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Quiero pensar que muchos de nosotros y nosotras guardamos en la memoria una frase simple, pero contundente que nos decían de pequeños. Esa frase que venía a decir que disfrutar de determinados derechos y comodidades dependía de la suerte de haber nacido en un país o en otro.
La educación: un derecho que no debería decidirse por el azar

Tristemente, si bien la fortuna elige dónde nacemos, todos y todas sabemos que hay muchos parámetros que condicionan nuestro desarrollo como persona a lo largo de nuestra vida. Quizás, uno de los más importantes e infravalorados sea el del acceso a la educación.

De la educación se dice que es un derecho multiplicador y palanca de otros muchos, una fórmula para resumir las infinitas posibilidades que brinda una enseñanza de calidad a la persona que la recibe. Porque la educación es algo más que la escolarización, es una herramienta transversal que hace frente a desigualdades y violencias. Y es que, en muchas partes del planeta, en contextos de desigualdad, de exclusión, de conflictos armados, acudir a una escuela supone la única fórmula para que niños, niñas y jóvenes reciban atención médica, una buena alimentación o simplemente una protección frente a la violencia imperante que experimentan fuera de sus aulas.

Es en esos escenarios, donde la educación se convierte en una suerte de salvavidas que garantiza no solo el derecho a la vida del alumnado y sus familias, sino también una de las pocas vías de crecimiento y transformación que tienen a mano. Un derecho que brinda a los niños y niñas la posibilidad de adquirir no solo competencias teóricas o técnicas, sino una serie de herramientas imprescindible en un mundo cada vez más globalizado e interconectado. Así, podemos ver cómo en las últimas décadas el trabajo en grupo, el diálogo o el pensamiento crítico se han convertido en habilidades imprescindibles para hacer de las personas, ciudadanos y ciudadanas seguras, independientes y preparadas para la vida adulta.  

Más allá de todo lo frío que aporta la educación, y que se puede resumir en palabras que pueden sonar algo altisonantes (capacidades, competencias, aptitudes…), debemos también poner el foco, quizás, en lo más importante, que son los valores que transmite. En el marco de un planeta con cada vez más fragmentación, polarización e incertidumbre, la educación impulsa la creatividad, lo colectivo y la multiculturalidad, huyendo del individualismo y apostando por encontrarse y vivir con el otro. Esta educación con enfoque de derechos permite que las nuevas generaciones adquieran valores tan importantes como la igualdad de género, la defensa del medioambiente y la participación política y social. Todo ello a la vez que adquieren conciencia de que forman parte de una ciudadanía global: los desafíos globales pueden aterrizar en su día a día y sus acciones locales pueden tener su impacto a nivel internacional.

Sin embargo, hay 272 millones de niños, niñas y jóvenes en el mundo que no pueden disfrutar de algo que por derecho, tal y como recoge la Declaración de Derechos Humanos de 1948, le corresponde: el derecho a la educación. Una exclusión del sistema educativo que no es por elección, sino por factores estructurales que puedes estar provocados por contextos de violencia, desplazamiento forzoso, condiciones económicas, discriminación por razón de género y raza, barreras lingüísticas o estatus administrativo. Dinámicas en las que profundizamos en el último informe de la ONG Entreculturtas, ‘Lo prometido es deuda: Cinco años para cumplir los compromisos con el derecho al aprendizaje’, donde analizamos el estado actual del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) dedicado a la educación a un lustro de que expire la Agenda 2030.

Ante esta situación, en un mundo donde la posverdad y los bulos están al orden del día, es muy importante recalcar que los Estados han firmado multitud de compromisos internacionales vinculantes en donde se comprometen a garantizar el derecho a la educación como fórmula para desarrollar sus sociedades. Por tanto, su constante incumplimiento no es por razones técnicas, sino políticas debido a la falta de financiación pública o a los recortes y redistribuciones de partidas ante acontecimientos imprevistos.

Frente a esta realidad, la educación sigue siendo uno de los espacios donde aún es posible reconstruir horizontes compartidos. Allí donde se protege el derecho a aprender, se sostienen comunidades, se refuerza la convivencia y se amplían las capacidades para participar en la vida social y política. En la ONG Entreculturas lo comprobamos cada día: construir educación es acompañar la dignidad, la esperanza y la posibilidad de un futuro que no esté marcado únicamente por la suerte de haber nacido en un lugar determinado.

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