
Dos de las principales características de nuestras sociedades globales son la complejidad y la interdependencia. Esta complejidad además se acentúa en el llamado mundo en desarrollo, especialmente en las poblaciones rurales y aisladas, y con mayor inseguridad o vulnerabilidad (económica, social, climática, política…) donde un modelo de servicio eléctrico sostenible necesita tomar en cuenta una multiplicidad de factores, desde una perspectiva innovadora no sólo en tecnología, sino también en productos y en procesos.

El ritmo al que cambia el foco de atención de la opinión pública está poniendo en peligro, un siglo después, la demostración einsteniana de que nada en el Universo supera la velocidad de la luz. En un instante, el olvido colectivo más denso sepulta elementos, que llegaron incluso a pugnar por un sitio propio en los diccionarios, como “la prima de riesgo” o “los hombres de negro”, para ser sustituidos por otros que, a su vez, acaban evaporándose hasta tal punto que puede uno llegar a dudar que hayan existido, como la crisis de los refugiados sirios o la represión en Hong Kong. Sin embargo, existen también protagonistas permanentes que, lejos de desaparecer de los titulares y las conversaciones, avanzan y se extienden hasta que resulta casi imposible encontrar textos o discursos en los que no aparezcan. Creo no equivocarme si estimo que esa persistencia está estrechamente ligada a una profunda y real importancia para la humanidad. Es el caso de la sostenibilidad.

El concepto de resiliencia aplicado a la emergencia climática tiene tres componentes principales: la mitigación, la adaptación y la transformación. Es importante comprender que la adaptación tiene unos límites y esto en la cuestión de la emergencia climática es muy importante, pues si la adaptación no va acompañada de la mitigación, que es la verdadera solución a la crisis climática, solamente es una forma de ganar tiempo (que no es poco); aunque al mismo tiempo el sistema se va acercando al límite de su capacidad de mantenerse en buenas condiciones. Esto tiene mucha relación con una reflexión que nos gusta hacer sobre la sostenibilidad y los límites del crecimiento económico: la eficiencia en la adaptación sin límites que permitan la mitigación no tiene sentido, pues sólo con la eficiencia seguimos aumentando el consumo de recursos de forma indefinida, hasta que se agotan, claro.

Ángela - nombre ficticio - tenía 15 años cuando una oferta de trabajo llamó su atención. El empleo parecía ser la solución a todos sus problemas. Ofrecía un buen sueldo, no se requería experiencia y además era en otra localidad. Sin dudarlo, sin autorización de sus padres y sin avisar a nadie, emprendió el viaje hacia lo que creía que sería un futuro mejor. En realidad, esa oferta la llevó a un mundo de consumo de alcohol, violencia y explotación sexual comercial en un prostíbulo de la región del Beni de Bolivia, frecuentado por explotadores de oro y madera. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de la trata de personas? Este delito consiste en captar, trasladar y acoger a una persona para explotarla.

Si 2020 fue el año de la resiliencia frente a nada menos que una pandemia global, 2021 se ha convertido sin duda en el año de la transformación. En todos los niveles de la sociedad, pero especialmente en lo que concierne a las marcas y empresas con las que nos relacionamos cada día, las que forman parte de nuestros hábitos de consumo cotidianos. 2021 es el año para despertar y mirar hacia delante, y comenzar a acometer los cambios y transformaciones que demanda el futuro más inmediato.