
Y esa manera de ver la vida es lo que ha marcado a Pedro Ruiz Aragoneses, CEO de Alma Carraovejas, psicólogo de formación y “sistémico porque me cambió la vida y lo que estudiaría si volviera a nacer”. Desde 2007 dirige un proyecto vinícola que por aquel entonces contaba con 20 personas y 20 años después lo conforman más de 200.
“Alma no es mi sueño ni el de mi familia. Es el sueño común compartido de las más de 200 familias que hoy construimos Alma cada día, que son nuestro mayor valor diferencial y competitivo”, afirma Ruiz Aragoneses, quien ve en la integración de la sostenibilidad una parte intrínseca de su actividad “al ser el medio rural nuestro hábitat natural porque ser parte del entorno es necesario entenderlo desde el respeto y como un sistema único nos obliga a trabajar con mayor sensibilidad y a que lo trasmitan nuestros vinos”.
Ve “el intraemprendimiento como clave para hacer crecer las empresas” y en Alma el espíritu del emprendimiento de impacto en el día a día, pero sobre todo cuando ponen en marcha en nuevo proyecto en municipios pequeños que tienen entre 200 y 10.000 habitantes: “Cuando llegas a un nuevo lugar el impacto que generas en la zona, incluso involuntariamente, es muy importante. Y es crucial ser conscientes de ello. Unas de las cuestiones más relevantes en cada proyecto es ganarse la confianza de los vecinos y eso es cuestión de años”.
Esta entrevista forma parte de serie #ConversacionesdeImpacto en la que han participado Gonzalo Fanjul, Pablo Sánchez, Arancha Martínez, Gloria Gubianas, María Guerrero, Amaia Rodríguez, Natalia Valle, Manuel Lencero, Irene Milleiro, Antonio Espinosa de los Monteros, Diana de Arias, y Tomás Garnelo y Carmen Pino.
La foto nos la hicimos en el I Foro B Corp Madrid que albergó Auren a finales de enero.
¿Quién es Pedro Ruiz Aragoneses?
Me considero una persona inquieta y tremendamente afortunada por lo que la vida me ha dado y me da cada día. Psicólogo de formación, sistémico porque me cambió la vida. Padre de dos hijos, Adrián y Paula, que es lo mejor que me ha pasado. Casado con Elena, mujer y madre de mis hijos, con la que construyo el proyecto más importante de nuestras vidas y con quien comparto el día a día en Alma Carraovejas, donde nos conocimos. Ella es la directora de Proyectos, dirigiendo todas las cuestiones de arquitectura, diseño y mantenimiento. Soy hijo de Chon y José María y el cuarto de cinco hermanos.
Me apasionan las personas, me ilusionan los proyectos y busco el equilibrio constante entre lo físico y lo espiritual, entre lo material y lo inmaterial.
Eres licenciado en psicología con un Premio Especial Fin de Carrera al Mejor Expediente Académico, que no lo tiene cualquiera, y en 2007 pasas a dirigir una bodega, Pago de Carraovejas. ¿Cómo fue ese tránsito?
No se me dieron mal los estudios, pero tampoco les dedicaba mucho tiempo. Estaba casi todo el día jugando al fútbol. Y mira para lo que sirvió (risas).
Cuando terminé bachillerato no sabía qué estudiar y comencé Administración y Dirección de Empresas por los negocios familiares. Pero antes de acabar el primer año vi que no era lo que me hacía feliz y planteé a mis padres estudiar Psicología. Mi padre me dijo que estudiara lo que quisiera que acabaría en la empresa familiar.
Inicié Psicología en Comillas, en Madrid, y el segundo año cambié, por motivos logísticos, a la Universidad SEK en Segovia, lo que después sería el actual IE University.
Trabajé como becario desde el segundo curso y fue un honor recibir el premio al mejor Expediente Académico. Realmente, hasta el tercer curso que descubrí la sistémica, el mundo de la psicología me gustaba, pero no me apasionaba. Nada más terminar la carrera comencé a trabajar como psicólogo social, y ahí ya pedí permiso de un día a la semana para acompañar a mi padre a la bodega, que llevaba años haciéndolo. Fue extraño y más extraño aún que me lo concedieran. Pero los resultados en Cruz Roja estaban siendo muy buenos.
