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¿Nuevo humanismo o profunda crisis?

No son pocos los autores que hablan de los nuevos retos y cambios que nos anuncia la globalización y las innovaciones tecnológicas. Para este año, dentro de nuestra colaboración con Diario Responsable, tenemos este tema sobre el que debatir y que puede concretarse en muchas primeras preguntas generales que se relacionan con el humanismo, tanto sobre el hecho de la desaparición del antiguo y moderno humanismo como del choque que se está produciendo con el nuevo humanismo (¿?) introducido por las tecnologías digitales y la IA. Estas preguntas pueden ser del tipo siguiente: ¿Cabe hablar de humanismo en el nuevo contexto digital y, en ese supuesto, hacia dónde se dirige la sociedad y las nuevas concepciones de lo humano?, otra posible ¿hasta qué punto las instituciones y organizaciones entienden lo que este supuesto nuevo humanismo puede significar más allá de la instrumentalización de la tecnología de cara a los ciudadanos y las organizaciones? Sin duda, antes de empezar a responder a estas y otras preguntas, en este primer artículo considero que conviene hacer algunas precisiones previas.

Desde la innovación constante de la propia tecnología, la vida diaria en España ha convertido la realidad cotidiana en una mezcla de dificultad, impotencia y desconocimiento en el uso diario de lo que significa cualquier innovación tecnológica y, especialmente, en el propio modo de hablar. Yo veo, en su inicio, que quizá lo más importante no se refiere a los aspectos propiamente instrumentales del uso de la tecnología, sino en el hecho indiscutible, según el cual, esa utilización de la tecnología está reduciendo, enormemente, la riqueza significativa y creativa del lenguaje natural.

Por ejemplo, cuando se habla de problemas, una de las cosas más importantes, es saber lo que está detrás de las palabras cuando éstas se utilizan, hay que diferenciar lo que se dice de lo que significa, porque de lo contrario, no será fácil discernir los contenidos y principios de los propios comportamientos de las personas. Me estoy refiriendo a la clásica distinción, en origen de J. Austin[1], de los lingüistas sobre los actos del habla sobre el uso locutivo del lenguaje (el que se refiere al hecho mismo de hablar) y su extensión ilocutiva y perlocutiva relacionado con la intención del hablante y los comportamientos que pueden generar en las personas. Es verdad que estas primeras aproximaciones se han diversificado enormemente con el propio desarrollo de la pragmática, pero me pueden valer como introducción a lo que quiero decir en estos comentarios.

Sin duda, en el uso actual que se hace del lenguaje, especialmente los responsables sociales y mediáticos, no sólo se ha dado entrada a la mentira y la ocultación de la verdad, sino que se ha utilizado al máximo la imagen y los contextos expresivo corporales y de contexto, que han multiplicado los significados de las palabras hasta vaciarlas de su propio contenido original. Normalmente el significado verdadero parece quedar reducido, por simplificación, al uso ideológico del mismo, Parece que a nuestros responsables y líderes sociales solo les preocupa construir un lenguaje dando especial protagonismo a un único y vertical significado ideológico, que protagoniza cualquier otro sentido y uso. Esto se ha hecho siempre, pero en la actualidad se ha convertido en la utilización casi exclusiva de los medios de comunicación y los gestores públicos. Este protagonismo puede tener consecuencias graves en la conciencia del ciudadano, cuando las leyes y normativas y el propio Parlamento, tocan aspectos que se refieren a la persona, los valores y a las formas de comprender y aplicar las nuevas tecnologías.

Considero que esta situación de vacío es precisamente lo que sucede en muchos medios de comunicación y especialmente en la política y la vida ciudadana española. Estamos perdiendo la capacidad fundamental del lenguaje, que debe ser la transparencia en el debate y la persecución de la participación, además de la necesaria reflexión en profundidad sobre los problemas y principios que se formulen. Hay que saber hablar y utilizar correctamente las palabras, su intencionalidad y sus efectos. Sin ello, los propios gobernantes construyen una forma de gestionar que, en el fondo, no resulta nada útil y contribuye a construir una vida pública, individualizada y sin capacidad de argumentar y relacionar significados y, con ello, la capacidad de poder pensar y convivir en la diferencia con justicia. Escuchemos a nuestros líderes sociales o las noticias de portada y tendremos los mejores ejemplos.

La vida pública y mediática queda centralizada en un vocabulario de veinte o treinta palabras, cuyas referencias y significados son casi el producto de una reducción intencional, -prácticamente ideológica-, por parte de los emisores públicos. Además, la gravedad de estas circunstancias aumenta, debido a la progresiva normalización que realizan los medios, los responsables públicos y, sin duda, muchos de los ciudadanos. Porque, esto de normalizar conceptos es lo que habitualmente hacemos las personas en la vida diaria, la redundancia de los medios de comunicación, los contextos digitales y el uso de las RRSS.

En un texto, reciente[2], ya comentaba algo de esta situación, según la cual, en la vida cotidiana sucede lo mismo que en la comunicación publicitaria original. Es decir, lo que se ha construido en la vida pública española, -y probablemente también en la europea-, es la construcción progresiva de un lenguaje cuyos significados se centran, sin serlo, en una especie de slogan, que construye la palabra de moda y que sustituye, determina o inhabilita a cualquier otro conjunto de significados que son los que le deben dar el sentido real y que puede extenderse a los comportamientos personales. En la publicidad, por ejemplo, existe ilocución y perlocución claramente dirigida a la compra del producto o la percepción preferente de una marca y es un proceso totalmente justificable en la comunicación comercial. Sin embargo, si el lenguaje público se expresa como la publicidad, no dice nada o deja todo en manos de la interpretación individual, que no significa pluralidad sino caos. Por eso no se puede convertir la gestión política y menos todavía la información, en una cuestión de entretenimiento o apuesta ideológica simplista.

