
A pocos kilómetros de la sede de Naciones Unidas, la final del Mundial de 2026 se disputará en el estadio MetLife de Nueva Jersey. Pero más allá del espectáculo deportivo, este torneo —el más grande de la historia— se perfila como una plataforma global para promover la sostenibilidad, la inclusión y la justicia social.
Del 11 de junio al 19 de julio, 48 selecciones nacionales competirán en 104 partidos repartidos entre México, Canadá y Estados Unidos. Se espera que miles de millones de personas sigan el campeonato, lo que convierte al evento en una oportunidad única para amplificar mensajes vinculados a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Según destaca Naciones Unidas, el deporte tiene una capacidad extraordinaria para conectar culturas, tender puentes entre comunidades y fomentar valores como la cooperación, el respeto y la solidaridad. Este potencial fue el eje del encuentro “Construyendo puentes, rompiendo barreras”, celebrado recientemente en la sede de la organización con motivo del Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz.
Durante el evento, voces del ámbito deportivo y social insistieron en que el fútbol no solo genera impacto en la élite, sino también en el tejido comunitario. En este sentido, Mary Connor, directora ejecutiva de Common Goal, comparó el trabajo en equipo dentro del campo con la cooperación internacional: la clave está en “hacer espacio para los demás” y avanzar juntos, incluso en contextos adversos.
Uno de los ejemplos más concretos de este enfoque es el programa Play Collective, que se desplegará en las ciudades anfitrionas del Mundial. La iniciativa, impulsada por la Fundación Adidas, la fundación Beyond Sport y Common Goal, financiará proyectos deportivos comunitarios dirigidos a jóvenes en situación de vulnerabilidad.
El objetivo es claro: transformar los espacios deportivos en entornos seguros e inclusivos, donde niños y niñas puedan desarrollarse, adquirir habilidades y reforzar su bienestar. Actualmente, la red global de Common Goal ya llega a 3,6 millones de jóvenes cada año.
Historias como la de Ailyn López, una joven que logró superar momentos difíciles gracias al fútbol, reflejan el impacto real que puede tener el deporte cuando se orienta al desarrollo social.
El reconocimiento del deporte como herramienta de transformación no es nuevo. La Asamblea General de Naciones Unidas proclamó el 6 de abril como el Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz precisamente para visibilizar su contribución al desarrollo económico y social, así como a la promoción de los derechos humanos.
Sin embargo, el Mundial 2026 plantea un desafío adicional: convertir su enorme visibilidad en avances tangibles hacia los ODS. Desde la igualdad de género hasta la reducción de desigualdades o la creación de comunidades sostenibles, el fútbol puede ser un aliado clave si se acompaña de políticas y compromisos reales.
En este contexto, el torneo no debería entenderse únicamente como un evento deportivo global, sino como una oportunidad para acelerar la agenda de sostenibilidad. Aprovechar su alcance para impulsar iniciativas inclusivas, apoyar a comunidades vulnerables y fomentar valores de cooperación puede marcar la diferencia.
El fútbol mueve pasiones, pero también puede movilizar conciencias. En un momento en el que los retos globales —climáticos, sociales y económicos— exigen respuestas urgentes, el Mundial 2026 llega como una ocasión única para demostrar que el deporte puede ir más allá del entretenimiento.
El verdadero éxito no se medirá solo en goles, sino en la capacidad de este evento para dejar un legado duradero. Convertir el Mundial en una palanca para avanzar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible no es solo una posibilidad: es una responsabilidad compartida entre instituciones, organizaciones y la propia sociedad.