Todo lo que no se da, se pierde. Siempre a tu estilo, a tu modo, a tu manera de hacer. Y al mismo tiempo, siempre abierto a acoger, a acompañar. Eso sí, siempre fiel a ti mismo, con tus aciertos y tus decisiones menos lúcidas.
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Me ha costado un tiempo escribir estas palabras por pudor y por un sentimiento encontrado de dolor, pena y frustración que he sentido estas últimas semanas desde que supimos que Jordi nos dejaba. Dolor por la pérdida de una persona querida y con una personalidad muy especial que vivía la vida con pasión. Pena por el deterioro de sus últimos meses por culpa de la mala suerte y por la soledad al que el confinamiento le había llevado (a pesar de las redes sociales, webinars y mensajes de whatsapp). Soledad con la que tuvo que afrontar las últimas horas de vida. Y frustración por no haberle podido acompañar y ayudar más en sus últimos meses.
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Conocí a Jordi en una fiesta sorpresa que le preparó su entonces esposa Esther en un restaurante llamado La Dichosa. Recuerdo lo que comimos, recuerdo lo que bebimos. Recuerdo las risas que compartimos y recuerdo que la segunda vez que nos vimos ya me tenía en estima. A La Dichosa volvimos en otra ocasión con él, no mucho tiempo más tarde de la primera vez. A la salida, nos hizo una foto preciosa a Orencio y a mí, que cuelga de nuestra nevera y que siempre miro con cariño, porque captó un sentimiento precioso entre nosotros, porque estábamos muy guapos y jóvenes y porque la hizo Jordi.
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“Si mañana necesitamos la TV o hacer una manifestación en tanga enfrente del Congreso de los Diputados, haremos eso. Lo importante es la actitud. Nosotros queremos promover la actitud responsable… Nosotros apostamos porque ésto (la RSC) va a ser la revolución del siglo XXI”.
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Que levante la mano el que no se dejaba liar por Jordi. Un liante, eso es lo que era. Al estilo más seductor y envolvente, y todo encantados con sus líos. Si Jordi te llamaba, ya sabías que no era para algo corriente o sencillo.
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