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La pregunta ética es y será siempre la misma que ya Kant nos había formulado haya casi dos siglos y medio. Era la segunda en la nómina de aquellas tres que, según su criterio, constituirían la agenda propia de la tarea intelectual que la Filosofía habría de llevar a cabo.

Aunque parezca que no cabe formularla con mayor laconismo, ni con exactitud más afinada, pues, ciertamente, el “Was soll Ich tun?” -¿Qué debo hacer?-, no es fácil mejorarlo; sin embargo, siempre es pensable alguna variación sobre el tema que, tal vez, pueda darnos intuiciones novedosas o pistas innovadoras de cara a la acción.

Se podría, por ejemplo, experimentar con una suerte de modulación en el tono de la pregunta. Así, con una inflexión mínima, se estaría abriendo el campo teórico; y dando con ello, tal vez, cauce a nuevos proyectos o, en todo caso, voz a subrayados un tanto distintos de los habituales.

Eso es lo que ocurre cuando, en vez de redactar la pregunta en singular, lo hacemos en plural; o si a un verbo -como el verbo deber- de tan honda raigambre moral y jurídica, lo sustituimos por otro, algo menos taxativo y rotundo, tal como, por ejemplo, el verbo poder, entendido en el más neutro sentido de posibilidad con la que intentar nuevos abordajes y experimentos en forma de proyectos.

La venerable formulación de la segunda pregunta kantiana podría entonces conocer una redacción complementaria, quizás, en términos parecidos a los siguientes: ¿Qué debemos hacer? O, incluso: ¿Qué podemos hacer?

Como se observa, la tarea, así planteada, de un lado, se entiende compartida y compartible; y esto ya marca una diferencia en el diseño del abordaje. De otra parte, queda implícito el hecho de que la manera de acometer aquella labor requerirá la exploración de caminos para los que no hay un itinerario único, ni fijado a priori de manera rígida. Al contrario: seguro que somos capaces, entre todos, de encontrar vías inéditas y propuestas insólitas que, con esfuerzo y algo de suerte, podrían acabar redundando en una mejora del entorno, de las circunstancias y de los contextos en los que emerge, se despliega y se desarrolla la vida humana.

En todo caso, lo cierto es que la agenda parece clara. Agenda es el nominativo neutro plural del participio -agendus-a-um- del verbo ago-is-ere-agi-actum, que, en inglés, se vertería por “las cosas que deben ser hechas”; o, de manera más inmediata, por: “lo que hay que hacer”.

¿Y qué es lo que hay que hacer?

Son muchos los estudios, muy variados los informes y están razonablemente bien pensados los documentos y las  propuestas -de muy variado tono y alcance: desde los que emanan de reputados Think-Tanks, a los que derivan de equipos de investigación universitarios, pasando por los que traen causa en organismos multilaterales, en ONG o en cualquier otra institución de la sociedad civil- que nos vienen advirtiendo desde hace tiempo acerca de cuáles debieran ser las tareas que habríamos de acometer como humanidad.

Naturalmente, siempre y cuando decidamos que merece la pena apostar por el Bien Común para así seguir disfrutando en el futuro de un planeta habitable; siempre que convengamos en que es necesario diseñar y poner en funcionamiento unas condiciones sociales objetivas que posibiliten y favorezcan el desarrollo de toda la persona y de todas las personas; y con tal que estemos orientados hacia la consecución de un desarrollo económico que cree riqueza y la distribuya de manera equitativa entre todos los pueblos.

