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Muchas veces, desde los países más ricos económicamente, se banalizan las infinitas dimensiones que el derecho a la educación aporta a una persona. Muchas veces, se reduce simplemente al puro aprendizaje, olvidando el trasfondo vital que aporta un aula. Un impacto que muchas veces es más importante que saber resolver una ecuación de tercer grado o saber de corrillo el pretérito pluscuamperfecto del verbo sanar.
Volver al cole no cabe en un recorte

Estos días de nervios, prisas y vuelta a la monotonía, en los que niños, niñas y jóvenes están volviendo a reencontrarse con sus compañeros y compañeras de pupitre, es importante pararse y reflexionar. Detenerse para darnos cuenta de cómo un hecho que está intrínsecamente normalizado en nuestra sociedad es un auténtico privilegio en muchas otras partes del mundo. Y es que, la mayoría del tiempo, nos olvidamos de que vivimos en una normalidad que en muchos casos es sorprendente y extraordinaria.

Afortunadamente, en este mundo de posverdad en el que hasta lo más empíricamente demostrado está en tela de juicio, el poder transformador de la educación sigue sin estar en cuestión, aunque a menudo se simplifique su alcance. Sin embargo, hoy en día no estar continuamente enjuiciado no significa que algo esté completamente blindado. Una muestra de ello, y quizás la más visible, es el retroceso financiero que han sufrido en los últimos años tanto las partidas de educación en los presupuestos gubernamentales como en la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) de los países económicamente más ricos.

Este repliegue de los fondos educativos tiene lugar en un clima de conflictos, polarización y prealerta en el que parece que estamos inmersos desde hace décadas, y que se evidencia aún más cuando se compara con las cantidades que los estados han destinado a programas armamentísticos en los últimos años. Así, podemos observar cómo, mientras se prevé una caída global del 24% de la AOD destinada a educación en 2026, los países de la Unión Europea pertenecientes a la OTAN han aumentado su gasto en armamento entre 2014 y 2023 once veces más rápido que su inversión educativa. Unos datos que, si nos sacudimos la indiferencia que nos provoca la sobreinformación, nos muestran las prioridades reales de los estados y el cambio que se está produciendo en las partidas presupuestarias a escala global.

Otra prueba de este viraje hacia el proteccionismo se observa en el retroceso más amplio que viene sufriendo la cooperación internacional y la financiación humanitaria en los últimos tiempos, con recortes de AOD en algunos de los principales países donantes, como Estados Unidos, Alemania o Reino Unido. El primero desmanteló en 2025 USAID, su agencia de ayuda humanitaria; el segundo prevé una caída de casi el 37% de la AOD entre 2022 y 2026; y el tercero va a reducir la inversión en cooperación en un 40% para 2027.

Lejos de abrumar con números que muy difícilmente pueden trasladar las consecuencias reales en la vida de las personas, es importante reflexionar sobre su impacto real, especialmente en el ámbito educativo. Y es que esta abrupta caída global podría dejar fuera de la escuela solo en 2026 a 6 millones de niños y niñas y reducir la calidad educativa para 290 millones de estudiantes, como alertamos en el nuevo informe de Entreculturas, ‘El precio de aprender’. De qué forma podría impactar esto a cada país es algo que todavía no sabemos, pero si lo comparamos con otros recortes del pasado, el escenario que se vislumbra es humanitariamente aterrador.

Este nuevo paradigma también se fundamenta en un cambio en la narrativa actual que ha comenzado a calificar las partidas educativas como gasto en vez de como inversión. Una etiqueta en la que influye mucho la visión cortoplacista e inmediata de la sociedad actual, que se impacienta por no obtener unos rápidos beneficios a pesar de la enorme magnitud del resultado final: una ciudadanía crítica, versada y empática.

Otro elemento importante es el capitalismo más voraz, que está consiguiendo que determinados gobiernos vean la educación más como un negocio comercial que como un bien público y un derecho a garantizar. Un fenómeno que influye en el acceso a una educación de calidad que, si ya muchas veces llega justa a cubrir sus aspectos más formales, simplemente roza su dimensión informal con las consecuencias que eso provoca en el desarrollo emocional, social y crítico de niños y niñas.

Todos estos factores agravan la falta de recursos y la crisis estructural de una financiación educativa que atraviesa un contexto de progresivo debilitamiento del multilateralismo. Una situación que denunciamos en La Silla Roja, la campaña lanzada por Entreculturas con motivo de la vuelta al cole, con la que también buscamos combatir la idea de que el estancamiento educativo es una fatalidad inevitable y que no existen soluciones concretas para anteponer los derechos de la infancia a los intereses geopolíticos.

Porque cuando se recorta en educación, también se recorta ese lugar en el mundo al que cada niño y cada niña debería poder volver siempre.

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