Verdaderamente esto de la normalización tiene una consecuencia inmediata, -como son los propios hábitos que construye el individuo-, y viene a ser como el mejor añadido que utiliza la propia tecnología, que siempre se ofrece al ciudadano como lo único capaz de simplificar y agilizar la solución de todos sus problemas. Con ello, la formulación de leyes y decretos y los procesos de aplicación de la tecnología hacia un nuevo humanismo, se convierte en algo que se da por hecho, negando incluso, el análisis de lo que sucede; porque su aplicación se convierte en algo absolutamente superficial. Por todo ello, esto del humanismo o de la ética se convierte en un problema que no se explica y se impide pensar en sus propios fundamentos.

Sin duda, la vida política española y los propios medios informativos están bajo el dominio casi absoluto de este lenguaje, que puede tener consecuencias gravísimas para la propia sociedad y las próximas generaciones. Los ejemplos se suceden en diferentes ámbitos con las propias leyes, que se multiplican en Decretos sin debate: la memoria democrática (¿?), la eutanasia, el inefable slogan del “si es si” o, incluso, la propias nociones genéricas de los derechos o el vacío significado de otras categorías como democracia, progresismo, fascismo…. En este panorama y más allá de los debates académicos ¿estamos realmente en condiciones de hablar de nuevo humanismo o de estupidez?

La verdad es que, en la actualidad, se está haciendo más daño que bien en esto de atender a las novedades, porque se está institucionalizando la absoluta falta de contenidos sobre los que se habla, sus consecuencias en los comportamientos y el sentido o ausencia de la moral cada vez más cuestionada en su relación con la dignidad humana. Las leyes no pueden generar injusticia en la propia formulación de la ley, como la información no puede verse sujeta a lo políticamente correcto. Todo vale porque todo se puede decir y desdecir, afirmar o negar, prometer y engañar; y, lo que es peor, cuando un lenguaje se queda sin palabras no es capaz de reconstruir aquello que ya ha sido destruido.

Sin duda, más que una nueva época estamos viviendo el fin de un período histórico, la Modernidad, que se ha ido gestándose en los últimos quinientos años. A Pego[3], reflexiona sobre esto con mucho acierto: Vivimos no en el inicio de una nueva época, -escribe-, sino en la fase final del período histórico que aceleró la “Revolución francesa”. Si durante dos siglos hemos asistido a transformaciones radicales en el plano político, social y económico, desde hace cincuenta años se ha producido el asalto definitivo a las bases antropológicas y morales del “antiguo” orden: concepción y final de la vida, identidad biológica y organización familiar; es decir, el sentido tradicional de la existencia humana. Si a esta reflexión añado mis comentarios anteriores, esto del nuevo lenguaje (¿?) impide el diálogo institucional y provoca desorientación -incluso en el Derecho-, impotencia en el ciudadano y falta de credibilidad social[4]. Los avances tecnológicos aumentan este problema.

Por todo ello, lo primero que tenemos que hacer frente a los nuevos retos que se nos presentan es discernir las preguntas y aprovechar nuestra historia, que, pese a sus errores, ha descubierto verdades auténticas que deben aprovecharse y profundizarse. Frente a ese supuesto nuevo humanismo, es imprescindible atender a una de las bases de la moral: la dignidad humana[5] ¿Cabe realmente hablar de nuevo humanismo, -transhumanismo- cuando la realidad arrasa con las normas, la ética, la moral y la propia igualdad? ¿Sabe la actual sociedad lo que debe hacer frente y de cara a las nuevas generaciones que ya utilizan, casi desde sus primeros años, las más diversos tecnologías sin atender o comprender lo que éstas significan o el necesario sacrificio, esfuerzo y colaboración con el otro? O cambiando sus referentes pero no la pregunta: ¿Saben las empresas e instituciones lo que todo esto significa a la hora de hablar de transparencia, verdad, equidad y justicia con sus propios clientes, que son, antes que otra cosa, personas? ¿Que está por encima la ética o la realidad, las normas o la propia vida?... Tengamos en cuenta que todo esfuerzo por introducir una normativa que abarque todas las variantes de la realidad es un trabajo ingente de dudoso futuro y puede incluso que inaplicable. Pero estas cuestiones y otras derivadas prefiero dejarlas para los siguientes artículos.

 

 

Referencias:

M. Atienza, 2022, Sobre la dignidad humana, Trotta, Madrid.

J. Austin, 1962, Como hacer cosas con palabras, Paidós, Madrid.

J. L. Cebrián, 2016 Primera página. Vida de un periodista 1944-1988, Debate,

A. Pego Puigbó, 2022 Poética del monasterio, Encuentro Madrid.

J. Searle, 1969, Speech Acts, Cambridge University Press.

VVAA, 2023, Ética, Las voces de la universidad y la empresa (J. Benavides Delgado & J. Camacho Ibáñez, coords.), Kolima Books, Madrid.

 

[1] Son diversas las clasificaciones que han realizado los lingüistas, pero desde J. Austin (1962) y J. Searle (1969) siempre se reducen a estas tres generales.

[2] J. Benavides Delgado. 2023, pp. 7-33.

[3] A. Pego Puigbó 2022, p. 111.

[4] Por ejemplo, ver, J. L. Cebrián, pg. 44.

[5] Por ejemplo , lo que ya indica el texto de M. Atienza (2022), p. 37-49.

En este artículo se habla de:
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