
Cuando hablamos de ciudadanía global solemos pensar en grandes conceptos: educación internacional, movilidad, idiomas, cooperación o instituciones. Sin embargo, una parte importante de ese aprendizaje puede comenzar en un lugar mucho más cotidiano: una casa en la que una familia decide hacer sitio a un joven que llega de otro país.

Durante mucho tiempo hemos asociado la sostenibilidad casi exclusivamente con el medioambiente: reducir emisiones, consumir menos recursos y avanzar hacia modelos energéticos más limpios. Hoy sabemos que una sociedad sostenible también necesita cohesión, participación, diversidad, acceso a oportunidades y capacidad para convivir con realidades distintas. En esa dimensión social hay un ámbito al que todavía prestamos menos atención de la que merece: la Cultura.

Es preciso desacoplar la belleza de la superficialidad que nos inunda en esta nueva era de la IA, y así velar por una necesidad irrenunciable del ser humano: la de ver, tocar y disfrutar de la belleza en el mundo físico. En pleno éxtasis estético por el eclipse, en lugar de silencio y admiración por este extraordinario regalo visual del universo, lo más escuchado a mi alrededor fueron dos tipos de preocupaciones. Una, si la foto o vídeo me servirá para mis redes sociales.

El verdadero reto de la movilidad eléctrica está en convertir inversiones y desplegar cargadores sin que los trámites lastren esa transición - Ese es el objetivo de la propuesta legislativa EU Inc.

Los jóvenes de hoy han crecido en un entorno que favorece la opinión inmediata. Son rápidos para juzgar, cuestionar y señalar, pero no siempre encuentran con la misma facilidad el camino hacia la acción. Viven conectados con prácticamente cualquier rincón del planeta y, paradójicamente, pueden permanecer alejados de las realidades que tienen a pocos metros de casa. Precisamente por eso, el voluntariado no debería entenderse como un simple complemento o una actividad extraordinaria, sino como una dimensión esencial de la formación humana.

Decir que generamos un impacto positivo en la sociedad se ha convertido en una norma no escrita. En los últimos años, ese concepto parece que se ha puesto de moda y es raro encontrar una memoria corporativa que no hable de su compromiso.

Europa afronta el invierno 2026-27 con menos gas almacenado que hace un año y en un escenario geopolítico especialmente incierto. No parece existir un riesgo inmediato de desabastecimiento, pero sí de nuevos episodios de volatilidad y precios elevados. España llega en una posición relativamente favorable gracias a la diversificación del suministro y al fuerte crecimiento de las renovables.

Las importaciones limitan la capacidad de Europa para imponer estándares más exigentes. Europa está en una encrucijada. La UE, con el modelo basado en combustibles fósiles, importa 58 % de sus necesidades energéticas, expuesta a los sucesivos choques de oferta y de precios.

España desecha unas 900.000 toneladas de textiles al año y solo alrededor del 12% se recoge de forma separada para reutilización o reciclaje. Desde 2025, los municipios deben recoger los residuos textiles por separado. La medida pretende recuperar ropa que todavía acaba en vertederos o incineradoras, pero también obliga a desarrollar todo lo que viene después: transporte, clasificación, reutilización y reciclaje. Cada prenda recogida necesita una salida, y no siempre la tiene.

Hablar de diversidad, equidad e inclusión se ha convertido en una parte cada vez más visible del discurso empresarial. Sin embargo, incorporar el enfoque DEI implica ir bastante más allá de una declaración de principios. El verdadero desafío comienza cuando esos compromisos llegan a la toma de decisiones, al liderazgo, a la gestión del talento y, sobre todo, a las relaciones cotidianas dentro de las organizaciones.