sino una materia cuyo valor e interés “atraviesa” distintos campos simultáneamente y se halla presente en todos ellos, no limitándose así a uno solo. Por ejemplo, se dice que hay valores trans-disciplinares y trans-versales. Esta idea nuclear sí representa un nexo o punto cardinal: existen, en efecto, valores y principios axiomáticos de un enorme fruto, hondamente vinculados a lo humano, que están presentes en cuanto los sujetos humanos vivimos y a los que, por ello, no se debe dar la espalda o excluir más allá de su aparente utilidad inmediata.

-Las raíces más hondas del Humanismo.

A pesar de parte de lo apuntado hasta aquí, este es el momento probablemente de dar un paso adelante y de procurar que dicho paso esté dotado de un cierto alcance crítico. En este sentido, cabe llamar la atención acerca de que el fundamento más hondo del encuentro interdisciplinar y del mismo árbol de los saberes no está meramente en los problemas, en los retos concretos y particulares de la vida individual y organizativa. Este, en el fondo, en su más profundo significado, posee una raíz de tipo ontológica, metafísica si se quiere, o también de filosofía primera o fundamental. Así, se encuentra fundado en la realidad misma, y en su estructura última o más íntima, en el sentido de Zubiri y Cendillo. Ortega enseñó, a este propósito, que es precisamente la Filosofía el tipo de conocer, reflexivo y crítico, capaz de operar la síntesis o visión global y de conjunto que logra adentrarse en esta complejidad y descifrar esta unidad en la diversidad de nuestro mundo[4]. Esto, como no podía ser de otro modo, ya que esta “realitas” es la que resulta en sí genuina y germinalmente siempre multi-aspectual.

En definitiva, lo propia naturaleza o esencia de lo real y de la persona o comunidad son lo que reclama la integración de lo multidisciplinar. Lo real presenta, inevitablemente, aspectos múltiples, dimensiones diversas, elementos distintos. Luego, ya en un momento segundo, este hecho se proyecta y acontece en forma de problemas o situaciones particulares, sea en el trabajo, la empresa o lo organizativo. Los juristas conocen esto muy bien por propia experiencia: detrás de cada caso y situación vital a estudiar se encuentran siempre las personas y sus contextos o realidades, estrechamente entretejidos. Por eso, estos requieren, para su esclarecimiento completo, de la cooperación de expertos de distintos terrenos, como los del Derecho, claro está; pero también de psicólogos, sociólogos, economistas, criminólogos, peritos en mil campos diferentes, etc.

-De la síntesis de los saberes a la de la persona.

Quizás, entonces, dado lo expuesto, lo que necesitemos hoy de cara al porvenir no consista tanto en la mera asociación de información, conocimientos o áreas de estudios formativos. Esto, sin duda habrá de procurarse, y ello sobre el fondo de unas Humanidades que entrelacen lo que de suyo ya se halla ligado. Pero, más bien y ante todo, se trata de contar con personas, con sujetos humanistas concretos, de carne y hueso. Son estos quienes realizarán y protagonizarán la unidad humanista de los saberes, tanto fuera como dentro de las organizaciones.

Lo precedente nos indica que otra clave decisiva para lograr este Humanismo, a fin de cultivar estos encuentros, reside en frecuentar formativa o educativamente “modelos o ejemplos personales determinados”. Así, lo que ahora sugerimos estriba en la necesidad del convivir con sujetos o grupos humanos reales, que desarrollen estos encuentros profundos e interdisciplinares. Son, en fin, nuestras experiencias de encuentros inter-humanos lo más humanista que cabe emprender, y son esos encuentros personalísimos los que pueden enseñarnos e iluminar el camino a este propósito, gracias al testimonio de lo que hemos vivido y de su fruto en nosotros. Por ejemplo, en mi personal caso, el interés por una formación completa, humanista e integradora, nació dentro de mí a través del trato con mi propio padre, quien era a la par ingeniero y humanista, lector, escritor, amante y entendido del Arte, etc. Esta experiencia familiar se vio reforzada, años después, por medio de mi relación con el profesor López Quintás –filósofo, pedagogo, músico, filólogo, traductor, etc.-, o con mi admirado amigo Pedro Ridruejo -médico, psicólogo, filósofo, jurista, sociólogo, etc.- quien obtuvo numerosos doctorados y licenciaturas.

De este modo, seguramente, conviene también insistir en testimonios reales célebres, como los ofrecidos por Ramón y Cajal con su dibujar y pintar las neuronas, o el del descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN gracias a un sueño de dos investigadores concretos (Watson y Crick) , o el del seminario de estética que influyó en las innovaciones tecnológicas promovidas en Apple por Steve Jobs, o en la importancia de los diseñadores y expertos en estética jugada de cara al desarrollo de realidades y entornos como Windows, etc. Mas, esto comporta en definitiva el que hay que acercar, aproximar, personas concretas a los sujetos o equipos que se quiere hacer crecer en este Humanismo.

