
Los resumo en cuatro fundamentales: en primer lugar, la utilización mediática y política, casi absoluta, de un lenguaje público extremadamente pobre -casi diría que tan solo ocupado de lo “concreto”, como hace el publicitario-, para explicar los problemas; en segundo lugar, las consecuencias que han producido las nuevas mitologías, -como la necesidad imparable de la libertad, el protagonismo casi absoluto de los derechos -y no de los deberes- respecto al individuo y el no menor protagonismo de la ideología-, derivadas del propio avance en la investigación de las ciencias sociales; y, en tercer lugar, un determinismo progresivo y exagerado de lo cultural sobre lo que significa la propia naturaleza humana. Hemos visto, incluso, que todo esto deriva en una cuarta reflexión, que concluye en la fragmentación llena de contradicciones que experimenta la vida pública española habiéndose consumado la desaparición pública de la ética en muchas instituciones y el protagonismo casi absoluto de las normas sobre los principios que ya he comentado en mi último artículo[1]. Sin duda, si la sociedad convive con normas reguladoras, pero sin principios que las fundamenten, la sociedad se queda absolutamente sin las bases que la estructuran y los ciudadanos sin nada de nada.
Todo este conjunto de reflexiones me conducen inevitablemente al problema de las cuestiones todavía generales: ¿en qué mundo estamos realmente viviendo las personas? ¿Cuál es la naturaleza de nuestra vida cotidiana? ¿Cuál es el futuro de las democracias occidentales frente a la crisis de las instituciones el autoritarismo emergente y la ideología? ¿Qué es eso de los valores y los derechos sin deberes que parecen convivir en la mente de muchos de los ciudadanos? ¿Qué está sucediendo en la sociedad con el empobrecimiento o desaparición de las clases medias? ¿Por qué sube entre los adolescentes los intentos de suicidio?... Estas preguntas, y otras posibles, me conducen a una especie de incertidumbre permanente, porque la realidad es que en la actualidad las grandes preguntas interesan a muy pocos.
Sin duda, la generación de los llamados “baby boomers” no ha conseguido respuestas generales sobre casi nada, se puede decir que, en buena medida, esta generación ha fracasado, y las que han seguido tampoco aclaran el panorama. Las ideologías de izquierda ya han dejado de ser porque parecen más una mixtura de ideas anacrónicas e incoherentes sin contexto social propio; por otro lado, el neoliberalismo debe librarse de lo ya superado en las democracias consolidadas, como es hablar siempre de más libertad, más economía y, sobre todo, más individualismo con esos enemigos propios de la actual y confusa política, llena de contradicciones y ambivalencias. La verdad es que este tipo de reflexiones me las llevo haciendo desde hace mucho tiempo, y son pensamientos que van y vienen, y que pocas veces quedan debidamente clarificados. Siempre me viene a la cabeza una exigencia del filósofo, recientemente fallecido, J. Habermas, sobre la necesidad de que los replanteamientos filosóficos deberían actualizarse y ponerse en relación con los decires y conclusiones de las ciencias sociales. Algo que me parece absolutamente cierto y que he intentado hacer con la comunicación desde que empecé hace muchos años en la docencia e investigación universitaria sobre la comunicación audiovisual y la publicidad. El siglo XX ha sido un período donde se han multiplicado estas cuestiones: desde el naturalismo, materialismo, el neopositivismo lógico y hasta el falsacionismo de Popper con su conocida “sociedad abierta”…, los saberes científicos no han dejado de reescribirse gracias a las ciencias sociales. El origen de todos estos procesos se concreta en establecer relaciones, pero sin olvidar el complejo conjunto de las preguntas básicas; porque los ciudadanos siempre quedamos por debajo, dejando a los científicos o a los filósofos esta compleja tarea.