Empecé a compaginarlo con mi trabajo como psicólogo en Aprome y cursaba un máster de psicología sistémica a la vez. Siempre he estado haciendo mil cosas. No sé parar quieto. Inicié mi consulta privada como terapeuta familiar y de pareja en Segovia. Me ofrecieron impartir algunas asignaturas en la IE University, en la facultad de Psicología, para cubrir alguna sustitución del equipo docente. Y me llegó la propuesta para trabajar en clínica que era lo que más me gustaba. Me fui a trabajar a la Asociación de Alcohólicos de Segovia por una cuarta parte de lo que cobraba hasta ese momento. Pero quería dar el paso.
En aquel momento, a finales de 2007, mi padre me planteó hacerme cargo de la bodega como director general con apenas 25 años. Era un gran reto. Llevaba años acompañándolo, pero no sabía leer una cuenta de resultados y apenas sabía de vino aunque ya conocía la actividad y al equipo. No fue fácil, prácticamente era el más joven del equipo. En aquel momento éramos unas 20 personas. Hoy somos más de 200. Mi única obsesión en aquel momento fue cómo éramos capaces de mejorar todo lo que estábamos haciendo. Tuve un gran apoyo del equipo, como siempre, el capital más importante de la compañía. Y poco a poco fuimos creciendo y mejorando, especialmente en lo cualitativo.
Durante algún tiempo compaginé la dirección de Pago de Carraovejas con mi trabajo como terapeuta en la Asociación de Alcohólicos, paradójicamente. Para mí fue muy especial. El vino es mucho más que alcohol. Es parte de nuestra cultura. Y, por otra parte, esa visión me ayudó mucho a respetar al máximo la problemática relacionada con el alcohol.
Hoy entiendo por qué abandoné Administración y Dirección de Empresas. Las empresas me apasionan, pero aquella visión era muy centrada en los números. Para mí las empresas no son números, son personas. Por eso la psicología sistémica fue clave para mí. Siempre digo que si volviera a nacer volvería a estudiar sistémica. Después me formé, y sigo haciéndolo, en la parte técnica del vino y en programas de alta dirección y también como consultor de empresas familiares.
El paso no fue fácil, pero fue apasionante. Me tocó vivir cosas que no eran propias de mi edad, pero eso me hizo ser más fuerte, responsable y decidido. Se puede ver como una carga, pero yo lo he vivido como un regalo, no sin dificultades. Y siempre con el apoyo de mi mujer y un equipo súper comprometido y confiado en la visión para construir Alma Carraovejas y llevarlo más lejos. Es nuestro sueño común compartido. Me siento muy afortunado.
¿Cómo te han marcado tus padres en tu desarrollo personal y profesional? ¿Qué has aprendido de ellos?
Sin duda, como todos los padres, tienen un peso muy importante en la formación, la educación y los valores de sus hijos.
Les estoy muy agradecidos. El primer mensaje recibido es el del esfuerzo y el sacrificio. Ellos dejaron su vida atrás, lejos del pueblo y la familia en el caso de mi padre, para buscar una vida mejor y, en consecuencia, darnos una vida mejor a nosotros.
En mi caso, si no fuera por mis padres, seguramente no estaría donde estoy hoy ni en el mundo del vino. Ellos determinaron el destino de alguna manera. Luego cada cual ha de construir también su vida.
Siempre he pensado, en referencia a las empresas familiares, que hemos recibido el relato de continuar el sueño del fundador y creo que cada generación ha de vivir su propio sueño. Es la mejor manera, en mi opinión, de honrar a las generaciones anteriores y dar continuidad y trascendencia a los proyectos, y no siempre tiene porque ser una línea continuista. De hecho, pienso que suele ser necesario que haya cambios y evoluciones de generación en generación. En sistémica se dice “cambiar para que nada cambie”.
De mi padre aprendí el valor del trabajo y la constancia. Y el valor de la inteligencia natural y la inquietud permanente.
De mi madre el desarrollo emocional y la generosidad. Ser buena persona por naturaleza.
Creo que es un buen ensamblaje.
