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No existe transición ecológica si no es también una transición social

Como científica que estudia el papel del océano en la regulación del clima, trabajo cada día con una certeza: los sistemas complejos son interdependientes. Nada funciona de manera aislada. El océano absorbe más del 90 % del exceso de calor generado por el calentamiento global y alrededor de una cuarta parte del dióxido de carbono que emitimos. Lo hace silenciosamente, recordándonos que lo que no vemos sostiene el equilibrio del planeta. Y lo mismo ocurre con las desigualdades estructurales.

Cuando hablamos de transición ecológica, en su formulación más habitual, se interpreta como una transformación energética orientada a la descarbonización: sustituir combustibles fósiles por renovables, electrificar el transporte y reducir emisiones. También se entiende como una transformación económica: reorientar inversiones hacia actividades sostenibles, impulsar criterios ESG (Environmental, Social and Governance), crear empleo verde y reformular el modelo productivo.

Desde la ciencia, vemos la transición ecológica como un conjunto de decisiones interconectadas. Los ecosistemas, el clima, la economía y la sociedad están estrechamente ligados: una decisión energética afecta la biodiversidad, los recursos hídricos y, en última instancia, las condiciones de vida de las personas.

Por ello, en su mayor reto, la transición ecológica se trata de transformación social y cultural: transformar de manera profunda nuestra forma de producir y consumir, de distribuir el poder y de relacionarnos con el planeta y entre nosotros. En la práctica, eso significa decidir quién asume los costes del cambio, quién accede a la energía limpia, quién participa en los nuevos sectores estratégicos y qué voces y referentes consideramos legítimos en ese proceso.

Y aquí es donde la conversación deja de ser neutra.

Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), las mujeres representan apenas en torno a una quinta parte de la fuerza laboral en el sector energético y están aún menos presentes en los puestos de liderazgo. ONU Mujeres advierte que el cambio climático amplifica desigualdades existentes, afectando de forma desproporcionada a mujeres y niñas. Es decir, quienes menos participan en el diseño de la transición son también quienes más sufren sus impactos.

No son meros indicadores: son la evidencia de que la transición que estamos construyendo hoy no es neutral. Define quién se beneficia de la transición y quién queda al margen. Si no incorporamos la igualdad de género en el núcleo de la transición ecológica, corremos el riesgo de construir un modelo energéticamente más limpio, pero socialmente igual de excluyente, que reproduce las mismas asimetrías en liderazgo, financiación e innovación.

Para evitarlo y lograr una transición efectiva, duradera y justa, necesitamos un liderazgo diferente: uno colaborativo, consciente de la interdependencia entre sistemas naturales y sociales. Porque cuando el liderazgo deja de ser un privilegio de unos pocos, se convierte en una fuerza capaz de cambiar realidades.

El programa Homeward Bound es un ejemplo vivo. Hace diez años, apoyado por ACCIONA, nació con la ambición de formar a mujeres en carreras STEMM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Matemáticas y Medicina) para que lideren, colaboren y transformen la manera en que la ciencia se aplica para abordar los desafíos globales. Lo que comenzó como una visión audaz, crear una red internacional de 10.000 mujeres para 2036, hoy es una comunidad de 775 profesionales en disciplinas STEMM de 69 países. Este liderazgo femenino recorre el mundo, conecta distintas áreas de conocimiento y acción y demuestra que cuando la diversidad, la colaboración y la inclusión se ponen en el centro, no solo se transforma el liderazgo (el quién, el cómo y el para qué), sino también la manera en que enfrentamos los retos y construimos nuestro futuro común.

Cada 8M nos recuerda algo esencial: la igualdad es democracia. Y en la transición ecológica es, además, indispensable. La ciencia nos enseña que la resiliencia nace de la diversidad: los sistemas homogéneos son más frágiles. La vida no se sostiene desde la exclusión, sino desde la equidad y el cuidado compartido. Lo mismo ocurre con las sociedades. Incluir el talento, experiencia y liderazgo femenino no es solo justo, es estratégico. Las decisiones son más sólidas y eficaces cuando integran miradas, experiencias y perspectivas distintas.

No existe transición ecológica si no es también una transición social.

No puede ser social si deja fuera a la mitad de la población.

Eso nos deja una única opción posible: la igualdad de género.

En este artículo se habla de:
Opinión#8M2026

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