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“Mi hija quiere ser segundo violín. Ni primero ni solista, ella lo que quiere es tocar tranquila en un segundo plano, porque eso le hace feliz”
¡No quiero ser líder!

Una carta publicada en El País y firmada por Carolina Vázquez desde Escocia puso palabras a algo que muchos piensan pero pocos se atreven a decir.

Su hija estudiaba violín y, contra todo pronóstico, no soñaba con ser solista ni primer violín. Quería ser segundo violín. No por miedo escénico, ni falta de ambición, ni de talento. Quería ser segundo violín porque ahí se sentía bien. Porque disfrutaba tocando en equipo, sosteniendo la melodía y aportando belleza sin necesidad de ocupar el centro del escenario.

La madre relataba su desconcierto ante un mundo diseñado para aplaudir al que destaca, al que lidera, al que va primero. Un mundo que, cuando alguien dice “no quiero ser el número uno”, tiende a responder con una mezcla de incredulidad y condescendencia: no sabes lo que estás diciendo, ya cambiarás de opinión, eso es porque no te atreves.

Leyendo esa carta es difícil no pensar en muchas conversaciones que ocurren hoy en las empresas. Conversaciones con profesionales brillantes que, cuando llega ‘su turno’ para liderar un equipo, responden: no quiero. O no ahora. O no así.

Personas que conocen su trabajo, sostienen proyectos complejos y aportan valor real, pero no desean ocupar un rol de liderazgo formal. Y aun así, sienten que algo falla.

Porque en el mundo corporativo hemos convertido el liderazgo en una especie de destino inevitable. Como si crecer profesionalmente fuera una línea recta con un único final legítimo: liderar personas. El problema no es el liderazgo en sí. El problema es la idea de que todo el mundo debería desearlo.

En psicología organizacional existe un concepto muy revelador: la vocación funcional. Tiene que ver con el tipo de contribución que una persona puede sostener en el tiempo sin romperse por dentro. Hay quien florece decidiendo, marcando rumbo y asumiendo la exposición constante. Y hay quien florece diseñando, acompañando, afinando procesos, conectando piezas. No son escalones de una misma escalera. Son funciones distintas dentro del mismo sistema.

El conflicto aparece cuando confundimos función con estatus. Cuando asumimos que liderar está ‘por encima’ de contribuir desde otros lugares. Ahí es donde muchas organizaciones empiezan a perder talento sin darse cuenta. Promocionan a excelentes segundos violines a puestos de primer violín y luego se sorprenden de que suenen desafinados, agotados o desconectados.

Y hay otra realidad aún más incómoda: personas que sí quisieron liderar, que llegaron a primera línea, y que un día descubren que ya no quieren seguir ahí. No porque no puedan, sino porque el coste emocional es demasiado alto. Abandonar el liderazgo sigue viéndose como una renuncia sospechosa, en lugar de como un acto de lucidez.

Byung-Chul Han habla de la sociedad del rendimiento, donde el sujeto se explota a sí mismo creyendo que se realiza. En ese contexto, decir “no quiero ser líder” resulta profundamente incómodo, porque cuestiona la idea de que estar en el foco es siempre mejor.

Volviendo a la música, ninguna orquesta sobrevive con solistas frustrados tocando partes que no desean. El segundo violín no es un plan B. Es una elección legítima. Su papel no es menor, es distinto. Sostiene, acompaña, da profundidad. Sin él, la obra se cae.

Quizá el verdadero reto del liderazgo hoy no sea formar a más líderes, sino aprender a diseñar organizaciones donde no todo el mundo tenga que serlo. Donde existan trayectorias profesionales que no obliguen a liderar para crecer. Donde se reconozca el impacto sin exigir visibilidad constante. Donde la madurez profesional incluya también la capacidad de decir: aquí aporto más, aquí soy mejor, aquí estoy bien.

Tal vez por eso aquella carta nos tocó la fibra sensible. Porque hablaba menos de música y más de libertad. De la libertad de no querer ser el primero. De no vivir empujado por una ambición que no es propia. De elegir conscientemente el lugar desde el que contribuir sin pedir perdón por ello.

Quizá ha llegado el momento de decirlo más alto, también en las empresas:

no todo el mundo quiere ser líder.
no todo el mundo tiene que serlo.

Y aceptar esto no es una amenaza para las organizaciones, sino una gran oportunidad. Porque una buena sinfonía no necesita héroes permanentes ni egos desbocados. Necesita personas afinadas, conscientes de su papel y comprometidas con el equipo.

Y eso, aunque incomode a algunos, también es liderazgo.

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