
No podemos hablar de un futuro sostenible si dejamos atrás a la mitad de la población. La transición ecológica no es únicamente un cambio tecnológico o energético; es una transformación profunda del modelo económico y social. Y esa transformación, para ser real y efectiva, debe avanzar de forma inequívoca junto a la igualdad entre mujeres y hombres.
Desde mi experiencia en el sector de la movilidad, esta conexión es especialmente evidente. Los hábitos de desplazamiento no responden a un único patrón: existen necesidades diversas vinculadas a la conciliación, la seguridad, la accesibilidad y la flexibilidad. Si las nuevas soluciones de movilidad sostenible no incorporan esta diversidad en su diseño, corremos el riesgo de construir sistemas eficientes desde el punto de vista ambiental, pero incompletos desde el punto de vista social.
En un sector históricamente masculinizado como el de la automoción y el renting, tenemos además una responsabilidad añadida. La transición energética y la digitalización están redefiniendo nuestro modelo de negocio, y este es el momento de redefinir también nuestras estructuras internas. La diversidad en los equipos de liderazgo no es un elemento accesorio, es una palanca de competitividad e innovación. Las organizaciones diversas toman decisiones más sólidas, anticipan mejor los riesgos y generan soluciones más eficaces.
La sostenibilidad tiene tres pilares —ambiental, social y de gobernanza— y no podemos permitirnos avanzar solo en uno de ellos. Para afrontar esta transición con garantías necesitamos todo el talento disponible, sin sesgos de género y con igualdad real de oportunidades.
Por eso, más que preguntarnos si puede haber transición ecológica sin igualdad, deberíamos plantearnos qué tipo de transición queremos: una meramente tecnológica o una verdaderamente transformadora. Si aspiramos a lo segundo, la igualdad no es opcional; es estructural.