Hemos recibido muchos valores de su parte, aunque creo que los valores también se han de definir de generación en generación. No vivimos las mismas épocas e incluso un concepto que me gusta mucho y al que se le presta relativa poca atención es el del ciclo vital. El de la persona, el de la familia y el del negocio. No pensamos ni sentimos igual en un momento vital que en otro ni las familias tienen los mismos retos ni los negocios las mismas necesidades.
El sector vinícola está apegado al territorio, a cuidar del campo, y fuisteis de las primeras bodegas en apostar decididamente por la sostenibilidad y su integración en el negocio. ¿Qué viste en la sostenibilidad para hacer de ella bandera de vuestra gestión y una ventaja competitiva?
Lo mejor en estos casos es no tener que hacer nada especial. Es parte de nuestro ADN. Diría que fuimos y somos punta de lanza del sector en materia de sostenibilidad e innovación y en otros muchos ámbitos. Algo que nos permite tratar de poder avanzar y evolucionar respetando al máximo y profundizando en la parte más histórica también del mundo del vino.
Hemos sido pioneros en conseguir las primeras certificaciones y con la mayor distinción en muchas certificaciones. Pero no es eso lo que nos mueve. De hecho, en la mayoría de los casos lo contamos como parte de nuestra actividad, no como un activo a mayores. No entendemos hacer las cosas de otra manera.
No entiendo, con todo el respeto, por ejemplo, cuando veo vinos certificados en ecológico en una misma bodega y otros no. A nosotros nos pasa en algún caso, pero porque estamos en proceso de transformación con viñedos que hemos ido incorporando. No lo puedo entender como una estrategia comercial. Y estoy convencido de que eso no funciona. Si lo hacemos es porque estamos seguros de que nos permite hacer mejores vinos y ser más coherentes con nuestra visión y nuestro propósito.
Un ejemplo es que hemos abandonado algunas certificaciones en las que fuimos pioneros en España porque entendemos que nuestros estándares y nuestras exigencias son mayores que las de la propia certificación. Y si no aportan actualmente, no las necesitamos. Y si no las necesitamos, no las mantenemos.
El concepto de Alma debe estar por encima de todo esto. Ahora bien, dicho esto, creo que es importante que existan certificaciones y que se cumplan. Aunque en muchos casos se puede trabajar por una certificación y que realmente esta no esté integrada en la cultura y el día a día de la compañía. De ser así, no sirve de nada. También hemos visto incoherencias en muchas certificaciones y cuando ha sido así hemos preferido estar fuera, por coherencia.
Ahora estamos en proceso de certificación biodinámica de nuestros proyectos. Primero llegaron Ossian y Marañones y en breve lo estará Milsetentayseis. No nos obsesiona esto. En los proyectos ya intentamos trabajar con esa sensibilidad sin tener la certificación. Y algunos años de dificultades climáticas hemos tenido que actuar respetuosamente en el viñedo porque nos parecía más coherente que perder toda la uva. O incluso en zonas complicadas surge la duda de si es más sostenible aplicar más de 30 tratamientos siendo biodinámico o ser más respetuosos, lógicos y equilibrados sin cumplir algunas cuestiones. Ser parte del entorno y entenderlo desde el respeto y como un sistema único nos obliga a trabajar con mayor sensibilidad y a que lo trasmitan nuestros vinos.
Siempre hablamos de la sostenibilidad en cinco dimensiones desde hace muchos años. La quíntuple cuenta de resultados que conocí de la mano del profesor Jorge Cachinero: económica, social, ambiental, personas y gobierno ético. Y cada decisión que tomamos en la empresa intentamos que siempre evalúe estas dimensiones. Lo más importante de la sostenibilidad es que sea sostenible y en muchos casos no lo es.
Es importante que la sostenibilidad se evalúe en términos relativos. Y en muchos casos sólo se tiene en cuenta en términos absolutos por lo que en procesos de crecimiento no se evalúa correctamente. Igualmente nos pasó con la financiación sostenible. No tenían en cuenta todo lo construido hasta ese momento en materia de sostenibilidad y nos pedían aumentar parámetros como si empezáramos de cero. Después sumabas el coste de un auditor externo y el coste era mayor que el ahorro financiero. Creo que queda mucho aún por recorrer en materia de sostenibilidad auténtica. Afortunadamente, creo, ha pasado ya un poco toda la moda y quedará, espero, lo realmente auténtico, con los aciertos y errores que se cometan.
