
Simplemente asevero y pongo en negro sobre blanco que muchos de nosotros, yo me incluyo, no somo más que jornaleros del conocimiento. ¿O acaso no se trabaja por un precio pactado y que luego viene a ser fiscalizado por la hacienda pública como gravamen por las rentas del trabajo? Pues insisto. Jornaleros del trabajo / Jornaleros del conocimiento.
La Real Academia Española, tan sufrida para dar sentido a los términos define al que nos ocupa “jornalero, ra”[1] como la persona que trabaja a jornal. Y para ilustrarnos la definición nos ofrece varios sinónimos: bracero, peón, trabajador, obrero, operario. Y por agotar el capítulo de definiciones, el término jornalero se circunscribe a quien aporta su trabajo para un fin que le es retribuido con un pago diario (jornal) incluyendo también en su acepción al yuntero que viene a ser el labrador que “utiliza una pareja de animales o yunta” por lo que no solo trabaría para otro por un jornal, sino que además aporta sus propios medios de trabajo a la cuestión.
Y, ¿por qué tanta disquisición sobre si jornaleros, o yunteros haciendo uso de un lenguaje agrícola que muchos quisieron dejar acodado, cuando no aparcado, en sus lugares de origen o en su memoria?
Pues bien, la cuestión es que reflexionando sobre el mundo que vivimos y la sociedad en la que desarrollamos nuestra actividad, muchos terminamos cuantificando nuestros días por la medición del jornal. He imputado horas a un proyecto, cobro de ellas mi salario mensual; he facturado a un cliente mis servicios legales, cobro mi jornal; he impartido mis clases, recibo mi peculio. Ante tan sencilla fórmula de cálculo, la teoría Marxista nos permite definir el plusvalor generado por esa jornada de trabajo, como “fondo individual de consumo del capitalista” al tiempo que “fondo de acumulación”[2]. Y ese valor se viene a transformar en capital. Por tanto, el valor aportado por el jornalero, y bajo esta interpretación, se torna en un elemento objetivo añadido al objeto inicial por mor de la intervención de aquel al que se ha encargado su custodia y gestión. Pero si Marx tenía empeño en objetivar la plusvalía y con ello justificar la toma de los medios productivos por el trabajador, ya con anterioridad se había sustanciado su subjetividad por parte de Diego de Covarrubias al indicar que “el valor de un artículo no depende de su naturaleza esencial sino de la estimación humana, aun cuando esta fuera estúpida”[3]. Por tanto, el jornalero con su pago se da por satisfecho y el dueño del capital encuentra en el pago al jornalero satisfacción a su requerimiento de ayuda y servicio.
Entonces cabe preguntar si son los “jornaleros del conocimiento” los nuevos parias que merecen la tierra y los medios productivos porque sin ellos no se añadiría valor. Pero aquí es donde el jornalero levanta sus ojos, endereza su espalda y extiende sus brazos para mirar a su alrededor de soslayo. Se es jornalero y es digno el oficio, pero el saber se va con uno a diferencia del capital, que sigue en manos de su dueño; y de los medios productivos, que no alteran su relación de propiedad. El jornalero del siglo XXI es distinto del jornalero del siglo XVI. Ya no es “mano de obra”, es “cerebro de obra”. Y su trabajo no es por tanto resultado del “interés” sino que mide la combinación de producción, riesgo y gestión. Así lo describía Jean-Baptiste Say al indicar que el obrero “vende” su fuerza de trabajo y se le paga por ello mientras que el emprendedor vende su “servicio” (organización) y el mercado le paga por ello siendo por tanto la mera referencia a los jornaleros del conocimiento una paráfrasis de un mero intercambio de servicios.
Nuevamente estamos en la encrucijada. El empresario sin el jornalero no logra sus objetivos y el jornalero sin el empresario tampoco. Por eso es aquí donde entra en juego la relación de mercado. El empresario puede disponer de otros jornaleros. Y el jornalero cuya productividad o eficiencia sea mayor puede pedir un mayor jornal a resultas de su trabajo. Pero procede hacer una advertencia, mi paciente lector, y es que ya Francisco Gómez de Quevedo y Antonio Machado nos recordaron que “solo el necio confunde valor y precio”, algo que tenemos grabado a fuego en nuestra cultura cristiana a través de la parábola de los talentos[4] donde no solo pide el señor a su regreso lo que entregó sino también la renta generada o al menos los intereses. Pero esa visión tan mercantilista también tuvo su contrapunto y así se había puesto de manifiesto en las “Colectáneas griegas” de Arsenio que nos relata Quevedo en “Vida de Anacreonte”[5], pues “habiéndole dado Polycrates cinco talentos, y no le dejando dormir el cuidado de guardarlos y las imaginaciones de lo que podría hacer dellos, se los volvió diciendo «no soy tan necio que estime en más el oro que mi quietud»”. Talento, valor, jornal y paz… pero los clásicos no pensaron en el cerebro de obra. Ellos tomaban los elementos tangibles de su cotidianeidad: el trabajo, el oro, la quietud y los ponían en su lugar tal como podemos leer en el poema XXIII como memento mori avisando de lo que es importante:
Quiero pasar alegre mi camino.
