“El cambio está en camino, le guste a la industria petrolera, o no”. Con estas palabras abría su editorial el Washington Post el día 29 de mayo, haciendo un guiño a las palabras de Greta Thunberg en la ONU en 2019. Desde luego las noticias de las semanas anteriores no hacían sino apoyar esta tesis. Gigantes de la talla de Exxon Mobil, Chevron o Shell se vieron sometidos a una presión por parte de accionistas y distintos grupos de control sin precedentes buscando un compromiso claro y fuerte en relación con el cambio climático.
Activismo empresarial, necesidad le guste o no a la industria

Los resultados fueron variopintos: cambios en el consejo de Exxon, con nuevos cargos designados por un pequeño fondo activista con el mandato especifico de transformar la compañía y aumentar la transparencia climática; resolución por parte de un tribunal holandés de la obligatoriedad de reducir en un 45% las emisiones derivadas de la producción de petróleo y gas por parte de Shell y exigencia de una mayor transparencia y auditoría de las emisiones de carbón en Chevron.

Estas tres resoluciones se consideran puntas de iceberg de una sociedad que empieza a clamar que no todo vale, que se cuestiona el modelo económico mantenido hasta ahora, que exige involucración y donde se pide una alineación entre manera de vivir, trabajar, ahorrar e invertir.

Pero no son las únicas ni las más llamativas. De especial relevancia el anuncio de Ford del lanzamiento de la versión eléctrica de su icónica Pickup F-150 bajo el slogan “diga adiós al gas”. La furgoneta icono del modo de vida americano abraza los nuevos tiempos.

O el anuncio de Indonesia, el mayor exportador de carbón del mundo, de no permitir más plantas de carbón y la dimisión del consejero delegado de BHP Billiton en año de resultados récord, tras pedir perdón por haber dañado los pueblos aborígenes de Australia.

Según el Sustainable Investment Institute 2021 ha sido un año récord en USA en la aprobación de resoluciones por mayoría, relacionadas con el cambio climático y sociales, 34 frente a las 8 resoluciones de 2019.

La cara positiva de este mayor compromiso es el diálogo que se establece entre la empresa y los accionistas, herramienta fundamental para convertir el activismo accionarial en una oportunidad, ya que, gracias a él, es posible alinear los intereses de la organización y de los accionistas y buscar un equilibrio entre la rentabilidad a corto plazo y la sostenibilidad a largo.

Esta mayor presión no esta exenta de riesgos: no podemos pensar que un cambio de los modelos de negocios de las empresas no va a llevar aparejado un coste para las empresas, una posible revisión de los precios, disminución de dividendos, o un comportamiento bursátil algo peor que los comparables en el corto plazo. El hecho de que el consejero delegado de Danone haya sido destituido por el peor comportamiento bursátil relativo frente a sus comparables durante el COVID es un ejemplo de cómo el activismo en ocasiones no está alineado con el largo plazo: una empresa del sector de alimentación que está reportando beneficios por acción ajustados por huella de carbono porque es consciente de la resiliencia del sector agrícola a largo plazo, parece que es una empresa que está llevando a cabo cambios muy alineados con la sostenibilidad. Pero necesita tiempo.

Otro de los riesgos radica en el papel que juega el consejo de administración, principal órgano de gobierno de la empresa: el consejo ha de entender el negocio y cómo las decisiones adoptadas van a beneficiar a sus clientes, por lo que no sólo la calidad del consejo de administración y el equipo directivo es de vital importancia, sino la diversidad de perfiles y la idoneidad de esta variedad: es necesario encontrar nuevamente un equilibrio entre  perfiles más enfocados a negocio que busquen una gestión óptima y eficiente con perfiles más enfocados a velar por intereses más amplios, entre los que se incluyen el compromiso de la empresa con la sociedad y el planeta, pero siempre con un adecuado conocimiento del entorno, el negocio, y si es factible cumplir con los compromisos adquiridos, so pena de caer en el ya famoso eco postureo.

Otro de los riesgos radica en el papel que juega el consejo de administración, principal órgano de gobierno de la empresa. El consejo ha de entender el negocio y cómo las decisiones adoptadas van a beneficiar a sus clientes, por lo que no sólo la calidad del consejo de administración y el equipo directivo es de vital importancia, sino la diversidad de perfiles y la idoneidad de esta variedad. Es necesario encontrar nuevamente un equilibrio entre  perfiles más enfocados a negocio, que busquen una gestión óptima y eficiente con perfiles más enfocados a velar por intereses más amplios, entre los que se incluyen el compromiso de la empresa con la sociedad y el planeta. Todo ello con un adecuado conocimiento del entorno, el negocio, y si es factible cumpliendo con los compromisos adquiridos, so pena de caer en el ya famoso eco postureo.

El cambio está en camino, no nos queda duda. Y para que este cambio se produzca es necesario que inversores y empresas recorran el camino de la mano. La clave está en ayudar a las empresas a avanzar en el cambio hacia un modelo empresarial más inclusivo y consciente, sin ahogarles en el camino ni llevarlos a comprometerse con aquello que no es factible de cumplir o que requiere de tiempo y medios. Sólo un activismo responsable y consciente proporcionará los frutos deseados de la sostenibilidad: garantizar las necesidades actuales sin poner en peligro los recursos futuros o sin ahogar a las empresas en compromisos difíciles, por no decir imposibles, de cumplir.

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