
La humanidad no solo está utilizando el agua que se renueva cada año con lluvias y ríos. También está agotando los “ahorros” acumulados durante miles de años en glaciares, humedales y acuíferos subterráneos. El resultado es un paisaje cada vez más habitual: acuíferos compactados, lagos que desaparecen, deltas que se hunden y ecosistemas acuáticos incapaces de regenerarse.
Según informa la Universidad de las Naciones Unidas, esta dinámica ha empujado al planeta a una nueva era marcada por la insolvencia hídrica. En muchos territorios, la demanda humana ha vaciado de forma irreversible las reservas subterráneas, comprometiendo no solo el acceso al agua, sino la estabilidad del conjunto del sistema hidrológico global.
El informe señala que décadas de crecimiento económico apoyado en un uso intensivo del agua han pasado factura. La agricultura industrial, la expansión urbana y productiva, la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero han alterado el ciclo natural del agua. A ello se suman sequías cada vez más prolongadas, una evaporación acelerada y precipitaciones irregulares que ya no garantizan la recarga de las reservas.
“Muchas regiones han vivido muy por encima de sus posibilidades hidrológicas. Es como una cuenta bancaria de la que se retira dinero cada día sin que entren nuevos ingresos”, explica Kaveh Madani, autor principal del estudio. El saldo, advierte, ya es negativo y la factura hídrica resulta imposible de pagar si no se cambia el rumbo.
La radiografía global que presenta el informe es contundente:
La crisis del agua no se queda en lo local. La agricultura, responsable de cerca del 70 % del consumo de agua dulce, es uno de los principales focos de presión. Cuando los cultivos fallan en una región, la escasez se traslada a los mercados internacionales a través del precio de los alimentos, afectando a la seguridad alimentaria y a la estabilidad económica global.
“El agua que falta en un territorio se nota en la comida que llega a otro. No es un problema aislado, es un riesgo sistémico que recorre las cadenas de suministro mundiales”, subraya Madani.
Lejos de plantear un mensaje fatalista, el informe llama a cambiar el enfoque: no se trata solo de gestionar crisis puntuales, sino de afrontar una quiebra estructural. Esto pasa por transformar el modelo agrícola, repartir de forma más justa un recurso cada vez más limitado y proteger los ecosistemas que todavía garantizan la producción de agua. En este contexto, la Conferencia del Agua de la ONU 2026 aparece como una cita clave para impulsar un verdadero “rescate hídrico”. El diagnóstico es claro: aunque algunos acuíferos ya no puedan recuperarse, aún es posible evitar un colapso mayor si se aprende a vivir dentro de los límites del planeta y a cuidar cada gota del agua que nos queda.