
El discurso sobre la maternidad está lleno de frases hechas y de cortafuegos. Hasta hace no demasiado tiempo no existía la anestesia epidural y escuchábamos a nuestras madres decir “anda que no os quejáis las mujeres cuando parís ahora; en mis tiempos lo hacíamos a pelo”. Entrábamos en las salas de parto y escuchábamos esos “la madre más que ayudar, molesta”. Salíamos de las salas de parto en shock, doloridas y tristes, y nos caía encima un “¿de qué te quejas? si todo ha salido bien, el bebé está sano”.

Pese a los avances que se habían alcanzado en materia de educación inclusiva y paritaria antes de la pandemia del COVID-19, las niñas -actualmente- son las primeras en padecer los efectos de marginación y segregación, lo que les impide gozar de su derecho a la educación, a ser tratadas como personas plenas y, por ende, a gozar de una formación educativa tolerante, de calidad, que le garantice una justa inclusión social y una futura libertad económica. Estamos faltando al cumplimiento del artículo 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948).