La historia y la paz

En los últimos meses hablar de paz en Europa es bastante complejo, ya que cualquier pensamiento crítico contra la guerra te alinea con un bando u otro, dependiendo del entorno con el que se discuta y, por eso, quizá, escribo estas palabras con un poco de cuidado, pero con la fuerte convicción de que es indispensable hablar de paz y hacer la paz, no sólo en su conmemoración (ayer 21 de septiembre), sino cada día.

Mientras preparaba el texto recordaba un hecho histórico que parece salido de una película, no sólo por lo insólito del momento, sino por la fotografía tan clara que muestra de que la paz se decide. Me refiero a la tregua no oficial en la Navidad en 1914. Un momento donde los soldados que poco entendían de política, de uno y otro bando, decidieron compartir regalos, intercambiar sombreros y hasta jugar un partido de fútbol durante la Navidad en el Frente Occidental.  Con una frase sencilla: “tú no disparar, nosotros no disparar”, paraban en el tiempo lo que hoy conocemos como la Gran Guerra.

Parece sacado de la ficción, pero es el ejemplo perfecto de lo que el historiador israelí Yuval Harari explicó los primeros días de la Guerra de Ucrania: “El ocaso de la guerra no fue el resultado de un milagro divino o de un cambio en las leyes de la naturaleza.  Se debe a que los humanos toman mejores decisiones. Podría decirse que es el mayor logro político y moral de la civilización moderna.  Desgraciadamente, el hecho de que se derive de una elección humana también significa que es reversible.”

Los años de paz compleja e imperfecta que hemos vivido en Europa deberían ser la inspiración más potente para condenar la guerra y la violencia, y no desde una postura ingenua, sino desde el realismo que demuestra que sólo a través de la paz es cómo se puede crecer. Aquél orden mundial salido de la Segunda Guerra Mundial comprendía la importancia de vertebrar la paz, de institucionalizarla con una serie de herramientas jurídicas y éticas, y aunque está claro que los organismos multilaterales seguían sin resolver la participación continua y efectiva de la sociedad civil y los movimientos sociales, realizaron grandes avances como el Tratado de no proliferación de 1970 que hoy parece desvanecerse.

La paz no será fácil, nunca lo ha sido pues requiere voluntad, creatividad, empeño y empatía, pero la humanidad ha demostrado en miles de ocasiones que esto es posible. Hoy sirva de recuerdo la decisión de esos soldados.

No hay que olvidar nunca que la guerra abre unas espirales de violencia llenas de dolor y degradación que costará mucho reconciliar, por más que haya gente que siga creyendo que hay victoria en la muerte, sólo hay que mirar Bucha.

Es imperante construir la paz, regresar a la mesa de negociación, mantener caminos claros de resistencia pacífica y defender las ideas políticas desde el conocimiento y la acción performativa, evitando el dolor y, sin duda, promover la sensatez frente a delirios imperialistas o de verdad absoluta.

La reacción de la Unión Europea frente a la mayor amenaza de seguridad en muchas décadas no sólo pasa por la autonomía estratégica, sino por una voluntad política real de dirimir los conflictos mediante los canales del derecho y la diplomacia, por una presión social que ponga en la narrativa de los medios de comunicación no una justificación frente al conflicto y la constante búsqueda de una escalada  sino en el sufrimiento humano, la muerte, la pobreza y la fractura social humana que sale de armas.

Más de uno me tachará de ingenua y de no comprender el conflicto por apostar por la paz cuando la guerra está ahí y el invadido gracias al armamento de la OTAN parece ganar terreno con la recuperación ucraniana de Járkov en estos días, pero como varios expertos apuntan, esta situación está más cerca de una escalada que de un fin de la guerra, porque no hay que olvidar que una Rusia acorralada es mucho más peligrosa. Es imperante crear canales diplomáticos de mediación y negociación, ya que lo que tenemos enfrente es la aniquilación mutua.

Y con esto enfrente, es imperante transformar la perspectiva, aprovechar cada cambio de rumbo para crear canales diplomáticos de mediación y negociación. Desde una perspectiva de paz me atrevo a preguntar ¿es posible que esta nueva declaración de Putin pueda expresar más una búsqueda de negociación que de una escalada, pues parece haber aceptado que no puede controlar toda Ucrania? ¿Qué pasaría si pudiéramos afirmar que el invasor quiere negociar? ¿Estamos nosotros dispuestos a negociar? ¿A quién beneficia una escalada? ¿Quién está apostando por la paz?

Para terminar, escribo hoy para aquellos que busquen en la historia momentos como los Acuerdos de Múnich para demostrar que es mejor una acción militar efectiva, pues el enemigo si no es vencido tarde o temprano atacará, les digo aquello que Jorge Tamames escribió en su artículo Europa está en guerra: “la historia sugiere que, en momentos de emergencia nacional, lo que resulta útil es aparcar esta comparación… Cuando las “lecciones de Múnich” se emplearon para justificar un ataque preventivo en Cuba, John F. Kennedy expuso un contraejemplo más inteligente. Bombardear sin preaviso las instalaciones soviéticas constituiría un Pearl Harbor a la inversa.”

La historia permite identificar momentos de inflexión donde la paz fue posible, sólo falta enfocar la atención ahí.

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