
La industria musical siempre ha sido un laboratorio adelantado de los cambios sociales. Sobre los escenarios se ensayan nuevas narrativas, se amplifican reivindicaciones y se moldean imaginarios colectivos que, tarde o temprano, acaban impregnando al conjunto de la sociedad. Cada vez vemos más festivales, conciertos y eventos que incorporan planes de sostenibilidad y reducen su huella de carbono, el sector vuelve a situarse en la vanguardia de una transformación necesaria: la transición ecológica. Sin embargo, al mismo tiempo que se replantean modelos energéticos y logísticos, persisten brechas de género en los carteles, en los equipos técnicos y en los espacios de decisión. La pregunta es inevitable: si la cultura marca el ritmo del cambio, ¿puede ese cambio considerarse completo cuando no todas las voces tienen el mismo acceso al micrófono? Desde esta tensión entre sostenibilidad e igualdad surge un debate más amplio que interpela al conjunto del modelo económico y social.
La música es sólo un ejemplo, pero que, por mi experiencia profesional, me ha permitido profundizar en el tema y ver como este problema es transversal en todos los sectores. Ser participante del I Foro de Liderazgo Femenino en Tanzania dentro del programa Homeward Bound, impulsado por Acciona, me ha dado la oportunidad de reflexionar, junto a mujeres científicas y líderes de todo el mundo, sobre el tipo de liderazgo que necesita el planeta en esta década decisiva.
Vivimos un momento de aceleración, donde todo pasa muy rápido y donde, además, el día a día, parece que no deje profundizar lo suficiente en temas que realmente lo requieren. Nuevas regulaciones climáticas marcan el rumbo hacia la descarbonización, los criterios ESG y de impacto social ganan peso en las decisiones empresariales y los fondos de inversión verde se multiplican. La transición ecológica es ya una prioridad estratégica. Sin embargo, mientras avanzamos en ambición climática, la desigualdad estructural de género sigue presente en el acceso a la energía, al empleo verde, a la financiación, a la tecnología y, especialmente, a la toma de decisiones en cualquier sector.
No podemos hablar de transformación sistémica si mantenemos intactas las brechas estructurales. La pobreza energética afecta de manera desproporcionada a mujeres, especialmente en contextos vulnerables. Las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en sectores clave para la transición, energías renovables, tecnología climática, infraestructuras sostenibles y continúan enfrentando mayores barreras para acceder a financiación y posiciones de liderazgo. Si no incorporamos de forma intencionada la perspectiva de género, corremos el riesgo de construir una economía verde que reproduzca las desigualdades del modelo anterior.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en las empresas o en los gobiernos. La transición ecológica es un proyecto colectivo, y como tal requiere la implicación activa de la sociedad en su conjunto. La ciudadanía tiene un papel esencial y la presión social es un motor de transformación muy importante en todos los sentidos, así ha sido a lo largo de la historia y seguirá siendo. Pero también los medios de comunicación desempeñan una función clave. La manera en que se cuentan las historias moldea imaginarios colectivos y abre posibilidades. Incorporar de forma sistemática voces femeninas en el debate público sobre transición ecológica es cuestión de justicia y de calidad democrática. Es una cuestión de todos y todas. De un compromiso.
Pero debemos tener clara una cosa, la visibilidad de la igualdad no puede limitarse al mes de marzo o al 8M. La coherencia exige que la perspectiva de género atraviese todas las políticas climáticas, todas las estrategias empresariales y todas las conversaciones públicas durante todo el año y además, que el liderazgo que necesita esta transición es colaborativo, inclusivo y sistémico. Por tanto, no es posible una verdadera transición ecológica sin una perspectiva de género transversal.