¿Qué sostiene a la Sostenibilidad?

Hace sólo tres años, la única información relevante que interesaba de una empresa en España, parecía ser la financiera; al menos era la única exigida. En respuesta a una Directiva de la UE, en diciembre de 2018 se aprueba en España la ley 11/18, con la sorpresa incorporada de su inmediata entrada en vigor ese mismo año. Se trata de una ley que exige la elaboración del denominado Estado de información no financiera, y nace con la vocación de instar a las empresas a que ofrezcan además de la información financiera, aquella otra que se refiere a cuestiones medioambientales y sociales, relativas al personal, al respeto de los derechos humanos y a la lucha contra la corrupción y el soborno. Esto permite, entre otras cosas, conocer el nivel de ética y humanismo de las organizaciones. Más de 50.000 empresas están llamadas a presentar estos estados no financieros a partir del próximo año.

La intención de la UE es identificar riesgos para mejorar la sostenibilidad y aumentar la confianza de los inversores, los consumidores y la sociedad en general. Y no le falta razón, porque la confianza es la base sobre la que se construyen todas las relaciones, dentro y fuera de la empresa, aunque lamentablemente sólo se aprecia cuando se pierde, como así lo expresa la filósofa Annette Baier. Y es que la empresa, no es sólo un ente económico, también es un agente social, y de ahí su responsabilidad, pues como tal puede contribuir considerablemente al progreso y a la humanización, no sólo de sus trabajadores sino del conjunto de la sociedad con la que está en continua relación. Generar confianza es generar valor, ni se impone, ni se consigue a golpe de click, se logra a partir de muchos pequeños actos cargados de virtudes –lealtad, honestidad, fidelidad, y sobre todo coherencia y valentía para asumir las consecuencias de las acciones-. Así es como las organizaciones, las personas que las conforman generan confianza en su entorno. No es fácil, no; pero tampoco imposible. ¿Por qué cuesta tanto, entonces?

Nadie cuestiona que la elaboración de la información no financiera supone para la empresa no sólo un esfuerzo, sino principalmente una oportunidad. El esfuerzo que en sí mismo supone el arte de recapitular información de tan diferentes departamentos de la misma, de datos a veces desconocidos -medidas de gases, emisión de partículas…-; información tácita que resulta desvelada. Y la oportunidad para el autoconocimiento y la reflexión, que bien gestionados, se traducen en mejoras, también de los resultados económicos. Y todo esto es importante principalmente por el impacto que tiene en las personas y en la sociedad.

Todo parece girar hoy en torno a la sostenibilidad, una sostenibilidad orientada a proteger el entorno medioambiental, social y económico que permita el bienestar y progreso que merece la persona. Reconocer la dignidad de la persona es la piedra angular de esta construcción. Porque de no ser así, la sostenibilidad no se sostiene. La dignidad de la persona viene a ser el punto de referencia para medir la moralidad de cualquier acción; no es una exigencia ética más, sino la condición que hace posible toda ética (Fernández, 2019). Así, la ética empresarial tiene sentido si se construye sobre el respeto a la dignidad de la persona. ¿Qué razón hay para hablar de derechos humanos si no reconocemos la dignidad del individuo?

En este sentido, el profesor Melé considera el Humanistic managment como aquella forma de dirigir las organizaciones en las que se pone el énfasis en la condición humana, priorizando el desarrollo de las virtudes humanas. Esto supone para las organizaciones un enorme desafío en los tiempos que corren. Hablamos de desafío porque la sostenibilidad, corre el riesgo de confundirse con una norma a cumplir –hay que ser sostenible-, pero la norma no garantiza la ética. La auténtica sostenibilidad emana de principios y no de normas.

Su logro sólo será posible en la medida en que estemos convencidos de sus bondades y no se contemple desde el prisma del código deontológico, sino desde la ética, pues ésta nace del convencimiento de la virtud y es siempre de máximos; la norma que nos exige un comportamiento sostenible invita a un comportamiento de mínimos que en ocasiones desemboca en el greeenwashing corporativo. Los principios orientados a la virtud, sí son el verdadero sustento de la sostenibilidad. Y si, además se combinan con una buena gestión, estaríamos en el escenario ideal.

Sin embargo, desde el complejo mundo empresarial en que financieros y directivos han de tomar difíciles decisiones, más aún en estos tiempos convulsos, podemos caer en la tentación de pensar que no se puede abarcar más, que sobrevivir y crecer ya es bastante. Y no falta razón. Puede parecer que humanizar la empresa es otra tarea más, otro fuego que apagar. No se trata de eso, reconocer la dignidad de la persona y darle el lugar que le corresponde está en la esencia, en el origen de la propia actividad económica y empresarial.

Estos argumentos expuestos que pueden sonar a música celestial, difícil de interpretar cuando no queda espacio para más, deberían más bien concebirse como una oportunidad extraordinaria que tiene el líder de conseguir la armonía necesaria entre todos los instrumentos, combinando el equilibrio entre ellos, de manera que el considerar la centralidad de la persona en la organización como elemento vertebrador, no desplace la esperada rentabilidad. Cuando una actuación ética concluye con beneficios, decía Aristóteles, se une lo justo con lo conveniente.

 

Referencias:

Fernández Fernández, J. L. (2018): Empresa y gestión sostenible. Ed. Digital Reasons.

Melé, D. (2003): The challenge of humanistic management. Journal of Business Ethics, 44 (1), 77-88.

 

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