En una carta al Financial Times el pasado 2 de octubre, un lector hacía referencia a la propuesta del nuevo líder del Partido Laborista de renacionalizar algunas empresas, entre ellas los ferrocarriles del Reino Unido. “Como alguien que tuve el ‘placer’ de utilizar los servicios de British Rail durante años, pensar en aquello me ha traído un sudor frío. Servicio pobre, falta de inversiones, y todo orientado al beneficio de sus empleados. Después de muchos años, opté por desplazarme cada día en coche, Sin embargo, al cabo de los años, me he convertido otra vez al uso del ferrocarril en la mayoría de mis viajes. Limpio, moderno, confiable y rápido (…) Sí, es más caro, pero es así como ha financiado al menos en parte, las tan necesarias inversiones. Si la política laborista se convierte alguna vez en ley, me imagino que no pasará mucho antes de que tenga que volver al coche”.
En contraste con la empresa tradicional, que persigue como objetivo principal la rentabilidad de la inversión, aparecen nuevas formas de hacer empresa en dónde el foco principal es la solución de un problema social sin perder de vista la rentabilidad, imprescindible para la supervivencia de la empresa, pero que no es su objetivo prioritario.
Según datos de la Alianza Cooperativa Internacional, una plataforma mundial de cooperativas, existen 2,6 millones de cooperativas en el mundo con más de mil millones de miembros, dando empleo a 250 millones de personas.
Trafalgar” es el pomposo título de un texto que hace justamente diez años se publicó con mi firma en este periódico decano. Un artículo que reflexionaba sobre la responsabilidad social (RS) a partir de las palabras con las que en octubre de 1805 el Almirante Nelson arengó a la armada británica antes de enfrentarse y vencer a la flota franco-española en la famosa batalla de Trafalgar: “La patria espera que cada uno cumpla con su deber”. Aquel artículo fue mi primera colaboración con CincoDías y la han seguido casi dos centenares más en esta última década. Resulta evidente que la generosidad y la paciencia del director y de los editores del periódico, además de proverbial, ha sido casi infinita...
Diez años (2005-2015), y con crisis perenne de por medio, es un periodo sobre el que merece la pena reflexionar: si no se avanza recordando, se tropieza; mucho más cuando todavía estamos construyendo ese concepto abstruso que hemos convenido en llamar Responsabilidad Social, mejor sin ningún apellido: ni de la empresa o empresaria, corporativa, de las organizaciones o vaya usted a saber. Hoy, a estas alturas, las palabras responsabilidad y social se maridan sin estorbarse y sin necesidad de adobos complementarios que puedan disfrazar su esencia y su sabor, es decir, sus fundamentos y sus manifestaciones externas.
Iba a decir que las crisis éticas están de moda. Lamentablemente, pero de moda. Y no es una moda reciente, sino que lleva ya años: hace más de diez que sufrimos la de Enron y otras empresas, luego la de los bancos en la crisis, luego la de los bancos en el Libor y en los tipos de cambio, y la de algunas farmacéuticas, y la de Volkswagen… Por eso me gustoó leer una entrada de Mark Pastin hace unos días en The Huffington Post, en que se refería a lo que debe hacer una empresa cuando se encuentra ante una crisis ética.
¿Crisis ética? Bueno, suelo decir que no hay decisiones éticas, sino decisiones a secas, que tienen la caracteristica de ser economicas, políticas, psicológicas, sociales… y éticas. Luego no debe haber crisis éticas, sino crisis de negocio, de dirección, de gobierno, de estrategia, de misión…y de ética. Pero Pastin dice que una crisis empresarial “normal” se convierte en crisis ética cuando lo que está en juego es no sólo qué hemos hecho mal, sino quiénes somos. Me parece que estamos de acuerdo, porque añade inmediatamente que las crisis empresariales se convierten pronto en crisis éticas, sobre todo cuando la dirección decide no asumir la responsabilidad por sus acciones, lo que suele ocurrir a menudo. “Lo hacen todos”, “no nos quedaba otro remedio”, “los empleados no siguieron las indicaciones de nuestro código ético”… quiere decir que sabíamos que eso estaba mal, pero que no estábamos dispuestos a corregirlo, esperando que nadie se diese cuenta, o un argumento parecido.
El pleno del Parlamento Europeo aprobó el pasado 8 de julio de 2015 en primera lectura la Directiva sobre gobernanza corporativa y compromiso a largo plazo de los accionistas, cuyo ponente ha sido el eurodiputado socialista Sergio Cofferati.
Este informe, al que sin duda aguarda todavía una dura negociación con el Consejo de la Unión Europea, supone un avance muy importante de varios frentes relacionados con el buen gobierno corporativo y la transparencia, incluyendo la fiscal. En este sentido, cabe destacar en primer lugar la inclusión de la obligación de elaborar informes contables y financieros país por país, lo que permitirá que accionistas y ciudadanos puedan conocer donde facturan las grandes empresas multinacionales y donde liquidan sus impuestos. La aprobación en comisión de esta medida motivó que los grupos de la derecha europea (populares, conservadores y una parte de los liberales) forzaran una inédita votación en pleno, que no ha impedido por otro lado el mantenimiento de la misma en el texto. También se recoge la obligación de transparencia por parte de la empresa cotizada respecto de las resoluciones fiscales (conocidos como tax rulings) de las que sea beneficiaria.
El título de esto tal vez pueda sonar exagerado para algunos, sin embargo lo sucedido con la empresa Volkswagen provoca sin quererlo una severa reflexión sobre lo que está sucediendo con la Responsabilidad Social.
Desde hace mucho tiempo se dice que este concepto es usado como un concepto de marketing por algunas empresas y que por lo tanto se debe tener cuidado con ello. Y esa es la razón por la cual algunos vemos con recelo lo que dicen ciertas organizaciones. Aunque por otro lado hay que reconocer que si puede haber y hay empresas que si consideren la Responsabilidad Social de manera seria y profunda en su manera de operar.