Podemos discutir si la agenda debemos extenderla a cinco, diez, veinte o más años. Cabe optar por rotularla bajo el rubro de “Agenda 2030” o más bien el de “Agenda 2050”... o cualquier otro, porque lo cierto es que, mientras haya vida, no sólo habrá esperanza, sino, cobre todo, cosas que hacer. También es posible discrepar de si la lista de To Do debe limitarse a ocho -como cuando los Objetivos del Milenio-, a 17, como los ODS- o si, por contra, debiéramos proponer 34 o siete y medio… En todo caso, lo que sí procedería sería el plantearse una cuestión intrigante acerca de si son todos los que están o de si están todos los que son. Y, en definitiva, de si cabe hacer entre ellos distinciones de nivel o taxonomías que diferencien entre unos, más básicos, y otros, más adjetivos, accidentales o secundarios… Por supuesto, es también lícito -e incluso deseable- plantear la cuestión respecto a si tales o cuales objetivos se cubren suficientemente bien con las metas que se les asignan; o si son adecuados los indicadores que se escogen para hacer recuento del avance y medir los progresos.

Y por lo que respecta a las consignas, a las propuestas de actuación, parece claro que se podría mejorar la redacción de algunas de ellas, con muy poco esfuerzo: lo de la cursilada de “el cuidado de la casa común” es difícil de superar, ¿verdá usté?... que diría el castizo. Pero bueno, ¡que pase!: Total, ¡qué más da! Una vez se hubo aptado la idea de lo que se quiere indicar, no hay más opción sensata que suscribirla con entusiasmo.

En el culmen de la mirada crítica, cabría, incluso, la enmienda a la totalidad que supondría el cuestionamiento de la propia agenda en su conjunto: ya porque pudiera resultar excesivamente tímida en sus aspiraciones; tal vez porque, a otros ojos, porque constituyera una suerte de más de lo mismo, una especie de déjà vu, destinado apalancar y mantener el status quo insatisfactorio, injusto e insostenible… eso sí, al tiempo que se instrumenta una retórica políticamente correctísima y se construye un relato fácil de narrar y de venta asegurada.

En todo caso, los ámbitos de problemas que nos topamos son obvios, esto es, evidentes. De un lado, los sanitarios, conexos con la pandemia del COVID-19 y sus secuelas; de otra parte, los económicos: recesión, desempleo, deuda, impuestos; en paralelo, están los problemas políticos. En todos los contextos y países parece generalizarse una más que preocupante exaltación de los ánimos, una polarización creciente que, a veces, estalla en tensiones y violencia inaceptable. El populismo y los extremismos de muy varado tenor -incluido el que representa el terrorismo- encuentran en estas realidades terrenos abonado para echar raíz y desplegarse, con el grave peligro que ello supone para la libertad individual; para la democracia como modo de organizar la convivencia; y para el Estado de Derecho. Como garante de la igualdad y del imperio de la ley.

Si a lo anterior le sumamos lo relacionado con el medio ambiente, habríamos abocetado con trazo grueso el dibujo de la tarea moral que nos debiera ocupar en los próximos tiempos. Naturalmente, siempre que al mentar el problema ecológico, lo hiciéramos con mesura, huyendo de la querella acerca de si son galgos o son podencos los perros que nos están viniendo a la zaga… y que en este contexto se suele sustanciar en un debate que, en sí mismo, es síntoma de la polarización y la tensión a que hacía referencia en el párrafo anterior. Unos, que si agujero en la capa de ozono -felizmente, al parecer, ya suturado-; otros, que si calentamiento global -las malas lenguas se apresuraron a señalar, al parecer no sin razón, que, sí, que calentamiento lo había… en algunas partes; pero que, en otras, se estaba produciendo exactamente el fenómeno contrario…-; por eso, tienen buen tino unos terceros, más listos o, seguramente, mejor orientados, que apuestan por afirmar la existencia de algo más descriptivo y neutral, a la para que indiscutible: la realidad del cambio climático…  O, como dejó dicho para la Historia el ínclito Moratinos, aquel ministro de cuando mandaba Cetapé: “el cambio del clima climático”.

