
Parece que, poco a poco, vamos recuperando una cierta “normalidad” y las empresas – algunas más y otras menos – empiezan a plantearse recuperar dinámicas desterradas por la pandemia y espacios de trabajo compartidos y presenciales. Por fin, quizás, podremos alejarnos de la respuesta a la inmediatez, del apagar fuegos, de la supervivencia pura y dura ante una situación que nos ha puesto, sin duda, en jaque. Un año en el que algunos no hemos sido capaces de dedicar ni tan solo unos minutos a reflexionar y hacernos preguntas sobre cómo gestionar las responsabilidades que tenemos como organizaciones, porque la incertidumbre nos ha impuesto la urgencia.

Las organizaciones no gubernamentales no son empresas convencionales. Son diferentes tanto por sus necesidades como por los retos a los que se enfrentan. La mayoría de las veces las fundan y dirigen líderes con una pasión que se convierte en la misión fundamental de la organización, la voluntad de marcar la diferencia y tener impacto. Pero la pasión por sí sola no puede sostenerlas. Al final, las ONG tienen que pensar en su funcionamiento y en su desempeño. Aunque no están destinadas a ser rentables, necesitan fondos para servir a las causas que defienden. Y las pérdidas pueden tener consecuencias graves. Entre sus horarios imprevisibles y un presupuesto igualmente voluble, planificar el éxito puede ser una tarea muy complicada.

La sostenibilidad con los criterios ESG (Ambientales, Sociales y de Gobierno corporativo, por sus siglas en inglés) tienen el potencial de renovar exitosamente la forma en que las organizaciones planifican, implementan y operan en los mercados. Desafíos de gran alcance como el cambio climático, la economía circular, la salud, la diversidad o las finanzas sostenibles, están haciendo reflexionar a las empresas en la importancia del largo plazo y de la información no financiera, prestando gran atención no solo a los intereses de los accionistas, sino a los intereses de todas sus partes interesadas.

Desde hace décadas, la contaminación atmosférica, el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de recursos parecen abocarnos aceleradamente a una catástrofe sin precedentes. Vivimos, así, una emergencia sistémica que puede constatarse en cualquier rincón del planeta y cuyos elementos, íntimamente relacionados entre sí, dan lugar a crisis igualmente severas en otros órdenes, como constatamos actualmente en el ámbito sanitario. Preguntarnos acerca de cómo hemos llegado a este antropoceno nos debería hacer reflexionar sobre nuestro actual modelo de desarrollo urbano-agroindustrial gracias al cual la huella del ser humano ha sobrepasado los límites planetarios.