Por eso mismo, en el presente artículo, me hago nuevamente estas preguntas que derivan de todo este proceso especulativo que acabo de hacer: ¿estamos en condiciones de debatir preguntas que permitan la formulación de soluciones generales sobre la situación de fragmentación e incoherencia que, en concreto, rodean, en la actualidad, a la ciudadanía española? Si observamos recientes debates en los medios sobre accidentes o decisiones políticas -como por ejemplo, la tragedia ferroviaria de Adamuz o la terrible guerra con Irán-, los debates derivados no son generales y explicativos, sino grandes construcciones discursivas que solo expresan simples discusiones normativas. Todo acaba en reflexiones bizantinas que no aclaran y demuestran la nada que, en el fondo, conforma a nuestros dirigentes políticos. Por todo ello vuelvo de nuevo a afirmar mi convicción positiva en esta necesidad de cuestionar y explicar lo que sucede en la sociedad y en nuestro entorno.
Adorno, en una muy interesante reflexión de aquellos primeros años de la Escuela de Frankfurt comentaba que las posibles respuestas que nos podemos hacer son claras: la sociedad es contradictoria y está siempre determinada, a un tiempo, tanto racional como irracionalmente; porque las contradicciones e incoherencias que se producen en la vida son consecuencias difícilmente eliminables del mundo. Para este autor, todo pertenece a la práctica problemática del hecho de vivir en el mundo (1973, pp.81-89). Esto es verdad, pero ante la actual situación de información permanentemente difusa que experimentamos en la actualidad las personas, estos cuestionamientos quedan normalmente en el aire, escasas respuestas y rápido olvido; es decir, la huerta de la incertidumbre y la depresión.
Sin duda, las posteriores aportaciones de J. Habermas (1997) y de K-Otto Apel (1985) dieron un paso más introduciendo la plural y polivalente presencia del discurso en el análisis del lenguaje. Pero las reflexiones de estos autores llegaron a conclusiones que abrieron nuevos problemas: Resulta, por ejemplo, que la institucionalización de la comunicación humana y la objetivación dada en los medios de comunicación, han terminado por ser un posible encubrimiento ideológico de la realidad o una pura ilusión. Ahora el problema se convierte en que la realidad no la vemos y tampoco la entendemos sino como una fantasía e incluso una creación discursiva propia o colectiva. Nos encontramos en la infamia de los relatos.
En la actualidad, -después de más de veinte años de estas referencias-, las interpretaciones se consolidan y continúan con la revolución tecnológica y la IA que reproduce y complica muchas de esas preguntas generales sobre lo que sucede en la sociedad. El racionalismo crítico que todavía se defiende desde muy diferentes escuelas filosóficas no deja de ocultar su tremenda indefensión frente a la necesidad de empezar a pensar en una racionalidad que, además, debe ser no-científica. La ciencia parece no ser ya capaz de ofrecer soluciones a preguntas sobre lo que sucede en la vida, que, desde la emoción, el miedo y las propias contradicciones del ser humano, se quedan en nada. Por todo ello, hay que formular un salto hacia el futuro, que olvide tanta añagaza del nuevo wokismo del todo vale y dirigir nuestro interés hacia esos otros cuestionamientos nuevos que ya se están produciendo sobre la nueva consciencia, la recuperación de lo espiritual que reside en la persona y los nuevos contenidos derivados de la responsabilidad moral, que con la IA tiene la sociedad casi todo por hacer.
Por todo ello, la primera exigencia para poder empezar a pensar en las grandes preguntas sobre lo que sucede en la vida de cada uno y en la de todos es necesario analizar nuestra actitud e intención. Por ejemplo, en política, el neoliberalismo nos ha acostumbrado al hecho inexcusable de hablar libremente y dialogar, cuestión que siempre evitan otros discursos ideológicos. Pero, a mi modo de ver, no cabe pensar en la vida en general como sucede normalmente con planteamientos exclusivamente maniqueos, como, a mi juicio, establecen algunos autores entre lo liberal (Democracia) y lo que no lo es (Estado Autoritario). Lo mismo ha sucedido en otras muy diferentes reflexiones en la filosofía y los saberes sociales, donde, a la hora de comprender el conocimiento, una cosa era Occidente (lógica, sistematicidad, conceptos y determinación) y otra Oriente (Intuición, no sistematicidad, ausencia de conceptos, indeterminación). Es cierto que la mentalidad occidental es más metodológica que la oriental, más cercana a la actitudinal.
