
Tratar a las personas voluntarias como simples apoyos puntuales supone desaprovechar buena parte de su potencial. Cuando las organizaciones les ofrecen espacio para participar, aportar conocimiento y asumir responsabilidades, el voluntariado deja de ser un recurso auxiliar para convertirse en un activo capaz de multiplicar el impacto social.

Durante años hemos hablado de sostenibilidad como si fuera algo que podía organizarse: crear un departamento, nombrar a una persona responsable, definir objetivos, establecer indicadores y publicar una memoria. Todo ello ha sido necesario. Pero quizá ya no sea suficiente. Porque la sostenibilidad ha dejado de ser un asunto especializado para convertirse en una dimensión transversal de la gestión. Y cuando eso ocurre, la pregunta ya no es qué políticas tiene una organización, sino cómo decide.

Muchas veces, desde los países más ricos económicamente, se banalizan las infinitas dimensiones que el derecho a la educación aporta a una persona. Muchas veces, se reduce simplemente al puro aprendizaje, olvidando el trasfondo vital que aporta un aula. Un impacto que muchas veces es más importante que saber resolver una ecuación de tercer grado o saber de corrillo el pretérito pluscuamperfecto del verbo sanar.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible han sido una brújula para gobiernos, empresas y sociedad. Pero si queremos avanzar de verdad, necesitamos algo más que nuevos objetivos: necesitamos cambiar las reglas de la economía.

La transición hacia el vehículo eléctrico está dibujando un mapa diferente al que quizá imaginábamos. El despliegue de infraestructura no responde únicamente al número de vehículos o habitantes de un territorio y plantea una cuestión fundamental: para acelerar la transición, debemos entender no solo dónde viven los conductores, sino también cómo y por dónde se desplazan.

Hablar de buen gobierno corporativo suele llevarnos inmediatamente a los consejos de administración, las sociedades cotizadas, los inversores o las exigencias regulatorias. Sin embargo, hay una pregunta menos frecuente y quizá igual de importante: ¿aplican las organizaciones que defienden determinados modelos de liderazgo esos mismos principios a su propia forma de gobernarse?

Las organizaciones de la sociedad civil cuentan con un recurso de enorme valor que todavía no siempre saben aprovechar. Gestionado con planificación, reconocimiento y una mirada estratégica, el voluntariado puede fortalecer la innovación, la legitimidad y el impacto social de las organizaciones.

Cuando hablamos de ciudadanía global solemos pensar en grandes conceptos: educación internacional, movilidad, idiomas, cooperación o instituciones. Sin embargo, una parte importante de ese aprendizaje puede comenzar en un lugar mucho más cotidiano: una casa en la que una familia decide hacer sitio a un joven que llega de otro país.

Durante mucho tiempo hemos asociado la sostenibilidad casi exclusivamente con el medioambiente: reducir emisiones, consumir menos recursos y avanzar hacia modelos energéticos más limpios. Hoy sabemos que una sociedad sostenible también necesita cohesión, participación, diversidad, acceso a oportunidades y capacidad para convivir con realidades distintas. En esa dimensión social hay un ámbito al que todavía prestamos menos atención de la que merece: la Cultura.

Es preciso desacoplar la belleza de la superficialidad que nos inunda en esta nueva era de la IA, y así velar por una necesidad irrenunciable del ser humano: la de ver, tocar y disfrutar de la belleza en el mundo físico. En pleno éxtasis estético por el eclipse, en lugar de silencio y admiración por este extraordinario regalo visual del universo, lo más escuchado a mi alrededor fueron dos tipos de preocupaciones. Una, si la foto o vídeo me servirá para mis redes sociales.