
La voluntad de ayudar es el punto de partida, pero no basta por sí sola para generar transformaciones duraderas. La formación, una gestión adecuada y el reconocimiento del papel de quienes se comprometen con una causa son claves para convertir el entusiasmo del voluntariado en impacto real.

Cuando una empresa anuncia la incorporación de inteligencia artificial en sus procesos, la primera pregunta que recorre los pasillos (antes incluso que la del retorno de la inversión) suele ser mucho más humana: ¿qué va a pasar con mi puesto de trabajo?

España lleva quince años invirtiendo cada vez menos en prevenir sus incendios y gastando cada vez más en apagarlos. Mientras discutimos quién tiene la culpa, el monte sigue ardiendo, los bomberos forestales cobran sueldos que no llegan a los 1.300 euros y Bruselas mira hacia otro lado. Hace falta gestionar el territorio como lo que es: un patrimonio común que exige coordinación, no reproches.

Frente a un modelo de bienestar fragmentado y mercantilizado, el reciente informe “El cuidado comunitario en las políticas locales” plantea una transformación radical para las ciudades: entender el cuidado como un derecho colectivo, feminista y antirracista. A partir del diagnóstico de 150 activistas en Cataluña, esta propuesta desmonta el individualismo para destacar el "buen vivir" y la defensa de los bienes comunes como una alternativa imprescindible para sostener la vida y erradicar las violencias estructurales en nuestros barrios.

Solemos abordar la transición energética como un desafío tecnológico que afecta a la industria, a la movilidad, al uso de los recursos naturales y en general al modelo de desarrollo económico y social. Lo es, pero además de todo eso es un gran reto de financiación, y de cómo lo resolvamos depende en buena parte su velocidad.

Las organizaciones hablan cada vez más de propósito, compromiso y talento. Sin embargo, pocas integran el voluntariado corporativo como una auténtica estrategia de cultura empresarial capaz de reforzar el sentido de pertenencia, desarrollar liderazgo y generar un impacto social real.

Cada semana, un responsable de compras de fruta y verdura toma decisiones que rara vez salen exactas: cuánto pedir, para cuántos días, sabiendo que el calor de junio o un puente festivo pueden desbaratar el cálculo.Si pide de más, la mercancía envejece en el lineal. Si pide de menos, pierde venta y clientes que no vuelven a esa sección.

Quienes trabajamos en el ámbito de la comunicación corporativa llevamos años inmersos en ese laberinto de palabras que rodean la sostenibilidad: ESG, ODS, huella de carbono, impacto… Sin duda, se ha logrado que las empresas asuman cada vez más su responsabilidad ambiental y social. Queda mucho por hacer, pero ya podemos celebrar algunos triunfos indiscutibles de los que sentirnos plenamente orgullosos.

Durante años, la sostenibilidad en el ámbito empresarial ha evolucionado incorporando nuevas exigencias: el cambio climático, la economía circular, los derechos humanos, la diversidad o la transparencia. A ello se han sumado, en los últimos tiempos, la aceleración regulatoria, la transformación digital, la inteligencia artificial, la inestabilidad geopolítica y el incremento de los riesgos cibernéticos.

Durante años, la sostenibilidad ha sido para muchas pymes una combinación de obligación, lenguaje técnico y sensación de lejanía. Demasiadas siglas, marcos y una percepción extendida de: “esto es cosa de grandes empresas”. Sin embargo, con la entrada en vigor de la directiva CSRD varias empresas cotizadas están pidiendo que sus proveedores puedan facilitarles los indicadores necesarios para poder reportar.