
Echar la vista cien años atrás para analizar el impacto de la actividad humana y del cambio climático sobre el mar Mediterráneo es un ejercicio fundamental, aunque doloroso. En el último siglo, este ecosistema no solo ha sufrido la degradación de sus aguas y sus costas –es el mar más contaminado del planeta–, sino la pérdida de una parte importante de su biodiversidad, afrontando una crisis sin precedentes que afecta a especies endémicas como la posidonia, esencial para la vida marina.

La boya de sa Dragonera (Mallorca) registró en junio temperaturas por encima de los 29,8 °C, una cifra sin precedentes en esa época del año. Y aún faltaban semanas para el pico del verano. El mar Mediterráneo se calienta entre 1,5 y 2 veces más rápido que la media de los océanos del planeta, y lo que en otro tiempo fue un mar templado, hoy comienza a parecerse a una bañera termal. El problema no es solo una sensación desagradable al nadar. El problema está bajo la superficie, donde se libra una batalla invisible. Y la estamos perdiendo.

El significado de sostenibilidad en el entorno empresarial ha evolucionado hacia un concepto más amplio que abarca no solo el cuidado del medioambiente, sino también el compromiso con la igualdad, la transparencia y el bienestar colectivo. Las empresas, al estar formadas por personas, generan impactos que se extienden más allá de sus equipos, alcanzando proveedores, clientes y comunidades.

En uno de sus más provocadores diálogos, Platón plantea una pregunta que sigue siendo incómoda dos mil quinientos años después: ¿Qué es peor, cometer una injusticia o sufrirla? En diálogo con Gorgias, Sócrates sostiene con firmeza que es peor cometerla, ya que daña el alma del injusto.

La universidad contemporánea vive en un estado de tensión permanente. Lejos de ser el sereno claustro del saber, se ha convertido en un campo de batalla donde colisionan fuerzas económicas, políticas e ideológicas. El debate sobre su propósito, su calidad y su futuro ya no es exclusivo de los círculos académicos, sino que refleja una crisis más profunda de la sociedad.

Creo que para avanzar en ciertos temas, debemos partir de análisis lo más realistas posibles y en base a esto trazar planes que nos lleven a cumplir con nuestras metas. Qué algo tenga sentido no quiere decir que todo el mundo lo entienda, ni que tenga la misma prioridad que para el resto.

Hace ya tiempo que venimos hablando de la participación de las mujeres en el deporte, de su visibilidad, de la brecha salarial o de los techos de cristal que aún persisten en los cargos directivos. Pero hay una pregunta que incomoda, que raspa: ¿es urgente construir un deporte seguro para las mujeres o simplemente es una necesidad más, entre tantas?

Mientras el mundo revisa su progreso hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible, América Latina impulsa un cambio silencioso pero profundo: colocar el trabajo de cuidados en el centro de las políticas públicas. Según informa ONU Mujeres, esta “revolución del cuidado” no solo busca dignificar a quienes cuidan, sino también transformar la economía desde una perspectiva de justicia social y de género.

Decía Susan Sontag que todo argumento tiene un contraargumento. Pensar críticamente implica cuestionar el argumento, esforzarse en buscar el contraargumento, escucharlo con atención e interés y estar dispuesto a que dialoguen entre ambos. Sin embargo, nuestra sociedad no parece llevar bien a los “cuestionadores”, esos que siempre buscan el contraargumento, que no dicen amén a todo lo que piensan, les dicen o escuchan.

¿Puede una buena conversación cambiar el rumbo ético de una organización? ¿Cuántos errores se podrían evitar si se educara con más profundidad y se comunicara con más honestidad? Quizá suene ingenuo. Pero lo cierto es que la educación y la comunicación interna tienen un poder transformador que muchas veces se subestima.