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Parece que, poco a poco, vamos recuperando una cierta “normalidad” y las empresas – algunas más y otras menos – empiezan a plantearse recuperar dinámicas desterradas por la pandemia y espacios de trabajo compartidos y presenciales. Por fin, quizás, podremos alejarnos de la respuesta a la inmediatez, del apagar fuegos, de la supervivencia pura y dura ante una situación que nos ha puesto, sin duda, en jaque. Un año en el que algunos no hemos sido capaces de dedicar ni tan solo unos minutos a reflexionar y hacernos preguntas sobre cómo gestionar las responsabilidades que tenemos como organizaciones, porque la incertidumbre nos ha impuesto la urgencia.
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Las organizaciones no gubernamentales no son empresas convencionales. Son diferentes tanto por sus necesidades como por los retos a los que se enfrentan. La mayoría de las veces las fundan y dirigen líderes con una pasión que se convierte en la misión fundamental de la organización, la voluntad de marcar la diferencia y tener impacto. Pero la pasión por sí sola no puede sostenerlas. Al final, las ONG tienen que pensar en su funcionamiento y en su desempeño. Aunque no están destinadas a ser rentables, necesitan fondos para servir a las causas que defienden. Y las pérdidas pueden tener consecuencias graves. Entre sus horarios imprevisibles y un presupuesto igualmente voluble, planificar el éxito puede ser una tarea muy complicada.
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