De todo eso y de mucho más se podría discutir, como digo. En lo que no debiéramos perder el tiempo, sin embargo, es la conveniencia de ponernos manos a la obra para mejorar las condiciones en que pueda desarrollarse la existencia. Tanto en lo físico y en lo biológico, cuanto en lo social y lo político; en lo cultural y, en definitiva, en lo humano… Porque un mundo más justo, requiere la voluntad moral, firme y perseverante, por consolidar valores tales como el respeto a la dignidad de las personas; la búsqueda de una igualad real de oportunidades para todos -hombres, mujeres, niños, ancianos- y en todas las latitudes y culturas; la apuesta por la solidaridad; el acceso a una educación que permita desarrollar los propios talentos y contribuir con ellos al Bien Común… Todo ello, en el marco de instituciones bien articuladas y al servicio de la gente, con especial empeño en mejorar la situación de quienes más lo necesiten y menos recursos y capacidades más limitadas tengan.

La envergadura de los problemas a los que aludimos es formidable; la mar de fondo resulta ser mucho más seria de lo que el rizado de las olas pudiera hacer pensar… Esto no se va a solucionar ni de hoy para mañana; ni con vara mágica de tipo alguno, que de hombres-milagro ya estamos bien servidos. Por supuesto, también está fuera de lugar -salvo como rezo- apelar a que venga Dios y lo vea, a ver si le subcontratamos la labor…

En todo caso, ya que no vamos a poder contar con el Fiat ¡Hágase!- del Padre Eterno, no nos queda otra que agruparnos, ponernos a colaborar -cum-laborare: esto es, a trabajar juntos… ¿Quiénes?: ¡Todos juntos y en unión!, como cantaban los Requetés en el Oriamendi… Porque no se trata ya solamente de que, para acometer la resolución de los graves problemas que nos rodean debamos arrimar el hombro todos -ciudadanos particulares, administraciones públicas, instituciones de la sociedad civil, empresa…-; sino que, además, debemos entrenarnos en hacerlo de manera innovadora y colaborativa. Para ello, no nos queda otra que ensayar variaciones sobre el tema y buscar compañeros de viaje poco habituales.

La necesaria colaboración público-privada, en este cuarto de luna, resulta mucho más prometedora que la consigna -más individualista y un, si es no es, picada de prepotencia- que recetaba aquello otro de “que cada palo aguante su vela”. Porque, en los tiempos que corren, ya no nos sirve con acopiar más de lo mismo en cantidad… Lo que se necesita es otra cosa, algo nuevo, un salto cualitativo que dé lugar a formas más adecuadas de enfrentarse a los problemas. O sea, los odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio…

Para ello, la estrategia mejor que a nuestro alcance se ofrece va en la línea de la búsqueda de sinergias -sin ergon, del griego: una vez más, colaborar-: y ésas sólo afloran si se juntan, si nos juntamos, todos  -¡ay, el agrupémonos todos de cuando-entonces!- en alianzas estratégicas y nos decidimos a trabajar unidos gentes e instituciones de diversos niveles, sectores y rangos.

El ODS número 17, por ello, está muy bien traído. Aunque no goce del relumbrón y la prestancia con que algunos otros de sus compañeros están adornados, no cabe duda de que con el último de los objetivos -pero no por ello menos importante- se está trazando la vía más adecuada para el avance hacia la construcción de un mundo mejor, una sociedad más justa, una economía responsable y un entorno ecológico sostenible.

- Juan Benavides. Los ODS, las organizaciones y la decencia I

- Javier Camacho. Los retos de los ODS no se limitan a integrar nuevos contenidos en la empresa

- Ana López de San Román. Los ODS, un gran proyecto ético de corresponsabilidad solidaria

- José Ignacio Linares. La transición energética como oportunidad para la industria española

- Antonio Burgueño Muñoz. Lo material, entre todos

- Ana Suarez Capel. La contribución de los abogados al ODS 16: “Paz, justicia e instituciones sólidas”

-Joaquín Fernández Mateo. ¿Cómo facilitar las metas de la Agenda 2030? Hacia un consumo ético y responsable

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