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Cuanto más se habla de responsabilidad social, menos se habla de ética empresarial. Es un fenómeno que merecería un análisis sociológico más detallado porque, a primera vista, que ética y responsabilidad social se hagan retóricamente la competencia (con una victoria por goleada de la segunda) puede que a más de uno le provoque cierta perplejidad.



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Josep M LozanoSi nos lo miramos con un poco de distancia, quizá podemos afirmar que nunca como en los últimos años expresiones como "ética" y "responsabilidad social" se han incorporado al discurso sobre la empresa, sea al nivel de lo políticamente correcto, sea yendo más allá. Aunque en rigor estas preocupaciones por la ética y/o la RSE no sean una novedad, sí lo es su presencia creciente en opinión pública y en el discurso empresarial. De todas formas, en este proceso se ha producido, al menos en España, un fenómeno curioso, como es la constatación de que cuanto más se habla de responsabilidad social, menos se habla de ética empresarial. Quizás la realidad española puede tener peculiaridades propias, pero a grandes rasgos no me parece radicalmente diferente de las tendencias que vemos en otros países. En cualquier caso, este es un fenómeno que merecería un análisis sociológico más detallado porque, a primera vista, que ética y responsabilidad social se hagan retóricamente la competencia (con una victoria por goleada de la segunda) puede que a más de uno le provoque cierta perplejidad.



    El arranque (o la reactivación) del discurso sobre la relevancia de los valores morales en la empresa se cobijaba en la década de los ochenta (y antes, claro está, pero en algún punto hay que cortar) bajo el amplio paraguas de la ética empresarial (BE, de Business Ethics). Esta fue una aproximación dominante, que venía de años atrás, que puede verificarse simplemente atendiendo a los títulos de los journals y las asociaciones o redes académicas que se fundaron en aquellos años: ética era el término recurrente. El lector habrá notado que la frase anterior está escrita en pasado, porque hoy podemos afirmar que aquella apoteosis de la preocupación por la BE coincidió a la vez, paradójicamente, con el origen de su declive (no de la ética, sino de la ética como término de referencia).  



    ¿Qué razones explican este declive? Muchas y diversas, en mi opinión. Pero antes de apuntarlas no olvidemos algo fundamental: que en la pregunta por la ética empresarial latía la preocupación por el sentido, la justificación y la legitimación axiológicos de las prácticas empresariales. Y también la voluntad de disponer de una instancia crítica desde la que cuestionar los excesos destructivos que, en lo social, lo cultural y lo personal, generaba una orientación al beneficio como exclusivo criterio de orientación para la acción, o el mercado como única referencia colectiva reguladora. Pero, en fin, la BE tuvo un éxito más que discreto, y siempre transitó con la dignidad del aristócrata arruinado, entre comentarios sobre su altísima importancia y necesidad, y lamentaciones sobre su papel entre marginal en lo propositivo y supuestamente corrector en lo excesivo.



Sin embargo, podríamos intentar señalar desordenadamente unos cuantos rasgos que aclaran mínimamente la progresiva impotencia del discurso ético en un contexto empresarial que estaba iniciando (sin saberlo) el inicio de su galope desbocado hacia la globalización y la sociedad del conocimiento (por utilizar dos términos que nos facilitan la comodidad, cuando los usamos, de creer que todos estamos hablando de lo mismo).



     1. El discurso de la ética parte de una matriz individual (o referida a comportamientos personales) y no le resulta fácil abordar lo que podríamos denominar el sujeto-organización. Dicho en otras palabras, el discurso ético está entrenado para pensar a la persona o a la sociedad, pero no a la organización (y, cuando lo hace, lo hace en función de la persona o de la sociedad). Y debe aprender a tratar con un nuevo sujeto emergente sobre el que pensar en clave axiológica, que es la organización, que pone de relieve que la ética está pensada para pensar sobre personas y sobre sistemas sociales, pero no sobre organizaciones.



   2. La BE responde inevitablemente un enfoque normativo-deductivo. De hecho, se habla sintomáticamente de éticas aplicadas, cuyo supuesto es la preexistencia de un discurso axiológico (sea sustantivo, sea metodológico) previo a la realidad a la que quiere aplicarse, y que debería someterse a él. De hecho, el problema de fondo de las éticas aplicadas siempre ha sido el de aclarar quien le aplica qué a quien.



   3. Lo anterior nos lleva a una tópica, pero fundamentada, apreciación de lo ético como algo tremendamente abstracto. En este calificativo pueden converger posturas muy variadas, que pueden ir desde el rechazo por parte de un cierto pragmatismo empresarial de todo lo que no esté a la altura de su vuelo gallináceo, hasta la deliberada confusión entre oscuridad y profundidad por parte de algunos mandarines de la ética. Pero más allá de perfiles de esta calaña, nos encontramos habitualmente con un discurso ético que, como tal, pretende sostenerse sobre sí mismo, y para el que el contexto (con toda su ambigüedad) parece no ser más que un mal necesario para poder expandirse. Con lo que la E y la B de la BE más bien parecen dos pisos superpuestos y claramente diferenciados; consiguientemente, la BE se pasa la vida yendo arriba y abajo, sin recalar en ninguna parte. Y así se expandió la sensación, que se repetía hasta la saciedad, que la BE era muy importante, pero que cuando hablaba de ética no hablaba de empresa, y cuando hablaba de empresa no hablaba de ética.



   4. Esta tensión entre hablar de la acción pero no pensar desde la acción (o, lo que es lo mismo: pensar normativamente sobre la empresa desde instancias exteriores a la empresa) reforzó la sensación de que la BE hablaba en último término de cuestiones muy importantes, pero que a la postre resultaba –para quién estaba inmerso en la acción- muy difícil saber de qué hablaba.



     5. Finalmente, a menudo la BE no encontraba el equilibrio que postulaba entre la clásica (y a menudo confusa en la práctica, para qué negarlo) distinción entre ética y moral, y en muchas ocasiones se confundía con o se vinculaba a doctrinas morales o ideologías que proponían su propio discurso sobre la empresa. Lo que ya resultaba complicado en sí mismo, se agravaba ante la conciencia del nuevo pluralismo emergente tanto interno a la empresa (que puede agrupar a personas que viven su propia vida desde opciones morales diversas) como externo (cuando las empresas se encuentran con el reto de que deben actuar bajo criterios axiológicos y operativos comunes en contextos culturales muy heterogéneos entre sí).



Así pues, a cualquier observador no le queda más remedio que constatar, en coherencia con el enfoque de sociología recreativa que he adoptado, que al declinar de la BE le corresponde la presencia ascendente de la RSE. Como si en la cultura empresarial y en los discursos axiológicos también funcionara un sistema de vasos comunicantes en los que, a medida que se habla menos de BE, se habla cada vez más de RSE. Este ascenso de la RSE tiene su propia explicación, y a ello voy a dedicar un próximo apunte.



Pero antes quiero dejar aquí una cuestión que, personalmente, me inquieta. ¿La relación entre la RSE y la BE debe ser un juego de suma cero? Muchas críticas a la supuestamente limitada aportación de la ética para la comprensión de la realidad empresarial son pertinentes y razonables. ¿Pero no serán también una coartada para renunciar en el mundo empresarial a cualquier instancia crítica, a la exigencia de fundamentación razonada, a la legitimidad valorativa y a la construcción de sentido?

 

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