Nosotros también hemos cometido errores y los seguiremos cometiendo. En el pasado, por ejemplo, en el crecimiento y expansión de Alma Carraovejas, sacamos del Comité de Dirección a las directoras de Sostenibilidad e Innovación porque el comité se hacía demasiado grande. Y se integraron varias áreas. Fue un error. Si realmente es importante para nosotros debe tener el espacio adecuado y necesario, aunque cueste un poco más gestionarlo por volumen. Hoy ambas directoras vuelven a ser parte del Comité de Dirección.
¿Qué os ha dado ser B Corp?
Nos ha dado la posibilidad de integrar certificaciones y elevar la mirada.
Nos costó tres años. Nuestro propósito era certificar todos los proyectos de Alma Carraovejas. No podíamos entenderlo de otra manera. Y de hecho hemos sido los primeros en España en integrar varias bodegas, Ambivium, la Fundación Cultura Liquida y nuestra importadora dentro de BCorp. No fue fácil, ni ellos sabían cómo afrontarlo. La llegada a la dirección de España de Belén Viloria fue la luz para nosotros. En el tiempo que estuvo aportó muchas cosas. Ojalá sigan la misma línea.
En España BCorp no es tan conocida. Cuando publicamos que entramos a formar parte de la comunidad BCorp recibimos felicitaciones de Reino Unido, Estados Unidos, centro Europa o América Latina, especialmente. Allí hay un reconocimiento mayor. En España debe llegar aún y es importante que se hagan bien las cosas para fomentar la credibilidad y reputación que tiene internacionalmente.
Lo mejor de todo es que nosotros no tuvimos que adaptar ni trabajar en nada específicamente. Todo el trabajo estaba hecho. Era cuestión de integrarlo en sus valoraciones. Formar parte de BCorp no era la meta. Es una herramienta que nos tiene que permitir seguir creciendo, midiendo y mejorando nuestro desarrollo en una comunidad que comparte el ideal de que las empresas no son solo una cuenta de resultados, que es necesaria pero no suficiente. Entendemos que las empresas son una fuente desarrollo social y económico para luchar por un mundo mejor.
“La verdadera ventaja competitiva de Alma Carraovejas reside en las personas”, qué sería de Alma Carraovejas sin las más de 200 personas que la conforman.
Totalmente de acuerdo. Al igual que la sostenibilidad es una cuestión de ADN. Cuando nadie hablaba de personas nuestro trabajo ya estaba centrado en el equipo.
El crecimiento cuantitativo y cualitativo solo ha sido posible gracias al equipo. El incremento de talento del equipo ha sido la causa de ir más allá en todos los proyectos. Ha sido un crecimiento constante y continuado y eso también hace que haya compañeros que se hayan quedado en el camino, pero todo el que ha formado parte de Alma Carraovejas tiene parte de responsabilidad en todo lo conseguido.
La evolución en personas, procesos y precisión ha sido tremenda; sin perder la esencia de lo que somos, a pesar del crecimiento y la deslocalización de los proyectos, la evolución ha sido fantástica y siempre hace que la cultura interna evolucione, no sin riesgos.
Y no sólo el talento o las habilidades competitivas o técnicas. Lo que realmente nos ha llevado donde estamos ha sido una complicidad entre nosotros elevado a mil. Un compromiso único en lo que hacemos y cómo lo hacemos. Y eso ha generado una identidad propia para los que estamos dentro y que desde fuera suele ser difícil de entender. Nos gusta hacer las cosas a nuestra manera, diferente. Esto es la identidad y la cultura Alma Carraovejas. Siempre vi a mis padres poner en valor al equipo y las personas. En Alma Carraovejas quizás lo hemos elevado a otra dimensión.
