Son las 9 de la mañana y el Caixaforum empieza a llenarse poco a poco de personas venidas de distintas partes de España. Madrid, Barcelona, Santiago, Vigo, Valencia, Lorca, Huelva, Alzira, Zaragoza, Bilbao, Santander, Canarias, Avilés, Sevilla… casi todos los rincones del país tienen hoy un representante en la capital. Un representante de la responsabilidad.
¡Pero la riqueza cultural se dispara más allá de este pequeño lugar en el mundo! Portugal, Alemania, Polonia, Italia, y de nuevo cruzamos el charco con representantes de Cuba y Colombia. La pequeña “familia de la RSE” sigue creciendo, una año más, en el que 150 personas se han vuelto a sumar al encuentro de la RSE, al encuentro de los ciudadanos que tienen un interés en la ética y la responsabilidad social de gobiernos, consumidores, empresas, y todo tipo de organizaciones.
…Buscando construir una disciplina profesional…
Una de las razones principales que me impulsa a intentar centrar la conceptualización de nuestra actividad, se debe a que de manera recurrente vengo escuchando de amigos empresarios nacionales y del exterior --legos y no legos en el tema--, que nuestra labor no tiene el valor significativo en el desarrollo de una sociedad, que son acciones solo de maquillaje reputacional.
Lo más interesante es que, hace poco asistí a una reunión de expertos en Responsabilidad Social en donde se premiaba a iniciativas sobre el particular y al analizar cada una de las galardonadas, en realidad transversalmente todas tenían mucho de inspiración dolida sobre la pobreza pero no de haber sido sometidas a la rigurosidad de la metodología de investigación científica. No significando esto, que no son buenos modelos, sino más bien que son modelos en los que debemos basarnos para coadyuvar a tener una disciplina propia de naturaleza profesional.
Una agenda para un cambio decisivo hacia un desarrollo más próspero, inclusivo y ambientalmente sustentable
¡“Cero exclusión, cero carbono, cero pobreza”! Con este lema comenzó la octava edición del Forum Mondial Convergences 2015, en París, los días 7-9 de septiembre. Un lema en cierto modo utópico que debe incitarnos a reflexionar y actuar juntos hacia un nuevo modelo de crecimiento. Porque no podemos cambiar el planeta, pero sí podemos cambiar el uso que hacemos del mundo. Porque somos todos los protagonistas del cambio (el tercer sector, los sectores público y privado y la sociedad civil) y debemos avanzar de la mano para co-construir nuevas soluciones innovadores y sostenibles.
"Profundizar en el plan estratégico, dotar de más servicios a los socios, dar a conocer más la asociación, ser sostenibles a nivel económico y fomentar la RSE desde la funcion del Director de RSE" estos son los principales retos de la nueva directora general de Dirse, Miwi Clavera Maestre, según ha contado a Diario Responsable vía telefónica. La Responsabilidad Social Empresarial se encuentra en un "buen momento en España, a pesar de la crisis ha sabido aguantar, no ha perdido comba y está preparada para crecer y fortalecerse".
Tras un proceso de selección al que concurrieron 38 candidaturas, Miwi Clavera nos ha indicado que el presidente de Dirse, Antoni Ballabriga, y la vicepresidenta, Isabel Roser, están muy ilusionados con esta nueva designación, le han dado mucho ánimo y transmitido el apoyo de toda la junta directiva.
El medio ambiente urbano es de vital importancia para todos. Las ciudades representan sólo el 2% de la superficie de la tierra, sin embargo, son el hogar de más de la mitad de la población mundial. Si nos fijamos en Europa, la proporción de la población urbana es mayor. Casi el 75% de los europeos viven en ciudades y en áreas urbanas. Por lo que la presión a la que se enfrenta el medio ambiente urbano es enorme y acarrea una gran variedad de retos a los que enfrentarse.
