La medición de la huella social de la Responsabilidad Social (RS) es, cada vez más, un requisito imprescindible. “Lo que no se mide, no existe”. Y “solo se mide lo que se valora”. Me parece bien, claro. Si estás haciendo cosas para tus stakeholders, para crear valor para ellos, para solucionar sus problemas, es lógico que intentes hacerlo de la mejor manera posible. Y, por tanto, que lo midas. Y lo mejores. Y lo comuniques. Eso es lo que esperan tus stakeholders, y las onegés, y los medios de comunicación, y los políticos, y la sociedad…
De acuerdo. Pero no del todo. Supongamos que una empresa se ocupa de sus empleados, más allá de lo que les paga: trata de darles formación, mejorar su empleabilidad, facilitar la compatibilidad trabajo-familia… Todo esto crea valor para ellos, y puedo medirlo o, al menos, tratar de medirlo. Además, soy consciente de que mi sistema de incentivos puede provocar actuaciones inmorales, como animar a mis vendedores a mentir al cliente, o a “robar” un cliente a otro colega. Por tanto,dentro de mi responsabilidad hacia mis empleados debe incluirse la huella social de ese cambio de incentivos. Pero, ¿tiene sentido medir el desarrollo de las virtudes y la lucha contra los vicios? ¿Cuánto vale para la sociedad, o para mis empleados, o para mi empresa la disminución de las mentiras a los clientes? Claro que puedo hacer supuestos heroicos sobre el número de contratos perdidos porque el cliente se ha rebotado ante una mentira de mis vendedores, pero… ¿cómo medir el empeoramiento de las actitudes y los valores de esos vendedores?
Todo esto se me ocurrió el otro día, leyendo un folleto que me envió mi buen amigo Ignacio Valduérteles, titulado “Informe sobre la caridad en las Hermandades de Sevilla”. Las Hermandades son asociaciones que tienen un carácter religioso y social, y que ocupan un lugar importantísimo en la vida sevillana. Ignacio dirigió un estudio sobre la acción social de esas Hermandades y Cofradías, en forma de diversas atenciones, en metálico o en especie, Es acción social, no propiamente RS, porque no son empresas, sino entidades de finalidades religiosas y sociales, como ya he dicho. Pero parece bueno medir su impacto, ¿no?
España ha perdido casi una década de bienestar por causa de la crisis económica, que ha golpeado con más fuerza a los más pequeños. Uno de cada tres niños, en este país, se encuentra en situación de pobreza o en riesgo de exclusión social y ante esto ni los gobiernos ni las empresas pueden permanecer impasibles. Éstas últimas también tiene mucho que aportar en la causa, por ello el encuentro organizado por la Asociación Española de Directivos de RSE (DIRSE) y Unicef titulado: El papel de la RSE en los derechos de la infancia. “Es la hora de pensar en las próximas generaciones y no en las elecciones”, señaló el pasado miércoles Juan José Almagro, presidente de la Asociación Española de Directivos de RSE en la sede de Garrigues de Madrid.

Los niveles de pobreza infantil en España aumentaron en un 30% entre 2008 y 2012 y algunos indicadores subjetivos relevantes como la frustración, el miedo o la ansiedad se han puesto de manifiesto durante estos años en los niños. "El desarrollo social armónico sólo se entiende entre la colaboración público-privada y las políticas de RSE pueden generar mejoras reales para el colectivo que hoy se trata", resaltó Carmelo Angulo, presidente de Unicef Comité Español, en la introducción de esta jornada. Sin embargo, las coaliciones por un Pacto por la Infancia difícilmente serán posibles si el asunto no llega a incorporarse con seriedad en los programas políticos. “El debate público sobre la pobreza infantil es de muy baja calidad y esto determina las soluciones políticas y empresariales, cosa que también amenaza la productividad del futuro del país”, afirmó Gonzalo Fanjul, co-fundador de la Fundación Por Causa, mientras presentaba el informe “Los niños de la recesión” que incluye los datos citados anteriormente.
Las empresas tienen un serio problema de reputación con su integridad. Los ciudadanos (que también son clientes, empleados, proveedores y accionistas) no han dejado de manifestarse en contra del comportamiento ético de las compañías en los últimos años. Así se advierte, al menos, en los últimos Balances de Expresión Online (BEO) estudios realizados por el CORPORATE EXCELLENCE Centre for Reputation Leadership y LLORENTE & CUENCA.
En la cuarta edición del estudio, de próxima publicación, la dimensión relativa al uso del poder y la ética del negocio (llamada “Gobierno” por el Reputation Institute) volverá a aparecer como la peor valorada en el conjunto de los 15 sectores empresariales analizados. Ya ocurrió lo mismo en la del 2014, la del 2013 y en la de 2011, en las que sólo recibió menos calificación la dimensión “Trabajo”.
Reconocidos profesionales del mundo gastronómico valenciano colaboran estos días con la Fundación Novaterra por el empoderamiento de las personas en situación de vulnerabilidad social.
Este el objetivo de las Masterclass organizadas en la recta final del I Curso de Operaciones básicas de cocina y restaurante bar para personas en situación de exclusión social por sus diversas situaciones personales, organizado por esta fundación Valenciana, y con el que se pretende dotar de las herramientas básicas a los participantes para que se abran paso laboral en este sector fundamental para la economía valenciana.
Mundo interconectado, mundo fragmentado. Hoy más que nunca la creación de confianza es el desafío… y es también el camino.
El título de este post ilustra lo que sucede hoy entre las organizaciones y las personas. Así lo definieron en el Trust Barometer de Edelman, presentado en el Foro Económico de Davos el pasado enero, refiriéndose a la “disolución” de la confianza en todas las instituciones, alcanzando los niveles mínimos de 2009.