Hablamos siempre de las tres “C”: cuidado, competencia y compromiso. Hacer crecer la parte humana de cada uno de nosotros desde la cultura del cuidado y del detalle, hacer crecer la parte profesional (nuestras competencias) y hacer crecer Alma con nuestro compromiso. Entendemos que es imposible disociar la parte personal de la parte profesional. Si no hay desarrollo personal no puede haber desarrollo profesional y viceversa. Es cuidar de la parte emocional de las personas y de la empresa. Las empresas somos personas, no números. Y nadie nos enseña a manejar las emociones. Pero la empresa, la vida, son emociones. Por mi formación como psicólogo sistémico estoy profundamente convencido.
Siempre digo que Alma Carraovejas no es mi sueño ni el de mi familia. Es el sueño común compartido de las más de 200 familias que hoy construimos Alma cada día.
No ofrecemos puestos de trabajo sino proyectos de vida. No son las variables extrínsecas las que hacen diferente a un equipo sino las variables intrínsecas: sentirse parte del proyecto, compartir la visión y el propósito, el sentido de pertenencia y la seguridad psicológica respecto al proyecto. Alma nos pertenece a todos y cada uno juega su rol dentro de la empresa, cada uno con sus reglas y circunstancias concretas, con sus funciones y sus responsabilidades.
Las personas son el mayor valor diferencial y competitivo de Alma Carraovejas, sin duda.
Esta entrevista forma parte del ciclo de #ConversacionesdeImpacto en las que emprendedores de impacto comparten su experiencia persona. ¿Cuánto hay de ese espíritu emprendedor de impacto en Alma Carraovejas?
Te diría que todo. Si hablamos de emprendimiento no hay más que ver lo que ha pasado en Alma Carraovejas en los últimos 20 años y antes, a otro nivel. Y no solo por los proyectos externos creados y los que se han sumado a Alma, sino por la propia evolución de los que ya existían y la consolidación de lo que hoy es Alma Carraovejas.
Cuando hablamos de emprender siempre pensamos en una persona o en el dueño o CEO de la compañía. Yo creo que el emprendimiento es necesario dentro de la compañía y por parte de todos los compañeros o una gran mayoría. Se habla poco del intraemprendimiento y para mí es clave para hacer crecer las empresas, especialmente en valor. Hubo un tiempo, creo que ahora ha frenado un poco, en que se hablaba mucho de la necesidad de emprender y crear la propia empresa. Si cada uno hacemos esto las empresas no crecerán. Y tendrían muy poco valor externo. El valor del emprendimiento interno es incalculable. La iniciativa, el desarrollo, la autonomía y la necesidad de seguir aprendiendo y desarrollándose. Todos.
Por otra parte, si hablamos de emprendimiento de impacto en Alma no podríamos entenderlo de otra manera. Cuando llegas a un nuevo lugar el impacto que generas en la zona, incluso involuntariamente, es muy importante. Y es crucial ser conscientes de ello. Unas de las cuestiones más relevantes en cada proyecto es ganarse la confianza de los vecinos y eso es cuestión de años. Cuando llegas, son escépticos por saber qué buscas, qué quieres y cómo quieres hacer las cosas.
Una vez más la visión es fundamental pero el trabajo del equipo que desarrolla diariamente allí la actividad es la clave para ganarse la confianza y la reputación en la zona. El impacto, de nuevo, tiene para nosotros las cinco dimensiones de la quíntuple cuenta de resultados. Cómo afectan el entorno social, económico, ambiental, de relaciones humanas y de valores cada una de nuestras decisiones. La empresa no es una actividad aislada. Para bien o para mal tiene un papel activo en el impacto de la comunidad. El precio de la uva, salarios, creación de puestos de trabajo, inversiones, relaciones con todos los grupos de interés, asociaciones, relaciones humanas y empresariales…. Todo impacta. Y hemos de decidir si es para bien o para mal.
Una de las cuestiones de las que nos sentimos más orgullosos es la de ser inspiración para otros y aprender también de otros. Esto también es impacto.
Las seis bodegas que conforman Alma Carraovejas forman parte de la España rural. ¿Cómo lucha la Fundación Cultura Líquida para conservar la vida en el entorno rural?
Alma Carraovejas se desarrolla en el medio rural. Es nuestro hábitat natural. Nuestros proyectos, todos ellos, se establecen en municipios de entre 200 y 10.000 habitantes. Y cuando llegas a un lugar, el compromiso con la tierra y su gente es innegociable. Pero siempre se necesita tiempo para entender el lugar, la idiosincrasia, la cultura y a sus gentes. Es algo imprescindible. Eso implica, también, pensar en décadas cada proyecto.