Uno de los retos más importantes del urbanismo en la actualidad es un desarrollo territorial y urbano sostenible con el objetivo de conseguir una mejor calidad de vida para todos, ahora y para las generaciones venideras. Esto significa seguir contribuyendo al progreso sin olvidar los requerimientos de la sostenibilidad en su triple dimensión, económica, social y ambiental. También entender el suelo, además de cómo un recurso económico, como uno de los más valiosos elementos naturales de los que disponemos, y en cuya regulación es necesario conjugar toda una serie de factores diversos: el medio ambiente, la calidad de vida, la eficiencia energética, la prestación de servicios, la cohesión social, entre otros.
Mi colega del IESE Alberto Fernández Terricabras escribió hace días (el 3 de septiembre, para ser más concreto) un artículo breve en La Vanguardia, titulado “Impacto social y rentabilidad”, que en su momento no comenté, aunque me propuse hacerlo. Estos días estoy preparando una sesión que tengo que dar dentro de poco de una empresa social muy conocida, KIVA, que ha generado una platxaforma en internet para buscar financiación para iniciativas emprendedoras en todo el mundo, a través de empresas microfinancieras a las que proporciona fondos.
De modo que me he puesto a leer cosas sobre esa empresa. Y, claro, me he encontrado con las críticas habituales en este caso: si no es suficientemente transparente, si puede estar alentando comportamiento menos éticos de esas instituciones microfinancieras… Hay varias maneras de juzgar esas críticas: realismo, ganas de ayudar para que la empresa no cometa errores… envidia, necesidad de presentarse a uno mismo como persona inteligente y crítica… o la ya conocidapolémica sobre si las empresas sociales pueden tener beneficios o no.
Es muy posible que al pensar en crear un negocio, la mayor parte de las veces se piensa primero en la utilidad buscada, en cómo ganar más, dejando al final el beneficio que se genera a la sociedad o bien a una parte de ella con dicho negocio pretendido.
En otras palabras, se tiene una actitud egoísta pensando en el beneficio propio inicialmente. Mentalidad que es común y muchas veces calificada como normal, siendo este el paradigma imperante durante muchos, muchos años.
Sin embargo, recientemente me enteré de un tipo de negocio que considero no es común en cuanto a su giro y perspectiva.
Hoy estamos aquí gracias un sueño compartido.
Porque los sueños se pueden compartir.
Yo un día tuve uno, pasar de las redes sociales, un punto de encuentro para muchos de los que hoy estamos aquí, y tantos otros que no están, a un encuentro real.
Desvirtualizarnos, pero no por pura curiosidad o amistad, no por ganas de abrazarnos, de conocernos en persona después de leernos, de conversar en redes, de correos y llamadas, que también.
Sino porque estaba convencida de que era necesario hacer real, como alguna vez he oído decir Almagro, una gran familia de la RSE. Y porque sabía que iba a ser muy provechoso. Las redes sociales nos acercan y nos permiten ir construyendo relaciones fructíferas en la distancia, pero no son suficientes.
Así pensé en algo sencillo como idea, un RSEncuentro. ¡Reconozco que la creatividad no es lo mío! Un encuentro de todas las personas que desde distintas dimensiones compartieran sus conocimientos para crear sinergias.
La gran mayoría de los que promueven la sostenibilidad en general y la adopción de prácticas responsables en las empresas somos adultos. La gran mayoría de los responsables del diseño de políticas, procedimientos, incentivos regulaciones y la implantación de medidas son también adultos.
Muchos de estos adultos hemos crecido en un ambiente donde la sostenibilidad y la responsabilidad empresarial no eran una prioridad. En consecuencia tenemos costumbres y serios prejuicios sobre el cómo hacer las cosas. El caso más paradigmático son los dirigentes empresariales, que habitan un entorno con objetivos e incentivos que no lo priorizan, antes por el contrario, tienden a priorizar la obtención de los mayores beneficios posibles, no tomando en cuenta los costos que ello pueda tener sobre la sociedad y el medio ambiente, si esos costos no les directamente imputados ya sea por regulación y sea por la sociedad misma. Sus “externalidades” negativas suelen ser ignoradas. El cómo se obtiene el beneficio y qué se hace con los beneficios, que debería ser la principal preocupación de las empresas, de su responsabilidad ante la sociedad, tiene menos prioridad que la cantidad de los beneficios logrados.