
A medida que la cumbre climática de Belém entra en sus últimas jornadas, los equipos negociadores trabajan contra reloj para cerrar acuerdos sobre asuntos decisivos: la eliminación progresiva de los combustibles fósiles, el acceso a financiación para los países más vulnerables y la construcción de una transición justa que no deje a nadie atrás. Detrás de la terminología técnica, lo que está en juego es cómo se implementará realmente el Acuerdo de París casi una década después de su firma, recuerda Noticias ONU. Los diálogos se articulan en torno a tres grandes cuestiones que determinarán la ambición climática de los próximos años.
La aceleración del calentamiento global y la intensificación de fenómenos extremos han situado la reducción de emisiones y la adaptación en el centro de la agenda. Los países evalúan cómo reforzar sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional, esos planes que deben actualizarse cada cinco años, y cómo dar un paso más claro hacia la eliminación de los combustibles fósiles, un compromiso iniciado en la COP28 pero aún sin una hoja de ruta detallada.
La adaptación sigue siendo otro de los grandes retos: aunque 72 países han presentado sus Planes Nacionales de Adaptación, la mayoría carece de medios económicos para aplicarlos. En este contexto, se discute la posibilidad de triplicar la financiación antes de 2030. También continúa la negociación de una “meta global de adaptación” basada en un centenar de indicadores comunes y se impulsa una hoja de ruta para financiar la protección de los bosques tropicales, que pretende cubrir una brecha anual de casi 67.000 millones de dólares.
Las promesas no bastan sin recursos. Los delegados debaten cómo garantizar que los fondos climáticos se movilicen de forma adecuada y lleguen a los países más expuestos. Entre las propuestas se encuentran la aplicación efectiva del Artículo 9.1 del Acuerdo de París, que obliga a las economías desarrolladas a financiar a las naciones más vulnerables, y la hoja de ruta “de Bakú a Belém”, que aspira a movilizar 1,3 billones de dólares anuales mediante mecanismos que no generen más deuda.
Los fondos existentes tampoco atraviesan su mejor momento. El Fondo Verde para el Clima muestra señales de debilitamiento, el Fondo de Adaptación denuncia una caída de aportaciones y el nuevo Fondo de Pérdidas y Daños —creado en la COP27 y lanzado en la COP28— aterriza en Belém sin suficientes recursos. A ello se suma el debate sobre cómo facilitar el acceso a tecnologías limpias y cómo evaluar el impacto de medidas comerciales climáticas que pueden perjudicar a los países en desarrollo.
Garantizar que la transición ecológica no aumente las desigualdades es otro de los ejes centrales. Los países negocian un Programa de Trabajo para una Transición Justa que integre empleo digno, justicia social y desarrollo sostenible. También se prepara una actualización del Plan de Acción de Género, esencial para incluir la perspectiva de igualdad en las políticas climáticas y evitar que las mujeres —especialmente en contextos vulnerables— sigan soportando desproporcionadamente los impactos del cambio climático.
El mensaje en los pasillos de la COP30 es inequívoco: el tiempo se agota y los compromisos deben traducirse en hechos. Las decisiones que se adopten en Belém definirán la rapidez con la que desciendan las emisiones, cómo se distribuyen los recursos financieros y de qué manera se protegerá a las comunidades más expuestas en un planeta que cambia a gran velocidad. Según subraya Noticias ONU, de este tramo final dependerá que los objetivos del Acuerdo de París sigan siendo alcanzables o se alejen definitivamente.