
Durante años, la Comuna 13 fue el barrio más violento de Medellín (Colombia). Hoy, sus azoteas cuentan otra historia: sobre ellas brotan cultivos de lechuga y albahaca en sistemas hidropónicos, donde las raíces crecen en agua con nutrientes sin necesidad de tierra. El proyecto ‘Terrazas Verdes’ no solo genera ingresos para las familias de la zona mediante la venta en supermercados, sino que simboliza cómo la agricultura urbana puede transformar realidades sociales y ambientales.
Este tipo de iniciativas reflejan el potencial de la agricultura vertical, un modelo que aprovecha espacios reducidos en entornos urbanos e interiores, apilando cultivos en diferentes niveles y utilizando tecnologías como la hidroponía o la aeroponía. Según recoge BBVA, se trata de un sistema con un consumo de agua hasta un 90 % inferior al de la agricultura tradicional, gracias a la recirculación de líquidos que las plantas no absorben.
En España, la empresa Néboda, con sede en Vigo, es uno de los referentes en este sector. Su director, Iván García Besada, explica que además de optimizar el uso de agua, estos cultivos pueden mantenerse bajo condiciones climáticas controladas durante todo el año mediante luz LED y sistemas de regulación de humedad, CO2 y temperatura. “Esto permite una producción estable y de calidad, reduciendo la dependencia de factores externos y los vaivenes en los precios”, apunta.
El control de las condiciones también evita el uso de pesticidas y herbicidas, acercando la agricultura vertical a los estándares de producción ecológica. Pero el beneficio no es solo ambiental: supone también un avance en la reducción de la huella de carbono asociada al transporte de alimentos. Como recuerda el sociólogo y experto en agricultura urbana José Luis Casadevante, Kois, en su obra Huertopías. Ecourbanismo, cooperación social y agricultura, la actividad de las ciudades —que apenas ocupan un 3 % de la superficie terrestre— concentra el 75 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Producir alimentos en el propio entorno urbano permite disminuir el gasto energético y reducir de manera significativa el desperdicio alimentario.
De Medellín a Vigo, pasando por tantas otras ciudades, la agricultura vertical demuestra que el futuro de la alimentación urbana puede ser más sostenible, más local y con un impacto positivo tanto en la vida comunitaria como en el medio ambiente.