Pero, a mi modo de ver siendo del todo ciertas estas reflexiones, a la hora de pensar sobre la vida en su sentido más general creo que estas distinciones ya no son del todo correctas porque la vida humana y la realidad en su cotidianeidad ha demostrado ser mucho más compleja que eso. A lo mejor hay que olvidar un poco lo de la competencia diferencial de los sistemas y marchar hacia una colaboración colaborativa como la observada y demostrada por Merlín Sheldrake (2020, pp.180-195 y 218-219) cuando se refiere al mundo vegetal.
En efecto, como ya escribía hace un par de años[2], es muy posible que en esto de la IA, como frente a sus problemas derivados, tengamos que mejorar la noción de cultura propia y pasar a una idea de una humanidad de diferentes culturas. Ante la necesidad de cuestionarnos lo que nos está sucediendo, en lugar de distanciar formas de pensar hay que interiorizarlas y ponerlas en seria y productiva colaboración; porque hablar de la persona humana, -lo acabo de decir-, es hablar de algo que se transforma continuamente, se trasciende e, incluso, se auto-trasciende en nuevos planos de la realidad. Yo no soy multiculturalista, en absoluto, pero si entiendo que hay que regresar obligadamente a la propia naturaleza del hombre, a lo común, y ver donde cabe colaborar y enriquecer conocimientos.
Por ejemplo, las llamadas experiencias akásicas (E.Laszlo 2014) ya han roto del todo los planteamientos científicos derivados del mecanicismo y la larga tradición empirista occidental; se están cambiando los esquemas físicos presentes en la mentalidad de las personas, convirtiendo experiencias sutiles en nuevos espacios de conocimiento abiertos y bienvenidos a lo espiritual y religioso. Desde otra perspectiva bien diferente, Roger Bartra (2016 y 2023) reconoce la conexión entre la conciencia humana y las formas culturales, entre lo orgánico y lo que no lo es. Estamos viviendo un nuevo contexto social y cultural donde las grandes preguntas son obligadas; si éstas no las procuramos sabremos cada vez menos y la sociedad se acercará a los límites del vacío.
La conciencia es un proceso híbrido producto de la construcción de un yo y de lo que ella misma es frente a la propia construcción cultural con la que puede no entender, enfrentarse o sumarse. De acuerdo a lo último que he comentado, los extremos que no cabe eliminar son lo orgánico y lo que no lo es. Dos ámbitos diferentes que deben colaborar y no excluirse como ha sucedido en Europa donde lo cultural procura eliminar lo natural. Desde esta oposición, solo cabe la colaboración, no la sustitución que es lo que en muchos momentos sucede en la vida social, donde las ofertas tecnológicas e ideológicas pueden no ser posibles e incluso éticamente no viables.
Referencias bibliográficas
APEL. K.-O. (1985), La transformación de la filosofía ( 2 v), Taurus, Madrid..
BARTRA, R.
BENAVIDES DELGADO, J. & FERNÁNDEZ BLANCO, E., (2022), La nueva publicidad y su incidencia en la comunicación y los medios, Eunsa, Pamplona.
HABERMAS, J., (1997) Teoría de la acción comunicativa (2 v), Taurus, Madrid.
LACALLE, D. (2025), El nuevo orden económico mundial. EEUU, China, Europa y el Descontento Global, Deusto Bilbao.
SHELDRAKE, M. (2020) , La red oculta de la vida. Cómo los hongos condicionan nuestro mundo, nuestra forma de pensar y nuestro futuro, Planeta, Barcelona.
LASZLO, E., (2014), Experiencia Akásica, Obelisco, Barcelona.
VVAA (2024), Inteligencia Artificial y Humanismo. Las voces de la Universidad y le empresa Kolima, Madrid.
[1] En https://diarioresponsable.com/redponsable/jbendelgado
[2]En https://diarioresponsable.com/redponsable/jbendelgado .
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