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Hoy, como cada 10 de diciembre, la comunidad internacional celebra el Día de los Derechos Humanos. La efeméride conmemora la fecha en que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos, en el año 1948. A 73 años de aquel día, me pregunto ¿Quiénes realmente gozan de Derechos Humanos? Mientras escribo estas líneas, en mi país, Argentina, el 44 % de la población se encuentra debajo de la línea de pobreza; En África subsahariana sólo 1 de cada 8 personas ha recibido al menos una vacuna contra el coronavirus y, a nivel global, cada día 137 mujeres son asesinadas por miembros de su propia familia. La lista podría continuar y me vuelvo a preguntar: ¿Podemos hoy hablar de garantías y acceso a los derechos de manera universal?, ¿Será que todo está perdido?
¿Quién dijo que todo está perdido?

“Y hablo de paí­ses y de esperanzas,
Hablo por la vida, hablo por la nada,
Hablo de cambiar ésta nuestra casa,
De cambiarla por cambiar, nomás

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Fito Páez

 

Sigo pensando y las violaciones de Derechos Humanos en el mundo entero parecieran ser interminable. Lo cierto es que el acceso a los derechos es cada vez más reducido. La supuesta universalidad de los mismos se ha vuelto una utopía. Quizás una de esas que nos permiten caminar hacia adelante, como proponía el gran Galeano, no lo sé, pero de realidad, hoy, la universalidad en el plano de los derechos tiene poco.

Hace dos años aproximadamente, cuando comenzaba la pandemia, todos hablaban de las enseñanzas que nos dejaría ese tiempo excepcional.  “Empatía, solidaridad, ordenar las prioridades, dejar de consumir de manera innecesaria” decían muchos, sin ser (del todo) pesimista, lo cierto es que esto no ocurrió.  La pandemia está pasando y aquí estamos de nuevo, en un mundo a donde la injusticia es ley. Mientras en algunas latitudes sobran vacunas en otras es un lujo de unos pocos. El egoísmo una vez más ganó la batalla cultural.

Pero me obligo a creer que aún estamos a tiempo de recomponer el tejido social ya roto. Que todavía podemos soñar con la justicia social, como hiciera el creador de este Diario. Que los Derechos Humanos todavía son una bandera que podemos – y debemos- levantar. Me obligo a pensar que no todo está perdido.

Henry Steiner y Philip Alston (2008) dirán que los Derechos Humanos cuentan con las siguientes características: son inalienables; absolutos; universales; a históricos; basados en la dignidad humana y progresivos. La mayoría de las constituciones que se redactaron a finales del siglo XVIII y principios del XIX, incluyen algunos de los derechos sociales básicos, aunque no fue hasta los inicios del siglo XX, tras la Primera Guerra Mundial, cuando se logró un cierto consenso más global sobre la importancia de estos derechos y su alcance.

Por su parte, Boaventura De Sousa Santos (2002) habla del potencial emancipatorio que tiene la política de Derechos Humanos en el actual contexto de la globalización y fragmentación de culturas e identidades. El sociólogo portugués nos invita a de-construir la histórica definición de Derechos Humanos y pensarla crítica y situadamente. En este sentido, el pensador plantea que, dado que estos derechos pueden ser (y han sido) utilizados para avanzar tanto formas hegemónicas como contra-hegemónicas de globalización, es imperativo especificar las condiciones bajo las cuales los derechos humanos pueden ser usados como un instrumento contra-hegemónico, es decir, como herramienta que permite avanzar en la agenda del cosmopolitismo subalterno.

En diálogo con De Sousa Santos, el español Joaquín Herrera Flores (2008) planteaba, hace ya más de una década, que los Derechos Humanos constituían el principal reto para la humanidad en el siglo XXI. Hoy, su afirmación continúa vigente, quizás más que nunca. El autor explica que el derecho tanto nacional como internacional, se trata de una técnica procedimental que se encarga de establecer las formas adecuadas para acceder a los bienes por parte de la sociedad. Además, aclara, que estas formas no son en ningún caso neutrales. De esto se deduce que, el derecho no es una técnica objetiva que funciona por sí misma, ni tampoco es por si sólo un instrumento para la legitimación o transformación de las relaciones sociales dominantes. En este sentido, el teórico plantea que el derecho de manera autónoma no puede transformar la realidad, pero sí puede hacerlo si es de manera conjunta con las acciones sociales provenientes de los movimientos sociales, las ONG o los sindicatos. Estas acciones podrían impulsar cambios tendientes a la emancipación con respecto a los valores y los procesos de división del hacer humano hegemónico.

Así, la perspectiva crítica, a la cual suscribo, entiende a los Derechos Humanos como procesos de lucha por la dignidad humana, procurando una visión opuesta a la mirada liberal, ius positiva y universalista. De este modo, la mirada crítica dirá que los derechos son una construcción socio histórica y están sometidos a la dinámica y contexto sociocultural. Si bien reconoce la importancia de las garantías, descree de la universalidad y de la idea de que la mera enunciación de éstos garantiza su efectiva consecución y pleno ejercicio. Más bien todo lo contrario, necesitan de la lucha organizada para su efectiva concreción.

A pesar de las múltiples injusticias que ocurren a diario, me animo a decir que aún tenemos mucho por hacer y en este camino los Derechos Humanos deben llevar la delantera. Considero que, si estos están acompañados de políticas públicas y programas gubernamentales concretos tendientes a defender y proteger los DD.HH, será más probable que mayor parte de la población pueda acceder a ellos.  Pese a que la declaración proponga su universalidad, lo cierto es que los Derechos Humanos solos no podrán transformar la realidad. Necesitamos un compromiso político renovado y la participación de todos y todas. Es preciso sentar las bases de un nuevo contrato social que comparta el poder, los recursos y las oportunidades de un modo más justo, y que establezca los cimientos de un modelo económico y político sostenible.

En este artículo se habla de:
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