Desde la Fundación Cultura Liquida trabajamos por el desarrollo de la cultura del vino. Por proteger, promover y proyectar esa cultura. Eso implica, en primer término, trabajar con nuestra propia editorial para recuperar libros históricos del vino y la gastronomía. Hasta la fecha, hemos publicado “Viñedos y vinos del noroeste de España”, del geógrafo Alain Huetz de Lemps, la biografía de Gerard Basset, las obras de Simonet & Sirch sobre poda en doble cordón y guyot y, en breve, el próximo libro que verá la luz será “La cata geosensorial” de Jackie Rigaux.
Otra vía de trabajo es la formación; creemos firmemente en el aprendizaje y la formación continua y para ello seguimos codirigiendo el Programa de Dirección de Empresas Vitivinícolas IE University que ya ha alcanzado su tercera edición.
Y, por último, el proyecto más ambicioso de la Fundación. Intentar recuperar edificios históricos en los medios rurales y darlos una nueva vida. Emplazamientos emblemáticos como el palacete del siglo XVI y la recuperación de un guardaviñas histórico en Leza (Álava), una parte importante de las casas que conformaron el pueblo de Ibedo, donde se encuentra el viñedo de Emilio Rojo y cuyo pueblo desapareció hace años; la fortaleza de Balgarreiro en Meín (Orense), la tenada del pastor en Fuentenebro (Burgos); la recuperación del patrimonio vegetal de cada proyecto o la recuperación de la casa en Peñafiel (Valladolid) del siglo XVII con el deseo de transformarlo en una casa de vinos.
Y, por supuesto, también el trabajo por poner en valor la memoria a través del paisaje y el paisanaje de cada uno de los proyectos. Es el trabajo para poner en valor el carácter más inmaterial del vino. Aquello que hace que el vino sea algo realmente diferente, parte de nuestra cultura y uno de los motores más importantes históricamente a nivel social, económico y antropológico de nuestros pueblos.
¿Qué es para ti el éxito?
Vivir en paz con uno mismo y con los demás. Y cada uno lo conseguirá de manera diferente. Tampoco lo ves igual en un momento de la vida que en otro. Hemos hecho muchos proyectos en un momento vital de energía y empuje. Ahora nos toca asentar y madurar los proyectos. Y llegarán otros nuevos. A nivel personal estar cerca de mi mujer y mis hijos y compartir más tiempo con quien de verdad te apetece. Menos compromisos forzados y más valor. Y más tiempo para uno mismo para poder estar bien con los demás. Cuidarse física y emocionalmente porque los años se van notando y el esfuerzo realizado hasta ahora también. Más edad requiere mayor cuidado físico y emocional. Antes venia de serie, ahora hay que dedicarle más tiempo.
Hay diversidad, pero también la mayoría del equipo está en un ciclo vital similar. Y hay que escucharles. Ver qué nos hace sentir bien en los próximos años.
Ahora toca un tiempo de observar por dónde van las cosas. La situación geopolítica internacional es la que es. El cambio climático veremos cómo va respondiendo y el sector del vino está en momentos de evolución y habrá que ver también por dónde va. Será nuestra actividad principal, pero habrá que valorar si seguimos haciendo proyectos a futuro o si queremos diversificar y hacer otras cosas que también nos apasionan.
¿A quién admiras?
Puede sonar a tópico, pero intento aprender y admirar a todo el mundo. Hay personas más visibles que pueden parecer ser más inspiradoras, pero me parece admirable desde la persona que tiene que levantarse cada mañana para alimentar una familia a la persona más famosa que pueda parecer muy exitosa.
Admiro por encima de todo la coherencia, con todo lo difícil que es. Pero las personas coherentes entre lo que dicen y lo que hacen me parecen realmente admirables. Y no me parece que haya tantas. Personas que realmente creen en lo que dicen y lo que hacen tratando de tener una visión de mejora común y global sin mirar solo el resultado o el interés particular, pensando en largo plazo. Me encuentro muy poca gente con una mirada real de largo plazo. Y lo valoro mucho cuando lo encuentro.
