No sé qué haremos este mes de agosto, pero sí sé que no será como los anteriores. Así que, antes de entrar en no se sabe si vacaciones, confinamiento o una mezcla extraña de ambos, te dejo aquí mi reflexión veraniega, extraña como las vacaciones que se aproximan.
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Leo en el periódico que la crisis ha reforzado el papel del mercado y el valor en Bolsa de Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Google. Hasta tal punto que, como escribe Miguel A. García Vega en El País (26 de julio de 2020), “si sumamos el valor bursátil de todas, el resultado supera los cinco billones de dólares. El PIB de Alemania -la cuarta economía del planeta- es de 3.96 billones y España roza 1.42 billones. No son empresas, son Estados; son, para muchos, un profundo problema”.
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Hace más de 15 años que se abrió paso en España la cultura de las Empresas Socialmente Responsables. Así la llamamos entonces: Responsabilidad Social de las Empresas. Éramos unos pocos quienes comenzamos aquella andadura. Recuerdo bien la Proposición de Ley que presenté en el Congreso en 2002 y el acuerdo que alcancé después con el PP para crear una Subcomisión Parlamentaria que abriera el debate y ofreciera caminos de promoción de esta estrategia empresarial al país. Siempre pensé que este tema reclamaba un acuerdo político más que un protagonismo partidario.
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Estamos a las puertas del mes de agosto, un verano distinto con el COVID-19 como protagonista, aunque nos pese, y nos tranquiliza poco la llamada “nueva normalidad”, que no deja de ser un término eufemístico para autoconvencernos de que podría ser peor y que aún hay que esperar a que llegue la normalidad real, la antigua, la que todos añoramos.
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La forma en la que cultivamos alimentos hoy en día es insostenible. Estamos agotando los recursos de nuestro planeta a un ritmo acelerado y está en peligro la seguridad alimentaria de una población que no deja de crecer.
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Hace apenas unos días, la revista Time publicaba una portada con un titular impactante: “Una última oportunidad. El año decisivo para el planeta” y algunos gráficos de indicadores globales de cambio climático dibujados en acuarelas por una artista. En pocas ocasiones, medios como este se hacen eco de temas ambientales de manera tan evidente. Algo está cambiando y, sin duda, es el mejor momento para hacerlo.
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Todas nuestras actividades, acciones y organizaciones crean y destruyen valor: valor económico, valor social y valor medioambiental. Hace años esto era visto como una ecuación de suma cero: para generar valor económico hay que destruir valor social y/o económico y viceversa: generar impactos sociales y ambientales positivos no era rentable. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se ha visto que la ecuación se va convirtiendo poco a poco en una suma no nula, pues todos los valores pueden sumar de manera positiva y no necesariamente contrarrestarse unos a otros.
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Loa avances médicos y científicos de los últimos años no sólo han conseguido alargar la vida de las personas, sino mejorar de manera significativa la calidad con que la podemos vivirla. A medida que se van produciendo estos avances, el contraste entre la esperanza de vida en los países desarrollados y los menos desarrollados es cada vez mayor. Estas diferencias se agravan no sólo por la falta de acceso a la medicina; además, influyen determinantes sociales y un entorno difícil.
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Existen modalidades de gestión empresarial cuyos riesgos e impactos negativos dependen en una alta proporción del modo en que las misma son implementadas, y otras, como la que nos ocupa en este artículo, que liza y llanamente son la antítesis de la buena práctica, sin importar qué dispositivos las acompañen con el propósito de atenuar sus efectos.
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La crisis de la COVID-19 ha supuesto un verdadero shock sistémico para nuestros sistemas socio-económicos y sociales poniendo de manifiesto la fragilidad de estos y su falta de resiliencia. Antes de la llegada de la COVID-19, numerosas vulnerabilidades se encontraban en estado latente, sin que reconociésemos del todo nuestra exposición a esos riesgos; ha hecho falta una pandemia mundial para sacarlas a la luz. Sin embargo, como en todas las crisis, las perturbaciones ocasionadas pueden servir de catalizador para repensar nuestros modelos productivos y sociales de manera a hacerlos más resilientes y sostenibles a largo plazo.
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