Eficiencia energética sin dejar a nadie atrás: prisiones verdes para el futuro

Una vez más hemos presenciado una cumbre internacional en la que se debate y define, esta vez a contrarreloj, el devenir de nuestro planeta y las condiciones en las que viviremos en él. Como ya ocurriera con sus antecesoras, la COP26 ha venido acompañada de una urgencia generalizada por que los acuerdos y los buenos deseos aterricen en acciones efectivas y cambios reales. Se ha hecho patente, también, el inmenso grado de interconexión que existe entre aspectos como la protección del medioambiente, el desarrollo económico, la gobernanza ─a todos los niveles─ y el fortalecimiento social y la prosperidad de las comunidades, entre otros.

La cumbre del clima nos ha permitido escuchar a los distintos actores implicados en la ingente tarea de revertir un camino que, de no actuar con decidida ambición, nos lleva a un escenario desolador. También nos ha recordado que la responsabilidad es de todos y cada uno de nosotros, desde los Estados y administraciones hasta la ciudadanía, pasando por el tejido empresarial y el sector financiero. Un verdadero desarrollo sostenible que, como reza la propia Agenda 2030, pasa también por no dejar a nadie atrás.

El alcance de las acciones dependerá de nuestra capacidad para impulsar sinergias y la colaboración entre actores, también de que dichas acciones sean ágiles y estratégicas; acciones con un efecto multiplicador que nos permita actuar en varias direcciones. Encontramos un ejemplo interesante en el impulso de la eficiencia energética. Pongamos, por ejemplo, el foco en la eficiencia energética en la edificación, y más concretamente en los edificios públicos, donde sabemos que existe un importante potencial de ahorro de energía y donde además converge la necesidad de dar ejemplo. Ahora demos un paso más y miremos hacia una tipología de edificios públicos en los que puede que no pensemos a menudo, y que tampoco podemos dejar atrás: los centros penitenciarios.

Las instituciones penitenciarias cuentan con la particularidad de ser los edificios con el mayor consumo intensivo de recursos, ya sea agua, gas y/o electricidad, por su volumen de ocupación y operatividad 24 horas. De acuerdo con el inventario pertinente publicado por el Ministerio del Interior sobre los establecimientos de su responsabilidad, el consumo energético total de todos sus centros, que suman una superficie de 3.701.877 m2, es de 382Gwh. Solo unos pocos de ellos cuentan con calificaciones energéticas B o C, siendo el resto todavía netamente ineficientes. La administración está dando pasos importantes para hacer que estos centros sean más eficientes y sostenibles, de lo que Greenward se congratula. La Secretaría General de Instituciones Penitenciarias fue una de las primeras en redactar y comenzar a aplicar un Plan de Ahorro Energético y lucha contra el cambio climático. Muchos de estos centros ya cuentan con colectores solares en las cubiertas y sistemas propios de gestión de aguas.

Pero queda mucho todavía por hacer. De cara a los presupuestos generales de 2022, los fondos propuestos por el secretario general de Instituciones Penitenciarias ascienden a 1.272,26 millones de euros, un 2,47% más que en el ejercicio anterior. De ellos, se espera destinar 68,4 millones a reformas dentro del Plan de Amortización y Creación de Establecimientos Penitenciarios. Se especifica, asimismo, que las tareas de rehabilitación en los establecimientos penitenciarios se centrarán en mejoras para una mayor eficiencia energética y sostenibilidad ambiental. Instituciones Penitenciarias también gestionará 50 millones de euros provenientes de los fondos europeos, una cantidad vinculada al Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia para el impulso en los próximos dos años de actuaciones relacionadas con la transición ecológica.

Existen, por tanto, la voluntad y algunos recursos para ponerse en marcha. Pero se puede ir más allá. Llevar la eficiencia energética a las prisiones, en línea con el concepto de Green Prisons ya extendido en países como Estados Unidos, puede trascender a las instalaciones y extenderse a todas las personas que forman parte de estos sistemas. Tampoco podemos ni debemos dejar atrás a la población reclusa.

Si además de realizar actuaciones sobre las fachadas, envolventes y otros aspectos de la edificación, se incorporan programas de formación, capacitación y ocupación en eficiencia energética y autoconsumo dirigidos a los reclusos y las reclusas, no sólo se estaría trabajando por el ahorro energético en el presente, sino también apostando por un modelo de reinserción con visión de futuro, mejorando la empleabilidad de las personas residentes, con un efecto inmediato en los propios centros y generando una concienciación, muy necesaria, sobre la importancia de la eficiencia como fuente de energía propia y para el impulso de una verdadera transición energética justa.

Poner en marcha este tipo de formaciones, y sistemas que promuevan la sostenibilidad en los centros y sus ecosistemas tiene, en efecto, muchas similitudes con el propio objetivo de la eficiencia energética: construir, ya sean edificios o capacidades, rehabilitar para evitar un consumo excesivo e insostenible, y mejorar la salud y el bienestar de las personas, se encuentren donde se encuentren. Para Greenward, la eficiencia no se trata de edificios y de casas, se trata de personas.

Este tipo de acciones son posibles si se facilita la colaboración entre actores. Merece la pena intentarlo. A fin de cuentas, el futuro de las siguientes generaciones depende de ello.

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