Por otra parte, para mí es importante seguir a personas que considero buenas. No es suficiente con que técnicamente sean buenos. Si no hay coherencia, honestidad y buena voluntad no me interesan por muy bien que puedan hacer otras cosas.
Ser feliz es...
Vivir en paz con uno mismo y con los demás. Sin preocupaciones, teniendo el haber siempre mayor que el debe en las relaciones humanas y con el entorno.
Ser feliz es buscar sueños y el camino por tratar de conseguir lo que cada uno desea. No necesariamente conseguirlo. Una vez que se ha conseguido, la mejora es infinita, pero busco nuevos retos o inquietudes por cumplir.
Cuando estás en paz contigo y con el entorno, tanto en los momentos mejores como en los peores tienes la capacidad de relativizar las cosas y pensar siempre en largo plazo.
No necesito grandes cosas para ser feliz. Paz interior, equilibrio, ejercicio físico y sobre todo pasar tiempo con las personas que quiero, especialmente con mi mujer y mis hijos. Tengo la suerte de compartir el día a día con compañeros de trabajo a quienes considero familia pues la mayoría llevamos años juntos construyendo lo que es Alma Carraovejas. Tener momentos para uno mismo también me hace feliz para estar bien conmigo mismo y con los demás. Casi siempre lo mejor para disfrutar de lo que hago y de todo lo que me gustaría hacer es ir con paso firme y profundo. Y tener muy claro qué quieres en tu vida y, muchas veces, más importante aún, qué es lo que tienes claro que no quieres.
¿Qué te gustaría hacer antes de que acabe el año?
La verdad es que no tengo grandes pretensiones. Llevar una vida equilibrada, hacer ejercicio, estar con los míos y seguir avanzando en los planes que tenemos, personales y profesionales. Y que tratemos de ser felices. Me considero muy afortunado por la vida que llevo. Cada año hacemos en familia con mi mujer y mis hijos un viaje especial. Este año acabamos de volver de Tanzania. Es un momento muy bonito entre nosotros, conocemos nuevas culturas, países, experiencias y abrir su cabeza al mundo. Me gusta mucho algo que dice Manuel Bermejo, consultor de empresa familiar: “A los hijos, educación y mundo”. Y tratamos de aplicarlo con ellos.
Me gustaría que tuviéramos unas vendimias tranquilas y libres de incidencias climáticas.
A nivel profesional, han llegado muchos reconocimientos este año para todos los proyectos. El equipo lo merece, así que seguimos luchando porque lleguen nuevas cotas de reconocimiento en el mercado. Eso nos motiva a tratar de seguir mejorando. El día que pensemos que no tenemos nada que mejorar será mejor que cerremos las puertas. Aunque el mejor reconocimiento es la venta de nuestras propuestas y sentirnos cerca de nuestros clientes.
Por mi parte tengo que hacer un verdadero esfuerzo por parar de hacer proyectos y avanzar en los que tenemos. Me ilusiono rápido y me encanta crear o desarrollar proyectos. La propia actividad en Alma ya es frenética de por sí con nuevas inversiones y proyectos constantes internamente.
Y, por último, a ser posible, un poco más de estabilidad global en lo social, económico y político. El mundo necesita parar un poco también y evitar tanta incertidumbre y conflicto.
Un libro…
Podría decir varios. Me gusta empezarlos, dejarlos a medias, empezar otros y volver a ellos. Aunque leo menos de lo que me gustaría.
Si tuviera que decir uno sería “El hombre en busca de sentido”, de Victor Frankl.
Prácticamente, solo leo libros de psicología, empresa o vino y como me suele faltar tiempo para leer no suelo abrirme a otras temáticas.
Y una película…
Pues podría decir varias también pero quizás me quedaría con dos, en este caso, que me han marcado mucho y suelo volver a ellas con cierta frecuencia.
“Forrest Gump” y “La vida es bella”.
¿Te gustaría añadir algo más?
Muchas gracias por la entrevista y el trabajo que hacéis por tratar de crear un mundo mejor y más comprometido desde la empresa. Y porque la propia entrevista supone un trabajo de introspección muy bonito. ¡¡Muchas gracias!!