Mucho se debatió en Davos, pero lo que sorprendió fue oír en este entorno voces de economistas como Margareta Drzeniek-Hanouz apelando a que los líderes sean más colaborativos que competitivos. Frente a los grandes conflictos internacionales y los riesgos que presentan, se empieza a comprender que la cooperación es la mejor forma de vivir y de recuperar esa confianza perdida… ¿será una realidad?
La asistente de investigación de la Cátedra “la Caixa” de Responsabilidad Social de la Empresa y Gobierno Corporativo del IESE, Claudia Lucía Alejos Góngora, ha publicado un Cuaderno titulado“Responsabilidad Social Corporativa en la era digital: de la información a la comunicación”(aquí).
Después de un breve recorrido sobre la historia de Internet, explica su papel en la comunicación en general, y la de la RSC en particular, sus beneficios y riesgos y el papel de las redes sociales en la RSC. Se trata de un tema de gran actualidad que Lucía enfoca, como es propio de la Cátedra con la que colabora, desde el punto de vista de la empresa: cómo debe gestionar la dirección de una organización el uso de los medios digitales.
Aún podéis inscribiros en la Jornada sobre RSE que se celebrará este Jueves en el Edificio Joxe Mari Korta de la UPV/EHU en San Sebastián, con ponentes de primer nivel, del ámbito académico, de las instituciones públicas y empresas guipuzcoanas de diferentes ámbitos y tamaños comprometidas con la RSE.
Hay conceptos cuyo encaje en la gestión empresarial es complejo. Y el concepto de ética, es uno de ellos. No quiero que se me entienda mal. No estoy diciendo que hablar de “empresa ética” sea un oxímoron; ni que ética y empresa son conceptos que no “mezclan” fácilmente; ni que, en última instancia, el ánimo de lucro que caracteriza a la empresa choque necesariamente con la ética.
Lo que estoy diciendo es que el “concepto ética” es demasiado “grande”, o demasiado complejo, para “que quepa” dentro de una caja de un organigrama. Por regla general, las “funciones organizativas” tradicionales son fáciles de entender. Cuando se habla de números, la responsabilidad recae en la dirección financiera; cuando nos referimos a vender, pensamos en las áreas de marketing o de ventas; si se habla de producir, nos referimos al área de operaciones; cuando pensamos en personas, existe la dirección de RRHH; y así ocurre sucesivamente en casi todas las funciones empresariales. Y cuando las cosas se entienden, son más fáciles de gestionar.
Sin embargo, cuando hablamos de ética todo es más complejo, porque hay muchas preguntas que no tienen respuesta sencilla. Para empezar, tenemos un problema organizativo. ¿En qué “caja” del organigrama la ponemos? ¿De quién la hacemos depender?… ¿del área jurídica – y lo vinculamos al cumplimiento-; o de recursos humanos – porque afecta al comportamiento de las personas-? ¿Es posible que un hipotético Director de Etica sea el responsable último de los comportamientos de toda la organización, de todas las direcciones de su empresa, de todas las personas que trabajan en ella?
Hemos leído hace nada:” CCOO de banca pago 3,7 millones de sobresueldos a sus delegados. Bancos y cajas dieron al sindicato mas de 8 millones en cinco años”. CCOO se explica y dice que “los complementos salariales son legales y justos”.
Me gusta ser bienpensante y además la gente de CCOO de banca que conozco me parece buena gente…pero sus argumentos para defender los sobresueldos se parecen mucho a los que empleaba el PP para justificar sus sobresueldos.
Cada año, en diciembre, le escribo una carta a los Reyes Magos para que me traigan un regalo: una batuta con la que dirigir una orquesta sinfónica, lo que más anhelo en mi vida. Como es lógico, cuando llega el 6 de enero, los Reyes no me hacen caso y yo me quedo sin poder cumplir mi sueño porque, como argumenta mi quiosquero y amigo Juanfran, que es muy castizo, “por mucho que te guste, chato, sin saber música será difícil que dirijas una orquesta...”. Pero los Magos, que al final siempre reparten ilusiones y saben compensar, en lugar de una batuta me regalaron este año las entradas para poder asistir, fuera de abono, al concierto en Madrid de la West-Eastern Divan Orchestra, la formación que creó y dirige el gran Daniel Barenboim. Créanme, la velada fue maravillosa; la interpretación de las obras de Ravel extraordinaria, singularmente el Bolero, absolutamente mágico e inolvidable. Cuando habla del éxito de su orquesta, no lo olvidemos, integrada por músicos israelíes, palestinos, árabes y españoles, el maestro Barenboim siempre se refiere a que el secreto está en la inclusión, el diálogo, en conocer y respetar al otro; en definitiva, en la tolerancia.
Cuento esto recordando a nuestra vecina y horrorizada Francia, justamente empeñada en una movilización general contra el terrorismo tras la masacre del semanario Charlie, y viviendo todavía –como muchos de nosotros– en un clima de amargura y desgarro. Los franceses, además de buscar las sinrazones que mitiguen su dolor, necesitan referentes y, según cuentan los medios, han vuelto los ojos a Voltaire para releer y volver a editar su famoso Tratado sobre la tolerancia, una crítica feroz contra el fanatismo religioso escrita hace más de 250 años, en 1763, época en la que (y de ¿tolerancia? hablamos) se prohibió en España la traducción y edición de la obra de Voltaire, para quien no hay ventaja alguna en perseguir a los que no son de nuestra opinión y en hacernos odiar por ellos.