Púdrase quien quisiere consumirse,
Y Mátese de miedo de morirse,
Que á mi la muerte me hallará en la cama,
Escondido en los brazos de mi dama.
Pero volvamos con el jornalero del conocimiento. Si su jornada fue “bien pagá” como contaba Miguel de Molina (1938)[6] no es cuestión que el jornalero se queje. Pues si no gusta de su pago, otros mares habrá donde la navegación le pueda ser más propicia. Y resuena nuevamente la cuestión del valor y el precio. Por muy valioso que algo parezca, si nadie lo paga no tiene sentido en la sociedad y entra en juego con presteza ante este llamado la teoría microeconómica de la demanda que pone en solfa trabajo y precio, retribución y trabajo, creación de valor y salario.
Y no importa si uno es abogado, director general, operario de línea o cocinero en un restaurante. Según su valor y cómo este sea percibido se moverá en un jornal u otro. Porque hay estrellas Michelin que cocinan como los ángeles, pero también hay abuelas que hacen que los comensales repitan ad libitum.
Valor y precio (jornal y pago) no pueden ser analizados sin ponerlos también en relación con la justicia, la usura y el interés legítimo sobre los que escribieron los autores de la Escuela de Salamanca. Diego de Covarrubias[7], Variarum resolutionum (1554) nos apuntó que el valor depende de la estimación común: de la escasez y utilidad y no del trabajo y los costes; lo que llevó a Luis de Saravia de la Calle[8], Instrucción de mercaderes (1544), a concretar que el precio justo es resultante de la oferta y demanda libres (sin fraude ni monopolio); para luego Francisco de Vitoria (OP), definir la justicia en sus Comentarios a la Summa Theologica de Santo Tomás (II-II-q.77) como el intercambio equivalente al valor del mercado, siendo injusto vender más caro por necesidad del comprador; y ahí se enlazan valor, justicia y usura en manos de Domingo de Soto (OP), De Iustitita et Iure (1553), quien puso luz y taquígrafos sobre la usura. El dinero tiene una naturaleza estéril (por sí mismo no genera nada) por lo que cobrar interés por el paso del tiempo sin riesgo sería ilícito (pecado) -poniendo en cuestión la parábola de los talentos ¿?-; y, finalmente, el Doctor Navarro, Martín de Azpilcueta (CRSA), en su Comentario resolutorio de cambios (1556) vino a concretar que el interés legítimo es aquél que nace fruto de la compensación de un lucro cesante o de un riesgo.
Y es entonces, tras estos cinco fogonazos[9] cuando queda al descubierto la cuestión en su totalidad. El mercado articula la óptima asignación de recursos escasos de usos alternativos y argumenta en términos de necesidad y ahí entra en juego nuestro jornalero. En la necesidad de sacar adelante una familia, en la necesidad de llegar a fin de mes, en la necesidad de ofrecer nuevas posibilidades a los hijos, en la voluntad de avanzar a pesar de las dificultades y traspiés que el camino tenga preparados. Se reivindica pues el cerebro de obra, el jornalero del conocimiento que entiende el lugar al que cada circunstancia le dirige y que va a tratar de acomodar su leal saber y entender a las necesidades y oportunidades. Que verá cada dificultad como una oportunidad de aprender algo nuevo, cada reto como un paso más en la búsqueda de la excelencia, pero con la humildad de saber que, por inabarcable, todo tiene un límite y debe acomodarse al mismo. Igualmente difícil es tanto la tenencia y gestión del capital, como la de los recursos que le acompañan, siendo clave por tanto la función del cerebro de obra, del jornalero del conocimiento, para desarrollar con esos medios una actividad productiva y de valor añadido para el capital.
Concluyo ya. Jornaleros del conocimiento hubo y habrá, pero solo de la unión de su talento y del capital puede darse lugar a la creación de valor, en justicia y con respuesta al legítimo interés de cada actividad. El valor del jornalero se plasma en su retribución y el interés del contratista en la mejora de valor para el activo y para su propia retribución y ambos en la mutua relación deberían ver satisfechos y logrados sus intereses y necesidades de manera cardinal con prudencia, justicia fortaleza y templanza.
[1] Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española; https://dle.rae.es/jornalero; https://dle.rae.es/yuntero
[2] Marx, K., El capital: crítica de la economía política, varias ediciones. Tomo I: 1867; Tomo II: 1885; Tomo III: 1894)
[3] Cita de los Varium de Covarrubias (s. XVI) en ROTHBARD, M. N., Historia del pensamiento económico, Unión Editorial, Madrid (1999)
[4] Mateo 25, 14-30
[5] Obras de Quevedo, Francisco de Quevedo Villegas, Sociedad de Bibliófilos Andaluces, Sevilla (1903) Tomo II; Consultado en https://dn790002.ca.archive.org/0/items/obrascompletasde00quev/obrascompletasde02quev.pdf
[6] Canción compuesta por Juan Mostazo y letra de Ramón Perelló (1936) posteriormente interpretada por un nutrido grupo de cantantes patrios.
[7] Clero secular.
[8] Clero secular.
[9] Queda reservada para otra ocasión la “segunda escolástica” con Luis de Molina SJ, Juan de Mariana SJ y Francisco Suárez SJ.
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