Para avanzar en la senda señalada, habría que subrayar el singular valor, en esto, de lo ético. Sin ética, no hay cooperación ni aprendizaje, ni Humanismo auténtico. Esto es, no hay humanidades que valgan sin valores en las personas y equipos, valores tales como la humildad, la responsabilidad, la solidaridad, la generosidad, etc. Marañón, gran humanista inter-disciplinar, da las pautas más fértiles en este desarrollo integrador: la vocación y la ética[5]. La propia vocación o ideal de realización supone el impulso que nos lanza al encuentro de lo diferente, a explorar, a descubrir, a inventar, a crear…

A este respecto, conviene advertir que falta destacar el enorme valor de lo filosófico, de lo reflexivo, en cuanto a visión global o de conjunto y cauce integrador del conocer hacia un sentido u horizonte unificador. Es decir, desde luego, lo filosófico posee un tenor sintético que “armoniza” los saberes en torno al eje de lo humano en su mejor alcance. Ya Ortega define a la filosofía con este rasgo, entre otros, en Qué es filosofía[6].

Esto aconseja, sin duda, recuperar la tradición formativa de la lectura, en especial la de los grandes libros. Y con ella el hábito sano del debate, que se reactivó en el marco anglosajón en cierto momento, y que hoy debe hallarse presente en los diversos foros y programas de liderazgo.

-Hacia el Humanismo de la creatividad.

Por último, también es importante para el logro del verdadero Humanismo el cultivo o desarrollo de una cualidad personal y organizativa muy ligada a nuestra originalidad y a la libertad. Me refiero al tesoro incomparable de la humana “creatividad”, seña auténticamente distintiva de lo humano. En torno a ella, ha polarizado toda su labor formativa y humanista A. López Quintás (en especial, en cuanto al aspecto “relacional” e inter-humano de dicha creatividad[7]).

La centralidad de lo creativo no solo puede apreciarse al comparar el desarrollo humano con el de otros animales, sino incluso hoy más que nunca gracias al paralelismo que se establece con respecto a realidades tales como la información automatizada, los sistemas que aprenden y la misma IA. En definitiva, el Humanismo reclama potenciar nuestra creatividad, personal y grupal, así como formar-entrenar explícitamente en esta mediante el trabajo en equipo. Para ello, algunas palancas que aquí recordamos son: el diálogo y la escucha del otro, el voluntariado social en grupo, la práctica de la dimensión estética o artística personal y grupal, etc.

Terminamos con una propuesta, ligada a lo precedente, que, acaso, parezca sorprendente o excéntrica, pero que no deseamos omitir. No es otra que la de organizar actividades creativas e incluso certámenes en nuestras instituciones en los que se premie la imaginación y la fantasía. El Humanismo del futuro va, en efecto, a demandarnos nuevos cauces y retadoras cualidades. Piénsese, a este respecto, en un campo dinamizador de la innovación tan sugestivo como el cultivo del relato, de la escritura, del video y el cine, del tratamiento creativo de la imagen digitalizada. Hasta la innovación tecnológica se ha enriquecido ya, y se enriquece, con experiencias tan fecundas como la familiarización con el mundo de la Ciencia-ficción en sus diversas formas.

En síntesis: si queremos un Humanismo con futuro no olvidemos el fomento de actividades que ayuden a desarrollar nuestra siempre inquieta y exploradora creatividad. Ello coadyuvará a nuestro necesario anticipar escenarios futuros y a engendrar ideas novedosas. En torno a tales ideas y experiencias, nos reencontraremos con nuestro mejor y más propio ser: el de sujetos y comunidades humanas en busca de plenitud, fecundidad y sentido.

-Fuentes:

AA. VV., Ciencia transdisciplinar en la nueva era, editor Edgar Serna M., Medellín, Instituto Antioqueño de Investigación, 2022.

García Barreno, P. R., “Integración cultural: transciencia o convergencia”, Real Academia de Ciencias y Real Academia Española.

López Quintás, A., Estética de la creatividad, Rialp, Madrid, 1998.

Marañón, G., Vocación y ética y otros ensayos, Espasa, Madrid, 1982.

Ortega y Gasset, J., Misión de la universidad, Cátedra, Madrid, 2015.

Ortega y Gasset, J., Qué es filosofía, Espasa, Barcelona, 2012.

 

[1] Como, por ejemplo: “Integración cultural: transciencia o convergencia”, Pedro R. García Barreno (MD, PhD, MBA, de la Real Academia de Ciencias y de la Real Academia Española).

[2] Ortega y Gasset, J., Misión de la universidad, Cátedra, Madrid, 2015.

[3] Ciencia transdisciplinar en la nueva era, AA.VV., editor Edgar Serna M., Medellín, Instituto Antioqueño de Investigación, 2022.

[4] Qué es filosofía, J. Ortega y Gasset, Espasa, Barcelona, 2012.

[5] Vocación y ética y otros ensayos, Marañón, G., Espasa, Madrid, 1982.

[6] Qué es filosofía, J. Ortega y Gasset, cit.

[7] Estética de la creatividad, A. López Quintás, Rialp, Madrid, 1998.

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