
En mi experiencia como Advisory Board Member en áreas de Cultura, Estrategia, ERSG y Transición Generacional, he observado que la innovación en la gobernanza es esencial para que las empresas familiares enfrenten con éxito los desafíos del cambio climático. Incorporar criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) y reformular los procesos de toma de decisiones no solo ayuda a adaptarse a las demandas actuales, sino que también puede marcar la diferencia en la sostenibilidad a largo plazo.

La experiencia de haberme mudado tres veces de país me dejó muchos aprendizajes. Uno de ellos, no del todo convencional ni propio de mi perfil profesional, es la importancia de observar indicadores. Como “migrante serial,” puedo afirmar que los indicadores son precisamente eso: señales de orientación.

¿Es realmente posible generar un impacto positivo en la sociedad y ser rentable al mismo tiempo? El informe “Transformando Europa: Cinco empresas impulsadas por el impacto que están cambiando las reglas del juego”, elaborado por Social Nest Foundation en el marco del proyecto europeo Innonexus, concluye que combinar rentabilidad con impacto positivo no solo es posible, sino también esencial para construir negocios resilientes y sostenibles a largo plazo.

El 70% del voluntariado a nivel mundial se realiza de manera informal, según una encuesta de TeamStage. Mientras tanto, en países como Brasil, el voluntariado formal sigue siendo incipiente, lo que plantea oportunidades y desafíos para empresas y comunidades. ¿Cómo convertir esta práctica en un pilar estratégico dentro de las organizaciones?

En los últimos años, hemos presenciado un cambio significativo en cómo las personas planifican sus viajes. Cada vez más, los turistas ya no buscan solo un lugar para descansar y desconectar, sino que valoran experiencias auténticas que respeten el entorno, promuevan la cultura local y contribuyan al desarrollo sostenible. Este cambio no es una moda pasajera, sino una necesidad que refleja la creciente conciencia global sobre la importancia de proteger nuestro planeta.

Hace 70 años Herbert Marcuse se preguntó por los muertos que deja el progreso, por los cadáveres olvidados del progreso, que rápidamente se entierran para que nadie los vea y nadie hable de ellos, para que nadie cuestione las bondades del progreso.

El año 2024 ha llegado a su fin y, como todos los años por estas fechas, miramos al nuevo año con el deseo que nos traiga mucho bueno y nos permita dejar atrás todo lo malo vivido en el año que termina. Se va un año que, sin lugar a duda, ha estado marcado muy especialmente por un enorme desarrollo y protagonismo de las herramientas y aplicaciones de Inteligencia Artificial (a partir de ahora, IA).

Se habla de construir un mundo más sostenible a través de la economía de impacto, la cual
se refiere a maximizar la triple rentabilidad: generar beneficios sociales, económicos y ambientales positivos. Pero la economía de impacto también guarda relación con abordar problemas que producen un impacto negativo desde hace tiempo y conseguir darles la vuelta.

En una época en la que los famosos criterios Ambientales Sociales y de Gobernanza ( o ESG por sus siglas en inglés) están en decadencia en Estados Unidos, dado el nuevo contexto, se destaca como el desarrollo sostenible es independiente de ello, dado que ha llegado para quedarse, independientemente de las ideologías vigentes.

Con el final del año llegan las promesas. Las hacemos casi de manera automática, impulsados por las emociones que despiertan las fiestas navideñas: la gratitud, el arrepentimiento, la nostalgia de lo vivido y la esperanza de lo que vendrá. Promesas personales, familiares y también sociales. Nos juramos empezar una dieta, retomar el gimnasio, dedicar más tiempo a nuestra familia y, muchas veces, comprometernos con alguna causa solidaria.