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Durante años hemos hablado de las emisiones del transporte como si fueran un problema ajeno. Como si pertenecieran únicamente al transportista, al fabricante del vehículo o a la petrolera que suministra el combustible. Como si bastara con señalar a quien conduce el camión para dar por resuelta nuestra parte de responsabilidad, pero no es así.
Las emisiones del transporte: ¿suyas… o nuestras?

La realidad es más incómoda, aunque también más esperanzadora: las emisiones del transporte no son solo “suyas”; son, en buena medida, nuestras.

El transporte de mercancías por carretera es uno de los grandes retos climáticos en Europa al representar en torno al 5,5 % de las emisiones totales; y para solventarlo debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿quién decide realmente que un camión circule?

La respuesta no siempre está al volante del camión, a menudo está en un despacho, en una licitación o en una orden de compra. En una decisión aparentemente rutinaria donde una empresa elige cómo mover sus productos, como selecciona a su proveedor logístico y qué variables negocia.

Ese es, en mi opinión, el verdadero punto de inflexión de la movilidad sostenible: comprender que descarbonizar el transporte no depende solo de quien lo presta, sino también, de quien lo contrata. En este sentido, Francia ha planteado ya una iniciativa para que grandes empresas contraten progresivamente servicios de transporte con camiones de cero emisiones; y en Europa también se debate si esta transición debe implicar a toda la cadena de valor, además del transportista.

Ese cambio de mirada me parece decisivo, porque corrige un error arrastrado demasiado tiempo: creer que la sostenibilidad del transporte es una cuestión puramente técnica, cuando también lo es de valores, cultura empresarial, criterios de compra y corresponsabilidad.

Durante décadas hemos optimizado la logística con las variables precio y calidad, ambas imprescindibles; pero hoy ya no son suficientes. En un contexto marcado por la emergencia climática, por una regulación exigente y por una ciudadanía concienciada, falta una tercera variable que debe dejar de ser periférica para convertirse en central: la sostenibilidad.

Eso implica que cuando una empresa contrata transporte debería preguntarse no solo cuánto cuesta un envío o plazo de llegada, sino también cómo reduce su impacto ambiental. Debería interesarse por su eficiencia para mover más mercancía con menos emisiones, por su optimización para reducción los kilómetros en vacío, el uso de energías renovables o combustibles de bajas emisiones. No se trata de pedir perfección inmediata, se trata de empezar a valorar aquello que hasta ahora apenas apreciábamos: porque cuando cambia lo que valoramos, cambia también lo que compramos; y cuando cambia lo que compramos, cambia el mercado.

En este punto, aparece la pregunta legítima, pero mal formulada, de: “pero ¿es rentable?”; porque la cuestión no es si actuar es costoso, la cuestión es cuánto costará no actuar; y ahí la respuesta es clara: el riesgo climático ya no es una abstracción moral ni una preocupación exclusiva de activistas o científicos; es también una preocupación económica y estratégica. Los fenómenos climáticos extremos, la volatilidad energética, la presión regulatoria o la exposición reputacional tienen consecuencias en las cuentas de resultados.

Por eso, la sostenibilidad no debería entenderse como un lujo, algo cosmético o postureo reputacional; debería entenderse como lo que realmente es: una condición de competitividad y de resiliencia a largo plazo.

Además, conviene decir que la tecnología ya no es una excusa. Existen vehículos eléctricos para muchos usos, soluciones operativas eficientes, combustibles renovables y herramientas avanzadas de planificación. Desde mi experiencia en el sector logístico, puedo afirmar que ya no estamos ante un debate puramente teórico: muchas de estas soluciones están en marcha, funcionan y permiten avanzar desde hoy.

Entonces, si no es cuestión de tecnología, ¿qué nos falta? A mi juicio nos falta colaboración real entre las empresas que contratan el transporte, los operadores logísticos, los fabricantes de vehículos, las administraciones públicas y los proveedores energéticos. Nos falta compartir mejor los riesgos, acompasar las inversiones y asumir que esta transición no la completará ningún actor en solitario.

La movilidad sostenible es un viaje colectivo que exige coherencia, valentía y visión de futuro; y que empieza en cómo diseñamos nuestras cadenas de suministro, qué exigimos a nuestros proveedores y qué priorizamos al contratar transporte.

Hablar de descarbonización ya no puede consistir solo en pedir que otros cambien; también exige revisar nuestras propias decisiones, aceptar que cada envío implica una responsabilidad compartida y asumir que el transporte que mueve nuestra economía también pone a prueba nuestros valores. La buena noticia es que todos podemos formar parte de la solución, porque el futuro de la movilidad no dependerá solo de los camiones que fabriquemos o de la energía que consuman, sino de la voluntad de construir juntos un mundo mejor.

Porque las emisiones del transporte no son solo suyas, son nuestras.

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